Superestrella 92. CAPÍTULO 92
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92. CAPÍTULO 92

Por fin aterrizamos en el aeropuerto de Tenerife.

El avión rueda por la pista y aparca entre dos helicópteros.

Marta se queda en la puerta para despedirnos mientras uno de los pilotos abre la puerta del avión.

Bajamos todos con Jorge a la cabeza. Le da la mano a un hombre con un traje totalmente de negro y un pinganillo y cruzan unas palabras, él asiente y se acerca a todo el grupo.

—Vale, chicos, este de enfrente es el helicóptero donde vamos a montar todos.

Lía, ve montando ya —urge Jorge—, no os preocupéis por las maletas, van en el otro helicóptero más pequeño —nos explica rápidamente—, ¡vamos con velocidad, gente, en quince minutos de vuelo estamos en el destino final! —dice con una sonrisa.

Todos vamos al helicóptero donde Lía ya se ha montado y hacemos lo mismo.

Nos ponemos los cinturones y, una vez que Jorge nos comprueba a todos y se monta él, le da el ok al piloto para que despegue.

Estoy flipando con el lujo de estas últimas horas.

Desde luego vivimos en mundos completamente distintos.

Agarro la mano de Lía cuando el helicóptero empieza a coger altura, un avión, vale, pero nunca me había montado en un helicóptero.

No sé quién está más cagado de los dos, si ella o yo.

—Tranquilo —dice Lía, acercándose a mí para que pueda oírla por encima del ruido de los rotores—, puedes cogerme fuerte la mano, pero tanto como para fundirnos… —dice gamberra.

Niego con la cabeza riéndome y dándole un beso corto.

Los quince minutos de viaje en el helicóptero hasta aterrizar en el helipuerto del megayate de lujo donde acabamos de posarnos se me hacen un poco largos.

Me bajo del helicóptero con cierta urgencia junto al resto del grupo.

Desde luego a esto de tener dinero hay que acostumbrarse.

Y más al nivel que está desplegando mi suegro…

Un momento, acabo de pensar en el padre de Lía como si fuera mi suegro…

Qué vértigo. Según termina de salir Jorge, el piloto apaga los rotores.

Jorge señala al lado contrario del helicóptero y entonces los vemos, un montón de personas en fila esperando para recibirnos.

Cuento rápidamente y hay más de cincuenta personas.

El sonido de los rotores por fin se va apagando y, justo en ese momento, es cuando una mujer se acerca y se dirige a nosotros.

—Bienvenidos a nuestro humilde barco, soy la Capitana Castaño, pueden llamarme Olga. Les presento a toda la tripulación, están aquí para ayudarles en todo lo que necesiten —dice servicialmente.

—Gracias, Capitana —dice Jorge acercándose, dándole la mano—, ¿han firmado todos el NDA? —pregunta profesional.

—Sí, y los móviles personales se han quedado en tierra, son todos de empresa con la numeración pertinente en las pegatinas de las cámaras de cada uno —responde la Capitana.

—Muy bien, en cuanto despeguen los helicópteros active el sistema antidrones y las pantallas reflectantes de las ventanas —dice Jorge tranquilamente—, Lía y Alonso van a la cubierta VIP, el resto a la otra cubierta.

—No se preocupe, ya lo teníamos previsto. Sus maletas les esperarán en sus camarotes, dos dobles y tres individuales, aparte de la cubierta VIP —dice con profesionalidad la Capitana—, si quieren acompañarme les enseño el barco.

—Por supuesto, después de usted, Capitana Castaño —dice Jorge amablemente—, ah, y llámeme Jorge, por favor.

La Capitana Castaño asiente y nos acompaña al interior del yate para hacernos el tour . Lía se adelanta y se pone frente a la Capitana y Jorge.

—Gracias por reservarnos la cubierta VIP, pero con todos mi respetos, prefiero quedarme con mi gente.

Hemos venido todos juntos, esta semana la quiero pasar con mis amigos, no en un búnker aislada de ellos.

Pese a los lujos del barco, quiero sentirme relativamente normal y poder disfrutar de ellos —dice con firmeza Lía.

—Lía… —dice Jorge.

—No, primo, esto te incluye a ti, quiero poder estar contigo como cuando éramos pequeños —dice Lía con dulzura—, no has venido a trabajar esta semana, has venido a estar conmigo y mis amigos, eres parte de mi círculo —dice Lía sonriendo—.

