Superestrella 96. CAPÍTULO 96
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96. CAPÍTULO 96

Despierto con agujetas, se nota que Lía tiene que estar en forma para bailar en el escenario incluso para cantar con la potencia con la que lo hace, y que tiene también veintiséis, por mi parte creo que estoy en baja forma, si después de la sesión intensiva de anoche me despierto con tantos dolores.

Miro al lado de la cama de Lía, no está, imagino que me ha dejado dormir algo más, miro la hora, las ocho y media de la mañana.

Me levanto de la cama y me visto con ropa fresca, salgo a la cubierta donde cenamos anoche y veo a Lía leyendo tranquilamente mientras Jorge y Enrique hablan animadamente.

—Ey, ¿qué pasa, chavales? —saludo a los chicos con la mano—, buenos días, princesa —digo sonriendo, acercándome a Lía y dándole un beso corto.

Miro a estribor y me sorprendo de lo maravillosa que es la vista, tiene pinta de que por la noche hemos navegado hasta el acantilado de los Gigantes, desde luego la Capitana se ha lucido con esto.

—¿Has desayunado, cariño? —pregunto a Lía mientras me acerco al respaldo de la silla para ver qué está leyendo.

—No, te estaba esperando —responde Lía, apartando la mirada del libro y mirándome, echando la cabeza hacia atrás.

—Está bien, pan tumaca como siempre y un café, ¿o prefieres un té? —digo mirándola, bajando mi cabeza.

—Hoy un té rojo —contesta sonriendo.

Me agacho para poder darle un beso con nuestras cabezas invertidas, un beso suave y algo torpe.

—Bueno, Spider-Man, ¿y nosotros qué? —dice Enrique, rompiendo la magia del beso.

—Eso, Peter Parker, ¿nosotros no desayunamos? —dice Jorge, siguiendo el rollo de Enrique, riéndose.

Separo mis labios de los de Lía con una sonrisa ya dibujada en el rostro. Les miro. Cojo aire para contestarles.

—Vosotros tenéis dos piernas y dos brazos, Zipi y Zape, ya estáis usándolos para traeros el desayuno y a mí unos huevos rotos con beicon, que hoy paso de dietas —dice Lidia, cortando las risas de los dos.

Lía y yo reímos y ofrecemos nuestras manos para que Lidia, cuando llega a nuestra altura, nos choque los cinco, primero a mí y después a ella.

Jorge y Enrique se levantan y se van a por su desayuno.

Yo me quedo un minuto más riéndome con Lía y Lidia del hachazo pero, finalmente, voy a la cocina para preparar nuestro desayuno.

Entro en la cocina y veo a Jesús dándole un beso lento a Olivia.

Enrique y Jorge, por su parte, están a su bola preparando sus desayunos y también el de Lidia.

Sonrío de oreja a oreja. Lidia es la única mujer capaz de acojonar a dos tíos que parecen cuatro por cuatro por cuatro y que le hagan entre los dos el desayuno.

Miro otra vez a Jesús y Olivia, ella sonríe enamorada y le peina el flequillo, un gesto que me parece demasiado tierno para esos dos.

Justo después de eso se aleja de Jesús, dirigiéndose hacia la cubierta donde vamos a desayunar.

Se cruza conmigo y me aprieta el brazo con la mano, acercándose a mi oído.

Acerco un poco mi cabeza hacia la de Olivia para oír bien lo que me quiere decir.

—Gracias, Alonso —me dice soltando mi brazo, dándome un beso en la mejilla y saliendo de la cocina.

Miro a Jesús que me mira con cara de idiota y sonrío. Asiento con la cabeza esperando confirmación de mi amigo. Jesús tarda varios segundos en responder asintiendo también. En el mismo instante en el que lo hace se me escapa un gesto triunfal.

—¡Vamos, hostia!, ¡ese es mi colega, coño! —digo mientras corro hacia él y él hacia mí.

Jesús y yo nos juntamos en un abrazo y nos ponemos a saltar como dos orangutanes.

—¡Eh, eh, eh, eh! —gritamos los dos al unísono mientras Jorge y Enrique se unen a nosotros saltando y gritando.

—¿Qué estamos celebrando? —pregunta Jorge.

—No sé —contesta Enrique—, pero salta y grita.

Aparecen Violeta y Amelia mirándonos como si fuéramos neandertales subdesarrollados.

—¿Qué hacéis haciendo el desayuno? —pregunta Violeta frunciendo el ceño.

—¿No está todo fuera como en un bufé? —dice Amelia como si estuviera acostumbrada y conociera este tipo de yates.

Los cuatro paramos de saltar y gritar y nos miramos como idiotas.

—Pues yo no había caído —digo confuso—, anda que me dice nada Lía.

—Y tú qué, Jorge, deberías saberlo —le echa la bronca Jesús.

—Eh, que mi gymbro no puede estar a todo —dice Enrique defendiendo a Jorge.

—Venga, vamos todos arriba —dice Violeta negando con la cabeza y tapándose la frente como si sintiera vergüenza ajena de nosotros.

—Si no llega a ser por nosotras… —dice Amelia divertida.

—Eh, chavales —digo mirando a todos—, ¡Ame-Vi, Ame-Vi, Ame-Vi! —empiezo a corear.

Mis amigos me siguen el rollo, corean conmigo a Amelia y Violeta mientras salimos uno por uno de la cocina y subimos las escaleras exteriores que nos llevan a la zona donde cenamos anoche y vamos a desayunar ahora.

Llegamos a la mesa y, efectivamente, justo al lado de la mesa está el bufé preparado.

Menudos mendrugos estamos hechos. Cogemos todos un plato y los repartimos para desayunar.

Cuando acabamos Jorge se levanta para hablar al grupo.

—A ver, gente, escuchadme —dice con voz firme—, nuestro plan hoy es de juegos de agua por la mañana —dice mientras los chicos nos emocionamos—, y al atardecer vamos a ir al Teide —dice Jorge cerrando el plan.

Lía carraspea y mira a Jorge entornando los ojos.

—Ah, sí, es verdad, tres horas antes del atardecer salimos a Santa Cruz para hacer compras de emergencia, por lo visto hay gente que no ha sabido hacer la maleta —dice Jorge mirándome.

—No lo dirá por mí —susurro acercándome al oído de Lía.

—Ni unos calcetines me has traído —me dice Lía divertida.

—Sí, quería hacer algunas compras —dice Olivia cubriéndome y guiñándome un ojo.

—Vale, entonces ahora ¿qué? —pregunta Amelia.

—Ahora nos han instalado un tobogán, también tenemos motos de agua, una piscina antimedusas y más cosas, en cuanto os pongáis el bañador id a popa y ahí está todo preparado —dice Jorge emocionado.

Madre mía que ganas tengo de probarlo todo, si este es el nivel, menudas vacaciones nos esperan.