87. CAPÍTULO 87
—¡¿Qué has hecho qué?! —digo, notando la rabia calentando mi sangre.
—En cuanto salisteis por esa puerta el día que me lo presentaste, llamé a mi detective de confianza y le mandé seguir a Alonso.
—¿Pero tú te das cuenta de lo psicópata que suena eso, papá? —digo cada vez más furiosa—, ¿cómo te atreves a hacer tal cosa?
—Ya sé, mi amor, tu padre es un forro… —dice mi madre mirándole amenazante, sacando su argentina interior—, pero dale una chance de que hable, dale… A ver qué pelotudez dice ahora.
—Luna, cariño… —dice mi padre, obviamente con el miedo en el cuerpo, si mi madre empieza a sacar el acento tan marcado, está en problemas.
—Déjate de "Luna, cariño" y explícate —digo furiosa.
—Hija, lo siento, no debí hacerlo, pero tampoco te voy a mentir y decirte que me arrepiento, porque no es así.
—Si eso es una disculpa, menuda mierda de disculpa, sinceramente. Al menos intenta currártela y que suene sincera —digo amenazante.
—Hija, no puedo decirte que me arrepienta porque no lo hago. Gracias al detective he podido ver lo mucho que te quiere Alonso y lo mucho que te respeta y, al final, tu madre en su infinita sabiduría me ha hecho ver que, como padre, eso es lo único que me tiene que importar… —dice mi padre sincero.
Ahora mismo estoy en shock . Me ha descolocado tanto lo que ha dicho mi padre que no sé qué decir. Mi madre carraspea.
—Bueno, eso y que siendo el chaval tan humilde como es, que se haya gastado prácticamente un sueldo entero para poder cenar contigo en tu cumpleaños, es lo que me ha convencido —mi madre vuelve a carraspear—, y la fuerza con la que le defendiste en La Revuelta …
Aunque lo del sexo no me ha hecho mucha gracia… —termina diciendo mi padre, incómodo.
—Para un momento. ¿Cómo que se ha gastado un sueldo entero en mi cumpleaños? —pregunto con miedo.
—Sí, hija, el anillo que llevas puesto ahora con el que te acojonaste —suelta con una pequeña carcajada—, bueno, los anillos que compró y el colgante le han costado al chaval ochocientos cincuenta euros, más luego el traje de ciento cincuenta.
Se ha dejado mil euros para estar a tu altura…
Y, como dice tu madre, no es más rico el que más tiene, sino el que no tiene y aun así te lo da.
Aunque no lo necesitas, igualmente él se esfuerza en cubrirte de caprichos…
Las lágrimas empiezan a asomarse en mi mirada. No me puedo creer que haya hecho eso… Y en ese instante viene a mi mente algo que ocurrió en la cena.
—El detective es el que ha dado el chivatazo de ese piso, ¿verdad? —pregunto, temiendo la respuesta.
—Eso creo —admite mi padre.
—Si lleva siguiéndole tanto tiempo, sabe dónde trabaja y dónde estamos viviendo juntos… —digo apurada—, tengo que avisarle.
—No te preocupes, ya me he ocupado yo de ello. Y a propósito de lo de vivir juntos… —dice mi padre—, al principio, cuando vimos la entrevista tu madre y yo, debo admitir que no me hizo gracia, pero aunque no la necesites… Pues…
—Julio, suéltalo —dice mi madre sonriendo.
—Que no solo tienes la bendición de tu madre, también la mía —dice poniéndose rojo—, aunque nunca lo admitiré delante de él —dice rápidamente—, tengo una reputación que mantener —dice resoplando.
Los sentimientos me sobrepasan en ese momento, pero lo primero que el cuerpo me pide es acercarme a mi padre, así que eso hago. Él se levanta del sofá con la copa en la mano todavía, y simplemente le abrazo.
—Papá —digo separándome de él—, tengo que ir a ver a Alonso. Quiero saber cómo está, esto seguramente le esté agobiando.
—Te acompaño a la puerta, hija —dice mi padre con una sonrisa.
—Mamá, gracias, te quiero.
—Y yo, hija —dice acercándose dándome un beso en la mejilla—, venga, ve a verle.
Los tres vamos hasta la puerta justo cuando Jorge la abre.
—Lía, tenemos un problema —dice según entra y me ve.
—¿Más?
—La prensa está aquí…
—¡Mierda!, no puedo ir a estar con Alonso por si nos siguen —maldigo.
—No creo ni que podamos salir de la casa, Lía —dice Jorge—, ni que vayas a casa hoy…
—Perfecto, encerrada en la casa de mis padres sin poder ver a mi chico —digo indignada, mientras subo las escaleras hacia mi antigua habitación—. ¡Puta prensa!
Abro la puerta hecha una furia y veo mi antigua guitarra acústica.
La cojo y me siento en la cama. Empiezo a tocar notas que me vienen sin más, y entonces me llega, me doy cuenta de que mis dedos tocan una melodía que es perfecta…
Empiezo a tararear la letra de la canción. Sí, en efecto, es perfecta.