95. CAPÍTULO 95
Salgo de la habitación para buscar un par de helados en la cocina.
Alonso me tiene seca, no sé si está queriendo aprovechar el tiempo antes de esos dos meses en Argentina, pero desde luego lo agradezco.
Llevamos hoy ya tres y, como siga a este ritmo otros tres más antes de acostarnos, sí que está hecho una trilladora, como decía Broncano.
Justo dos metros antes de pasar por delante de la puerta de Jorge, esta se abre.
Aparece Violeta, tapándose con una sábana.
Me quedo petrificada. Violeta se para asustada.
Me mira y sonríe, poniéndose roja como un tomate.
Sigue su camino hasta la puerta de enfrente, que es su habitación.
Entra y cierra. Yo, por mi parte, aún lo estoy asimilando pero me alegro mucho por mi amiga y Jorge.
Sigo mi camino en penumbra hasta la cocina, donde me encuentro a Olivia.
—Ey, ¿qué haces aquí? —pregunto curiosa—, pensaba que estabais en la habitación disfrutando… —pienso cómo continuar la frase— profundamente la primera noche de las vacaciones —digo, sonriendo pícaramente a mi amiga mientras busco un helado en el congelador.
—No te preocupes, hoy llevamos cuatro —dice mi amiga como si nada.
—¿Todos ahora? —pregunto sorprendida.
—Qué va, a lo largo del día y, bueno, sí, uno antes de acostarnos. Es higiene básica, tía —responde como si fuera una obviedad.
—Higiene básica… —repito, intentando entenderlo.
—Tía, como cepillarse los dientes, siempre después de cada comida —dice, mientras coge una cucharada del helado que tiene en la mesa.
Hostia, qué buena. Me gusta la del paracetamol pero esta también, me la apunto.
—Bueno y ¿qué te pasa, estás alicaída? —pregunto, lanzándome a lo importante mientras abro yo mi helado.
—Pues, tía, que después de hacerlo esta noche nos hemos quedado dormidos y me ha abrazado por detrás… —dice preocupada.
—Eso está muy bien, es muy bonito tener esa confianza —digo, mientras me llevo una cucharada a la boca.
—Ya, pero es que… El problema es que me encanta y también está lo del vómito —dice, poniéndose una mano en la frente.
—Uf, tía, no sé si quiero preguntar, ¿no será nada sexual? —pregunto insegura.
—Qué va, que como está tan encantador y atento últimamente conmigo, me he pasado mezclando hoy chupitos y vino.
Para mí esta semana va a tener la exclusividad que quiero con él —dice con los ojos llorosos, mientras aparta el helado en la mesa—, pues nada, que sabes lo que me pasa cuando mezclo…
Pues me ha llevado a la habitación y me ha sujetado el pelo mientras estaba vomitando y, joder, eso me llena el pecho de amor.
—Mira que sois raros los dos. La verdad es que, si no me lo contaras tú, no me lo podría creer, Jesús siendo así de atento —digo, levantando una ceja y cogiendo otra cucharada.
—Es un hombre súper atento y cariñoso, es educado y me trata como una reina.
Lo que veis vosotros es una fachada, bueno, hay cosas que no…
—dice, soltando una pequeña carcajada con lágrimas—, de verdad, Lía, no sé cómo decirle que no pienso en otro que no sea él, que no quiero que tengamos una relación abierta, que le quiero solo para mí, que quiero que me abrace por las noches y que me sujete el pelo cuando me paso de frenada en una fiesta —dice Olivia, apretando los dientes mientras termina de romperse, y sus ojos empiezan a derramar unas lágrimas que rara vez salen de ellos.
—Bueno, y tía, ¿cómo os ha dado tiempo a echar tantos si solo llevamos aquí comida y cena? —pregunto rápidamente para distraerla, mientras voy a abrazarla.
—Si es que sois unos amateurs —dice, soltando una carcajada Olivia, secándose las lágrimas—, es muy fácil y más en un barco tan grande —dice sonriendo, terminando de secárselas.
—Casi que mejor no voy a preguntar más, quiero poder sentarme en cualquier sitio y no pensar en eso —digo riendo.
Olivia y yo reímos mientras nos abrazamos. Olivia es muy fuerte pero sé que cuando ama lo hace con intensidad, igual que hace con nosotras.
—Oli, creo que deberíais hablarlo —digo seriamente—, si Jesús es así de atento quizás es porque también está loquito por ti —digo convencida—, eso si podéis hablar entre polvo y polvo —digo, volviendo a reír mientras la aprieto fuerte.
—Cariño, ¿qué pasa? —dice Alonso desde la puerta, haciendo que peguemos las dos un pequeño respingo.
—Nada, aquí Oli, que está obsesionada con el helado —digo disimulando, soltando a mi amiga.
—Ya, el helado… Es sabor Jesús, ¿verdad?
—dice Alonso, acercándose mientras mira a Olivia—, Oli, sea lo que sea, quizás deberías hablar con él.
Te sorprenderías de lo comprensivo que es, créeme.
A mí de vez en cuando me sorprende y llevo conociéndole un montón de años —dice, guiñándole un ojo—, para eso Jesús es…
Exclusivo cuando se lo propone —dice con una pequeña sonrisa que sé perfectamente cómo interpretar…
Alonso le da un beso en la parte superior de la cabeza a mi amiga y aprieta su brazo. Mira con ternura a mi amiga. Se gira, coge el helado de donde yo estaba comiendo y se marcha.
—Bueno, creo que yo también debería irme —digo dubitativa—, ¿o quieres que te acompañe, Oli?
—No te preocupes, Lía, vete con Alonso —dice Olivia sonriendo.
—Está bien —digo, marchándome de la cocina.
—Lía —me llama Olivia—, ¿y tú, cuántos? —dice Olivia, volviendo a la sonrisa pícara que tiene siempre.
Me giro hacia mi amiga y hago el símbolo de un número tres con mis dedos y sonrío juguetona a mi amiga.
—Y a por otros tres que voy —digo, mientras enfilo el pasillo.
En el momento en que le respondo me giro. No lo veo, pero sé que mi amiga está sonriendo con orgullo.