Superestrella 91. CAPÍTULO 91
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91. CAPÍTULO 91

Estoy súper nerviosa. Jorge y yo hemos llegado hace ya diez minutos, nos estaban esperando Violeta, Enrique y Amelia.

Y acaban de llegar Olivia y Jesús. Mientras nos saludamos, no paro de pensar en que faltan Alonso y Lidia.

¿Habrá salido mal el plan de Alonso para coger nuestras maletas?

Desbloqueo el móvil y busco su contacto en mis favoritos.

Aparece su nombre junto con la foto que nos hicimos en la discoteca.

—Tía, ten paciencia —dice Violeta, interrumpiendo mis pensamientos—, no son ni las doce. Aún quedan diez minutos para empezar a preocuparnos —dice Violeta, poniendo una mano en mi hombro.

Bloqueo el teléfono con un suspiro. Violeta tiene razón.

Pero es que tengo tantas ganas de verlo.

Tengo tantas ganas de que nuestro oasis tenga un respiro.

Tengo tantas ganas de no tener que fingir a todas horas.

Solo quiero estar con él y ser yo misma, no la superestrella.

Cada vez le entiendo más, estoy empezando a aborrecer el mundo en el que me muevo, que obliga a fingir una perfección enfermiza e idílica que ninguna persona en este planeta podrá alcanzar jamás, por culpa de una sociedad que solo ve producto, no personas.

Vuelvo a desbloquear el móvil, asfixiándome lentamente en mis pensamientos, y miro lo único que me da el oxígeno que necesito cuando me falta la respiración. Miro nuestra foto.

—¡Alonsillo! —dice Jesús, haciendo que me gire de golpe hacia donde ha dirigido su voz.

—¿Qué pasa, gente? —dice Alonso sonriendo—. Tengo que llevar a Lidia en un momento a su terminal y vuelvo, os dejo aquí las maletas —dice señalando a Lidia.

—Alonso —dice Lidia sonriendo—, ya estoy justo donde tenía que estar —dice mirándome.

—¿Tú también vienes? —dice Alonso, mientras se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja.

—Qué rápido eres para unas cosas y qué lento para otras… —dice Lidia dándole una colleja, diciendo justo lo que yo estaba pensando—, anda, ve a saludar a tu chica, que la tienes ahí plantada y no le has dicho nada aún.

Alonso se ríe y me mira con una intensidad que me desnuda hasta el alma. Se acerca corriendo hacia mí como si de una película se tratara y yo me quedo plantada esperándole. Justo en el momento en el que va a alcanzarme, frena en seco. Y me termina de desarmar. Sonríe.

—Esa puta sonrisa tuya que me vuelve loca —digo, justo antes de besarle con pasión y el deseo que tengo acumulado por no haber estado con él una sola noche de mi vida, valiosas horas de su compañía que nos han robado y que ahora tengo que recuperar.

Avanzamos los nueve por la terminal privada de Barajas hasta llegar a un pequeño avión privado.

Nos esperan los dos pilotos y la azafata de vuelo para que embarquemos.

Veo cómo Enrique y Amelia se echan las manos a la cabeza y Lidia le da un codazo a Alonso mientras hace el típico silbido de madre mía.

Mis amigas, que ya están acostumbradas a estas cosas, se miran y sonríen, el único que parece que no está sorprendido es Jesús, que entra al avión como si lo hiciera todos los días.

Entramos el resto y nos sentamos. Empiezan a sonar los motores del avión y el piloto nos habla por los altavoces,

—Sed todos bienvenidos. Disfrutad del viaje a Tenerife, tendrá una duración aproximada de unas dos horas y media, dependiendo del viento que tengamos. Cualquier cosa que necesitéis podéis pedírsela a nuestra amable azafata, su nombre es Marta y estará encantada de ayudaros.

El piloto corta el altavoz y el avión se pone en movimiento.

Allá vamos. Sin saber por qué, un instinto me dice que estas vacaciones van a marcar un antes y un después en mi vida.

Miro a Alonso, que se ha sentado junto a mí, y agarro su mano con fuerza.

Aunque durante el año vuele con cierta asiduidad, aún sigue dándome miedo pero, hoy, en este preciso instante, agarrada a la mano del hombre al que amo, ese miedo desaparece para convertirse en algo más.

Se convierte en el vértigo de saber con certeza que le he entregado mi corazón completamente, que no es él quien me llena de música, él es mi música…

Y por primera vez desde que me lo dijo lo termino de entender, lo termino de sentir, Alonso ha tenido su eco en mi eternidad.

