Superestrella 88. CAPÍTULO 88
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88. CAPÍTULO 88

Al tercer tono, Lía contesta.

—Dime, Vi —dice con cierta agresividad.

—Lía, estoy con Alonso, estamos yendo a casa de Enrique. Quédate en casa de tus padres y no vengas a verle, nos la estamos jugando —dice Violeta con confianza.

—¿Cómo sabes…?

—Lía…

—Es tu trabajo, sí, tía —dice, suspirando—, ¿y qué se supone que quieres que haga aquí? —dice Lía frustrada.

—Compón. Ahí tienes instrumentos, haré que alguien te lleve equipo a casa de tus padres —dice, organizando sobre la marcha, Violeta—. Lo que hay en casa de Alonso, de momento, dalo por perdido, cantaría mucho mandar a alguien a por ello ahora mismo.

—Ahí tengo un par de cosas que me hacen falta —se queja Lía.

—Lía, del estudio a casa de tus padres, y de casa de tus padres al estudio —dice Violeta, autoritaria.

—Amor, haz caso a Vi, es lo mejor para ambos —digo, intentando convencerme más a mí que a ella.

—Sí, pero ahora mismo no quiero dejarte solo…

—Cariño —la interrumpo—, es lo que hay. Es lo que acepté cuando empezamos a salir. Es lo que el sol hace por la luna… Se oculta para que ella pueda brillar en el firmamento.

—Y encima te pones profundo, no puedo contigo —dice Lía enfadada, colgando.

—No se ha enfadado contigo —aclara rápidamente Violeta, mirándome—, es que odia, siendo tan independiente, que la prensa la acorrale —dice Violeta, volviendo a mirar a la carretera.

—Lo sé, y sé que, aunque no lo admita, le encanta que estemos "viviendo" juntos en mi piso. Creo que se siente más normal y alejada de los focos.

—A propósito de eso, tengo un par de casas esperando que las visitéis cuando pase la tormenta.

—Seguro que son geniales —digo sonriendo—, pero lo que verdaderamente me preocupa ahora es otra cosa…

—¿El qué? —dice Violeta, curiosa.

—¿Cómo es que sabes dónde vive Enrique y no te hace falta GPS para ir? —digo con calma—, ah, y estaba deseando poder decirte esto… ¿Qué intenciones tienes para con mi amigo? —pregunto, intentando usar el mismo tono que ella usó conmigo en su día.

—¿No os ha contado que estamos quedando? —pregunta extrañada Violeta—, me está ayudando con Leo. Dice que así se prepara para el futuro y, la verdad, toda ayuda es poca con el enano.

—A ver, que ya nos vamos conociendo, esa es la respuesta preparada. Ahora dime la de verdad, porque que yo sepa él ha dicho que solo lo cuida en tu casa… ¿Estáis teniendo una aventura?

—¿Qué? ¡Jamás!, por muchas ganas que tenga de hacerle de todo, Alonso —responde Violeta, defendiéndose—, tiene una relación con otra persona y eso lo respeto.

Si hubiera estado soltero… Bueno, otro gallo hubiera cantado, pero teniendo novia jamás se me ocurriría —dice atropelladamente y empezando a sudar.

—Tranquila, Violeta —digo sonriendo—, solo quería asegurarme, sé que no cruzaríais la raya —digo confiado—, si no, no involucraríais a Amelia.

—De todas formas, que sea la última vez que usas mis preguntas contra mí —responde Violeta muy seria y, dos segundos después, estallando en carcajadas.

—Menos mal que tenemos estos pequeños momentos, tía —digo, mirando por la ventana—, porque siento que la que se nos viene encima es de las gordas… —digo, viendo cómo hemos llegado ya a casa de mi amigo.

—No te equivocas. Seguramente tengan incluso tu nombre, Alonso. No sé si se ha filtrado aún… —dice preocupada Violeta, mientras aparca el coche—, por eso nos urge que elijáis la casa y ya me encargo yo de que pongan una seguridad de las buenas…

—En fin, confío en que lo vas a solucionar todo —digo, mientras me entrega las llaves de la casa de mi amigo—, ¿no vienes? —pregunto extrañado.

—Tengo que ir a ver a Lía, llevarle un ordenador para que grabe la música y no se tire de los pelos, y a explicarle que estás bien —contesta Violeta sonriendo.

—Vale, avísame con lo que sea. Dale un beso a Leo cuando lo veas, de mi parte —digo sonriendo.

Bajo del coche, entro al portal de Enrique y subo a su casa.

Abro la puerta. Está todo como siempre. De pronto, escucho un ruido en la cocina.

Me asusto. No creo que haya ningún paparazzi por aquí, ¿no?

Me voy acercando en silencio a la cocina mientras me va subiendo la adrenalina.

Me asomo a la puerta y reconozco la figura de Amelia, poniendo una olla a hervir agua.

—Menudo susto me has dado —digo, sin ser consciente de que no me ha oído entrar.

—¡Ah! —grita Amelia, dándose la vuelta y blandiendo la cuchara de pasta—, ¡¿qué haces, payaso?! —me echa la bronca Amelia.

—Hostia, perdona —digo, pegando un pequeño respingo por su grito—, no quería asustarte. De todas formas, ¿qué haces aquí?

—Pues, ¿es que no lo ves? —dice Amelia, posándose una mano en el pecho para calmarse—, estoy empezando a hacer la comida para cuando salga Enrique.

—Pues si puedes echar más pasta a la olla, mejor, porque hoy como con vosotros, te ayudo —digo, avanzando hasta el frigorífico mientras me fijo en que estaba equivocado cuando he entrado en la casa, no está todo como siempre, no.

—¿Por qué no me ha avisado Enrique de que venías a comer? —pregunta Amelia.

—Ha sido todo muy rápido, te resumo, prensa rosa y que quizás se estén acercando más de lo que nos gustaría… —digo sin darle mucha importancia—, por cierto… ¿Desde cuándo estáis viviendo juntos?

—Desde la cena de los siete. No quiero hijos todavía, pero sí quiero a Enrique con todo mi corazón. Era el paso lógico, me extraña que no lo haya dicho.

—Con todo esto de Lía creo que no estoy siendo el mejor ni el más atento de los amigos, lo siento…

—No te preocupes, Alonso, lo vuestro al fin y al cabo no es una relación normal —dice Amelia sonriendo—, parece la historia de una película o un libro de amor, con el enemigo invisible de la prensa que quiere separaros a toda costa —dice, poniéndose dramática.