Superestrella 98. CAPÍTULO 98
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98. CAPÍTULO 98

—¿Y este a cuánto? —digo señalando un imán donde pone “Tenerife" con una foto de la isla.

—Cinco euros —me dice el vendedor.

—Vale, me lo llevo —digo, sacando el móvil para pagar.

Cojo el imán, pago y salgo de la tienda junto a mis amigos.

—Tío, cinco pavos por un imán. Te acaban de atracar y te has dejado —dice Jesús, negando con la cabeza mientras me pone la mano en la espalda para consolarme.

—Es el primer imán de la nevera que compremos Lía y yo para la nueva casa. Me da igual lo que valga —digo sin el más mínimo remordimiento, sacudiéndome la mano de mi amigo de la espalda.

—Jesús, tío —dice Enrique con tono severo—, ya sé por qué tienes tanta pasta, más allá de la venta de la empresa… —Enrique deja una pausa—, eres un rata mamonazo —sentencia.

—Exacto, no es más rico el que más tiene, sino el que menos gasta —dice Jesús, poniendo un tono místico a su frase para que suene más sabia y solemne.

—No se cree ni él lo que acaba de decir —digo mirando a Enrique, poniéndome una mano en el rostro y negando con la cabeza.

—No, Al, el problema es que sí se lo cree —corrige Enrique, partiéndose de risa mientras me da un suave golpe en el hombro.

Miro el reloj y me doy cuenta de que deberíamos volver si queremos seguir el horario. Saco el móvil, busco el grupo que creamos ayer donde pasamos todas las fotos y nos comunicamos todos, "Los Guanches", y le doy al botón de videollamada grupal. Espero hasta que Jorge y Violeta lo cogen.

—¿Sabéis dónde están Oli, Amelia, Lidia y Lía? —interrogo.

—Lidia y Amelia conmigo —confirma Jorge, enfocándolas con la cámara delantera del móvil.

—Oli y Lía conmigo —dice Violeta, cerrando rápidamente el plano como para evitar que se vea dónde están.

—Vale, pues vamos al minibús todos, que si no no nos da tiempo a ver el atardecer según el plan de Jorge —digo apurando a mis amigos.

—Vale, ya vamos —responde Jorge.

—No tardamos —contesta Violeta, colgando al instante.

Llegamos los tres al minibús entre bromas y risas. El pequeño bus está arrancado, pero no hay conductor. Me asomo por el otro lado del vehículo y veo cómo está abriendo el maletero para que un mensajero bien vestido le dé un par de bolsas. Me fijo en el maletero y veo que está a reventar.

—¿Pero qué cojones? —se me escapa con cara de sorpresa, llevándome las manos a la cabeza.

—Uy —suena una voz a mi espalda—, y eso es poco, Al —dice Jorge divertido, mientras se para a mi lado observando mi cara de sorpresa.

—Pero si parece que ha saqueado Santa Cruz, no me jodas, Jorge.

—A ver, en defensa de mi prima —dice Jorge, levantando las dos manos como si le apuntaran con una pistola—, no es solo de ella lo del maletero. Nosotros hemos hecho compras y ya te digo yo que Olivia y Violeta también han quemado tarjeta.

En ese momento, una bofetada de realidad me golpea sin piedad.

Lía es humilde con nosotros, pero no duda en usar el dinero para este tipo de cosas.

Un recordatorio constante y cruel del gran abismo que en realidad nos separa.

En mi vida me habría imaginado que existía un sistema de mensajeros que te traen lo que compras a tu coche cuando estás de compras.

—Espero que ahí dentro también haya una maleta nueva, porque aunque solo la mitad del maletero fuera de ella, no entra en la que he traído para Lía.

—Si hace falta se compran dos más —dice Jorge como si nada—, por dinero no va a ser… —dice divertido, encogiéndose de hombros.

Y entonces miro con más detalle a las bolsas que están guardadas.

Son todas marcas de lujo. Un escalofrío helado recorre mi espalda.

Inconscientemente, mi mano busca el imán que acabo de comprar en mis bolsillos.

Lo saco y lo miro. Un sentimiento me empieza a invadir, o más bien un pensamiento, por mucho que lo intente…

Nunca estaré a su nivel. Un par de minutos después llegan Lía, Olivia y Violeta, riéndose, cada una con una bolsa negra sin ningún tipo de logo o nombre de marca.

—Ey, Al, ¿estás bien? —dice Enrique, poniéndome una mano en el hombro, devolviéndome a la realidad—, te has puesto serio así de repente.

—Sí, sí, estoy bien. Me he puesto profundo, ya sabes, y me ha cambiado la cara por lo que veo —intento excusarme mientras me doy la vuelta para mirar a mi amigo.

—Venga, vamos, Amelia está deseando llegar al Teide. Se ha currado la visita toda la noche para hacernos de guía —dice orgulloso mi amigo, mientras mira a su novia subir al minibús.

—Qué vergüenza, sustituido por una charla —le digo vacilón a mi amigo.

—Pues que sepas que después de que se la preparara, triunfé —se defiende Enrique, dándome un puñetazo en el hombro.

—Venga, vamos, tonto, vamos a ver a tu chica en acción —contesto a mi amigo orgulloso, guiñándole un ojo de manera cómplice.