Superestrella 89. CAPITULO 89
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89. CAPITULO 89

Escucho cómo llaman a la puerta de mi habitación. Aparece mi madre sonriendo.

—Lía, cariño, ¿ya te has calmado un poco? —pregunta mi madre con ternura.

—Sí —digo, dejando la guitarra en el suelo a un lado—, gracias por dejarme espacio, mamá.

—Ni que fuéramos tus padres y te conociéramos —dice sonriendo mi madre—, ¿estás componiendo?

—Sí, en cuanto he cogido la guitarra me han empezado a llegar las melodías, aunque aún se resisten —digo, apartando el cuaderno que siempre llevo de encima de la cama para que se siente mi madre.

—Ah, el cuaderno morado, eso es que es una canción importante para ti —dice mi madre mientras se acerca y se sienta en la cama cogiendo el cuaderno—, ¿puedo? —pregunta con curiosidad.

—Sí —digo un poco avergonzada—, eres la única que puede leer mis letras sin que estén acabadas, mamá, tú me entiendes, y muchas veces me guías —digo mirándola vulnerable.

—Qué duro trabajo ese de ser madre —dice riéndose para que me calme—, vamos a ver en qué maravilla estás trabajando ahora —dice con una dulzura que me hace relajarme—. Vaya, me gusta, es buena la letra, ¿pero hay algo que no entiendo?

—¿El qué? —pregunto nerviosa.

—El título y por qué es tan importante un eco en la eternidad… —dice intrigada.

—Pues verás, es como un código que tenemos Alonso y yo… —digo sonriendo, recordando la primera vez que Alonso me lo dijo—, la primera vez que actué para él en la discoteca fue lo que me dijo sin más.

—Un momento, ¿actuaste para él en una discoteca, hija? —dice mi madre preocupada.

—Ay, mamá, no te preocupes, es que me dijo que cantaba con Autotune y me salió el actuar ahí para dejarle claro que no era verdad.

—Vamos, que caíste como una chiquilla, igual que tu padre, si os pican el orgullo… —dice mi madre riendo—, cada vez me gusta más Alonso, bueno, continúa.

—Pues nada, me dijo que mi actuación había tenido eco para él… Y bueno, pues me llegó, es como si me dijera que lo que hago importa, y sabes lo importante que es para mí que mi música haga eso en las personas…

—Vamos, que caíste rendidita, mi pequeña Lila —dice mi madre sonriendo.

—Sí, y no me llames así si está Alonso delante, que me da vergüenza… —digo poniéndome roja.

—Por eso te lo digo estando solas tú y yo, Lilita mía —dice mi madre levantándose de la cama—, vamos a cenar, cariño, y esta vez no te dejes la comida, por favor —dice riendo.

—Vale, si papá no se porta no prometo nada —digo enfurruñada.

—Por cierto, mi Lila —dice girándose hacia mí antes de salir por la puerta mirándome a los ojos—, me gusta mucho cómo habéis convertido la frase de Máximo Décimo Meridio en algo vuestro.

Bajo poco después de la charla con mi madre al comedor. Mi padre ya está sentado, me acerco sin hacer ruido ya que está con una llamada de teléfono y parece cabreado. Cuando consigo acercarme lo suficiente le oigo y me paro en seco.

—…está claro que no esperaba que mi investigador de confianza se convirtiera en una víbora, ahí has jugado bien, pero déjame que te aclare las cosas —dice mi padre dejando una pausa para parecer más amenazador—, mañana a las once de la mañana exactamente vas a dar un falso soplo de que han visto a mi hija con su novio a la otra punta de la ciudad —vuelve a hacer otra pausa—, porque si no voy a dedicar todo mi dinero mi poder e influencia en hundirte la vida, llamaré a todos los bufetes de abogados, empresarios, fondos de inversión, etcétera para los que trabajas y los que podrías trabajar y les contaré que te dedicas a traicionar a la gente que te contrata para sacar mayor beneficio vendiéndola a la competencia, y créeme —dice mi padre endureciendo su tono helándome la sangre—, mi palabra es ley, jamás volverás a trabajar, y cuando lo vuelvas a hacer aunque sea limpiando la mierda de un baño público me dedicaré a arruinarte la vida hasta que lo único que quieras hacer sea quitarte de en medio, y cuando lo hagas, porque lo harás, tampoco te dejaré, haré que tu existencia se resuma a la absoluta nada —dice mi padre ahora más amenazador que antes con una calma que destila maldad—, así que escúchame atentamente, pedazo de escoria traidora, como salga el nombre de mi yerno en alguna revista o alguna foto comprometedora de mi hija y no borres lo que tienes de ellos ahora mismo ya sabes lo que va a pasar contigo —termina mi padre con un tono que me pone los pelos de punta—, ah, y ya que has incumplido el contrato de confidencialidad, mañana antes de las cinco de la tarde vas a dejar el maletín con todo el dinero que te he pagado este año —mi padre cuelga con una sonrisa de pura maldad, una maldad protectora que da miedo y a la vez me hace sentir segura.

—Papá —digo acercándome para que me vea—, ¿con quién hablabas? —pregunto inocente.

—Con nadie, hija —dice mi padre con calma—, estaba solucionando un problema que me ha surgido —dice llenándose la copa de vino.

—¿Y lo has solucionado? —pregunto mientras mi padre llena también mi copa.

—Sí, es más, ¿qué es una disculpa si no va acompañada con un gran regalo…? —dice mi padre sonriendo.

—Un regalo —repito aun asimilando lo que acabo de oír.

—Sí, con tanta prensa lo mejor es que salgáis de la península una semana aunque sea, os vais a Tenerife al yate de un socio de negocios.

—¿En plural?

—Sí, tus amigas y tú, y Jorge, por supuesto —deja una pausa mientras le miro—, y Alonso también y sus dos amigos, Jesús y Enrique con su novia ¿verdad?

—Sí —digo en apenas en un hilo de voz—, y su amiga Lidia, es importante para él —digo asimilando que mi padre sabe quiénes son todos.

—Ah sí, la otra dependienta, por supuesto —dice mientras escribe algo en su móvil.

Mi madre y Jorge entran a la habitación con la comida, la dejan en la mesa y se sientan a cenar.

—Jorge, mañana a las once —dice mi padre haciendo que me vuelvan los escalofríos—, tenéis que estar Lía y tú preparados, y vais a ir a la zona privada de Barajas, ahí uno de mis hombres os dará información y te dará a ti todos los detalles.

—Vale, tío —dice mi primo como si eso fuera lo más normal del mundo.

—Ah, ¿ya le has contado a Lila nuestro regalo por irse a vivir juntos? —dice mi madre sonriéndome.

—Claro, cariño, no hay disculpa sin regalo —dice mi padre.