Capitana, es posible, ¿verdad? —dice Lía mirándola directamente.

—Por supuesto, señorita Romero —dice la Capitana con una sonrisa de aprobación.

—Capitana, llámeme Lía, y a todos mis amigos también diríjase por su nombre de pila.

Somos gente normal que ha tenido la suerte de este regalo, quiero que ustedes también disfruten de esta semana pese a que estén trabajando.

Quiero, por favor, el trato más normal que puedan —dice Lía con un cariño especial.

—Por supuesto, señorita Rom… Lía —se corrige la Capitana—, había oído historias de cómo sueles tratar a la gente, me alegro de que sean ciertas.

—Gracias, Olga. Ahora, por favor, enséñanos el barco y que nuestras maletas estén en un camarote junto al de mis amigos.

—Sin demora —dice la Capitana con una sonrisa de oreja a oreja.

Lidia se acerca a mí sutilmente y me da un codazo para llamar mi atención. Me giro para mirarla y ella, con cara de orgullo, asiente.

—La verdad, Al, me cae bien, muy pero que muy bien. Es la clase de mujer que llevas buscando toda tu vida y por fin la has encontrado, aunque ya te diré después de que pase la semana —dice divertida.

—Gracias, Lidi, yo también lo pienso, me alegro de que te hayas dado cuenta —digo rodeándola con un brazo y dándole un abrazo lateral, apoyando mi cabeza sobre la suya.

La Capitana nos enseña todo el barco, tiene de todo, parece una enorme mansión flotante.

Finalmente acabamos todos en la cubierta de los camarotes.

Enrique y Amelia ocupan el primer camarote a la derecha y, justo enfrente, Olivia y Jesús.

Después hay cuatro camarotes individuales de los cuales uno se queda vacío y, el detalle que me hace sonreír, es que el nuestro es justo el que cierra el pasillo, el más grande de la cubierta.

Pese a lo que ha dicho Lía, siguen dándonos un trato algo más VIP que a nuestros amigos.

—Madre mía, qué odisea —digo tirándome en la cama, probando lo cómoda que es.

—No te quedes dormido ahora —dice Lía sonriendo mientras pone encima de la misma cama su maleta para deshacerla—, a ver si la has hecho bien —dice como si fuera una profesora con un alumno.

—Pues muy difícil no era, ¿un par de tangas y ya, no? —digo vacilón.

—Ya decía yo que pesaba poco. Menos mal que los bañadores me los ha traído Vi —responde juguetona.

—Por cierto, estamos solos… En un camarote privado… Y ya es hora de la pastilla —digo sonriendo perversamente.

—Tienes razón —dice Lía juguetona mientras quita la maleta de la cama.

—Pues adelante, tómatela como mejor te parezca —digo quitándome la camiseta.

Lía se tira encima de mí sonriendo.

—Esa puta sonrisa tuya —digo besándola.

Lía pasa sus manos por mi pecho mientras nos besamos.

Mis manos buscan su trasero mientras devoro con voracidad sus labios.

Estoy durísimo y solo nos estamos besando.

Me vuelve loco de remate. Aprieto su culo con mis manos contra mi pelvis para que sienta lo que me provoca.

Lía suelta un pequeño gemido cuando me siente.

Ese sonido me pone a mil revoluciones por segundo.

—¡Lía!, ¡Alonso!, ¡vamos a la piscina, venga! —dice Violeta cortando el rollo por completo mientras aporrea nuestra puerta.

Lía deja de besarme para enderezarse sobre mí, mirándome directamente a los ojos.

Qué bonita es. Memorizo cada detalle de su rostro, desde sus ojos esmeraldas con pequeñas motas marrones a la sonrisa que dibujan sus turgentes labios.

Paso mi pulgar por esos labios que me pierden en la mayor de las locuras.

Y mis ojos llegan a los mechones rubios que caen desde la parte superior de su cabeza hasta mi rostro, acabando en el rosa característico que me llamó la atención la primera vez que la vi. Joder, la amo.

—Vamos —digo irguiéndome para volver a llegar a sus labios—, tenemos toda la noche para hacernos nuestros —digo para cerrar con un beso la promesa que acabo de hacerle.

—Siete noches que eres mío en mi mundo —dice Lía sonriéndome.