—Si aprietas más fuerte, vas a fundir tus dedos con los míos —dice Alonso, socarrón, sonriéndome—, yo también te he echado de menos.

Pero para fundirnos… —se acerca a mi oído—, aún quedan como mucho tres horas y, créeme, estoy deseando hacerlo una y otra vez —susurra, mientras se muerde el labio inferior con deseo.

—Lo siento —digo inocente—, no me gusta mucho volar —le aclaro, mientras miro inconscientemente el baño del avión—, no me calientes ahora, que no respondo —digo, bajando el tono de voz para que solo me oiga él.

—¿En el baño con todos nuestros amigos? —dice Alonso, dándose cuenta de mi traidora mirada hacia ese habitáculo—. Qué gamberra, Lianta —dice con una sensualidad que me va a hacer perder el control.

—Has empezado tú y, como sigas así, la vamos a liar —digo desarmada.

—Yo es que estoy notando cómo se te está levantando un dolor de cabeza que te va a durar toda la semana, cielo. Solo me preocupo por ti —dice inocente, como si no hubiera empezado él.

—Vaya, veo que te ha gustado lo que te dije anoche —digo riéndome—, el paracetamol se tiene que tomar después de cada comida, no antes —digo, susurrándole al oído, mientras rozo con mis labios su oreja haciendo que se estremezca.

—Lo que la doctora diga —dice Alonso, sacudiéndose un escalofrío.

—Así me gusta, vamos a tener el vuelo en paz.

—Por mí podéis seguir —dice Violeta riendo—, no os cortéis porque lleve aquí toda la conversación.

Alonso y yo nos separamos, poniéndonos rojos como tomates, mientras Violeta se ríe y niega con la cabeza.

—Lo siento, Vi —dice Alonso, sonriendo con vergüenza.

—No te preocupes, Al, lleváis un montón de tiempo sin veros, casi veinticuatro horas —dice sarcásticamente—, entiendo que dos adolescentes de veintiséis y treinta años sientan la necesidad imperiosa de aparearse como conejos en celo —dice, descojonándose, mi amiga.

—Muy graciosa —respondo a mi amiga, riendo con ella—, para mí es una eternidad —digo defendiéndome, cruzando los brazos en mi pecho.

—Sé que aún estáis en esa fase pero, por favor, solo os pido dos horas y media de conversación normal sin desnudaros, y ahora que he dejado a Leo con mis padres…

—Es verdad —digo, cayendo en lo que ha dicho mi amiga—, ¿cómo se lo ha tomado Leo? —pregunto con la mayor de las ternuras.

—Pues quería venir para estar con Alonso y Enrique y jugar a la Nintendo pero, este fin de semana es solo para adultos… —dice Violeta con una sonrisa triste.

—¿Qué pasa, Vi? —pregunta Alonso, que también se ha tenido que dar cuenta.

—Nada, que me siento mala madre… Justo cuando tengo tiempo para estar con mi pequeñajo, me voy a disfrutar pero sin él… —dice soltando un largo suspiro.

—Vi, no te preocupes —digo, cogiendo su mano que está apoyada en la mesa del avión.

—Vi, no eres mala madre, estás protegiendo al pequeñajo también. Imagínate que consiguen distinguirnos allí, no creo que como madre te gustara tener que estar huyendo con el peque y hacerle pasar eso —dice Alonso intentando animarla.

—Sé que tenéis buenas intenciones, pero no me hace sentir mejor… —dice Violeta triste, justo cuando se sienta Jorge a su lado y le coge la otra mano con extraña familiaridad.

—Vi, no te preocupes. No eres mala madre ni mucho menos, te lo aseguro.

Te he visto currar como una jabata para que ese niño tenga todo lo que le haga falta.

De vez en cuando también te viene bien pasar tiempo de calidad tú sola.

Ser madre es un curro de veinticuatro horas…

—dice mi primo, con un cariño y un aplomo que no le recordaba.

Alonso y yo nos miramos mientras Violeta apoya su cabeza sobre el hombro de Jorge y sonríe.

—Eso sí me anima —dice sonriendo.

—El baño está libre por si lo necesitas —dice Alonso gamberro.

—Sí, tranquilos, os cedemos nuestro turno —digo divertida.

Los cuatro estallamos en carcajadas mientras Violeta nos hace una peineta y Jorge choca la mano de Alonso para confirmar que le ha gustado la gracieta. Me encanta que se lleven tan bien, estoy en una burbuja de felicidad tan grande ahora mismo que espero que nada ni nadie pueda reventarla.