99. CAPÍTULO 99
La brisa marina nocturna acaricia mi rostro mientras el barco pone rumbo al siguiente destino. Gran Canaria. Estamos todos sentados en unos sofás al lado de la mesa donde hemos cenado. No se oye nada a excepción de las olas rompiendo con el casco del barco y nuestras propias voces.
—Bueno, chicos, antes de que cada uno se vaya al camarote a quemar las sábanas o a algún otro lugar del barco quiero daros una cosa —digo con una sonrisa sacando una pequeña bolsa de uno de los bolsillos de la sudadera gris de Alonso.
Esta sudadera que me encanta y se la robo siempre que tengo ocasión. Solo le dejo ponérsela de vez en cuando y porque su olor se ha desvanecido lo suficiente como para que no lo capte.
—¡Regalo de superestrella! —grita Amelia emocionada aplaudiendo.
Saco de la bolsita unas pulseras de hilo multicolor, y le doy una a cada uno de mis amigos.
—Pero ¿y esta puta mierda qué es? —dice Jesús con una sinceridad que ofende y saca sonrisas a la vez.
—¡Jesús! —le llama la atención Olivia haciendo el amago de ir a sacudirle.
—¿Qué? Es verdad, esto lo puedo comprar yo en el chino de mi barrio no me jodas.
—Se queja el que no es capaz de invitar a sus amigos a una cerveza cuando tiene mil veces más pasta que ellos —suelta Alonso amenazante defendiéndome.
—No os preocupéis —digo sonriendo—, Jesús, estas pulseras son distintas a las del chino créeme.
—Desarrolla —dice Enrique echándose hacia delante en el asiento igual que Amelia.
—Pues veréis, me vais a tomar por loca pero a mí estas cosas me gustan —digo un poco nerviosa—, a ver, he llamado a una… bruja que conozco, y nos ha ritualizado las pulseras —suelto de sopetón intentando que no se rían de mí mis amigos.
—Vale, entonces nos las ponemos sin más —dice Lidia.
—No, son especiales porque son pulseras de los deseos —digo atropelladamente—, tienen un ritual también para ponérselas y que funcionen —digo solemne apretando con mi mano derecha mi brazo izquierdo que está señalando el suelo.
—Cuenta —dice Amelia entusiasmada levantándose del asiento.
—Pues a ver para empezar os la tiene que atar una persona que os quiera de verdad —digo recordando los pasos que me ha dado mi bruja de confianza—, y cuando esa persona os la esté atando tenéis que pedir el deseo con todas vuestras fuerzas —digo con cada vez más confianza.
—Vale, entonces quién me quiere a mí de verdad —dice Alonso vacilón.
—¿No te ha dicho la bruja ningún conjuro antimongolos? —dice Lidia mirando a Alonso mientras entorna los ojos y niega con la cabeza.
—No quiero que Alonso desaparezca, Lidia —digo divertida.
—¡Ey! —dice Alonso indignado—, me estoy empezando a arrepentir de que os llevéis tan bien vosotras dos, ¿eh? —dice soltando un suspiro.
Todos reímos mientras cada uno se levanta para que una persona que le quiere de verdad le ate la pulsera.
Enrique y Amelia se la atan mutuamente al igual que Olivia y Jesús.
Alonso se la ata a Lidia y yo a Jorge y a Violeta.
Finalmente se la ato a Alonso y él a mí.
Cuando Alonso me la ata pido mi deseo. Cierro los ojos y con todas las fuerzas que puedo pido al universo que nuestro amor sea para siempre.
—Por cierto —añado después de que se aten todos la pulsera—, el deseo solo se cumple si la pulsera se cae sola y… —digo tímidamente—, gracias por no reíros de mí —digo vulnerable.
—¿Reírnos? —dice Enrique confuso.
—Sí, de lo de la brujería y tal… hay mucha gente que me tomaría por loca —digo avergonzada.
—Cada uno que crea lo que quiera, tía —dice Amelia quitando hierro al asunto.
—Además esta es medio bruja —dice Jesús señalando a Lidia.
—He hecho mis pinitos pero nada del otro mundo —dice Lidia sonriendo y encogiéndose de hombros.
—Prima, yo creo en la magia desde que te vi cantar —dice con ternura Jorge.
—Me has robado la frase —dice Alonso riendo mientras se acerca hacia mí abriendo los brazos para envolverme con ellos.
—Yo la única magia que conozco es la mía en el ordenador —dice Olivia altiva.
—Qué voy a decirte yo —dice Violeta sonriendo mientras Alonso me abraza—, yo te quiero con todas tus peculiaridades.