86. CAPÍTULO 86
—Que sí, que de verdad os lo digo, este año va a ser el único que podamos hacerlo —dice Jesús, seguro de sus palabras.
—Mucha suerte tendríamos que tener, Jesús —dice Enrique, negando con la cabeza.
—Lidia y tú tenéis las mismas vacaciones, el problema sería yo —digo haciendo memoria.
—Y Al es encargado, algo podrá hacer seguro —dice Jesús entusiasmado.
—Jesús, lo veo difícil —digo pesimista—, o contratan más gente o dudo muchísimo que la semana que viene pueda irme a ningún lado.
—Aunque sea una semana, tío, un viaje todos…
—Olivia ya sabrá si puede o no, eso está claro. Pero es que tendrías que jugar con las agendas de Violeta y de Lía y, con tan poca antelación… Mal vamos.
—Bueno, si Lía tiene la agenda despejada, de seguro que Violeta también —dice Jesús muy seguro.
—Puede que tengas razón —digo pensativo.
—Violeta es madre, y la semana que viene quería llevar a Leo a un campamento, pero de esos a tiempo parcial, no de los que se quedan a dormir —dice Enrique como quien no quiere la cosa.
Jesús y yo nos miramos confundidos.
—Jenry, ¿tú cómo sabes lo que quiere hacer Violeta? —pregunto inquisitivo.
—Eh… Hostia, se me ha olvidado una cosa en el almacén, ahora vengo —intenta huir Enrique, dándose cuenta de que se ha ido de la lengua.
—No, no, no te vayas adentro que, si no, yo no me puedo enterar —dice Jesús, mientras sigo a Enrique al almacén.
—No estarás…
—¿Qué? No, tío, no. Sabes que no soy de esos, estoy con Amelia y la amo.
—Pues sabes demasiado de una persona que tú y yo sabemos que te atrae bastante —digo a modo de bronca.
—Alonso, de verdad que no ha pasado nada, yo jamás podría ser así ni hacer eso —insiste Enrique.
—Pues tú dirás, ¿cómo sabes eso? —insisto.
—Verás… —dice Enrique, pasándose una mano por la nuca—, es que Violeta y yo estamos quedando… La ayudo con Leo… —dice avergonzado—, pero nada más, Al, te lo prometo —añade rápidamente Enrique.
Mi móvil empieza a vibrar, es Jesús. Cojo el teléfono y le pongo en altavoz.
—Amelia lo sabe, te lo juro, a veces se viene conmigo.
—Eh, ¿que sabe qué? —dice Jesús.
—No sé, me parece peligroso, Enrique.
—Eh, ¿hola?, una actualización, por favor —insiste Jesús por el teléfono.
—Jenry y Violeta están quedando. Jenry dice que la ayuda con Leo pero que no pasa nada, que lo sabe Amelia y que a veces va con él.
—Pues o Amelia es muy buena o vive en la parra —dice Jesús solemne—, porque con la tensión que tenían estos dos en la última cena, yo no les dejaría solos por si acaso intentan superar las treinta veces que tenéis Lía y tú —dice Jesús desatado.
—¿Qué? Jamás le haría eso a Amelia, os lo digo en serio —dice Enrique defendiéndose—, es más, ella es la primera que intenta evitarlo. Es una mujer real y no quiere que estropeemos lo nuestro Amelia y yo, es una buena amiga, nada más.
—No sé, Jenry, lo que estáis haciendo es muy peligroso. Cualquier día solos, con un par de copas de más o con la motivación adecuada… La liáis parda.
—Pues, chavales, ahora no sé si sería buena idea el viaje todos juntos —dice Jesús pesimista.
—Yo tampoco lo sé, la verdad. Miedo me da lo que pueda pasar en un ambiente de relajación total y libres de la rutina diaria —digo preocupado.
—Yo por mí bien, os aseguro que no pasaría nada —dice Enrique con confianza.
—Además, ¿te imaginas, Alonso? —dice Jesús, descojonándose por el altavoz.
—¿El qué?
—Que Violeta se venga y deje a Jenry de canguro —dice Jesús, riéndose tan fuerte que se oye su risa sin teléfono.
—Tú eres tonto —dice Enrique ofendido.
—No, el tonto eres tú —le digo pegándole un collejón—. Venga, a currar, y ni se te ocurra complicar las cosas porque con un cuchillo y un movimiento rápido me cargo tu sueño —le amenazo, apuntando a su entrepierna.
—Alonso, deberías salir del almacén —dice Jesús—, hay alguien que quiere verte.
—¿Eh? —digo con curiosidad mientras vuelvo otra vez al mostrador, intrigado.
—Alonso, tenemos que irnos ya —dice Violeta con urgencia.
—Me he perdido algo —digo confundido.
—Alonso, sin preguntas, ya —dice Violeta preocupada.
—Vi, no me puedo ir así como así —contesto, recalcando una obviedad.
—Yo te cubro —dice Enrique a mi espalda.
—¡Enrique, las llaves de tu casa, ya! —urge Violeta.
—Está bien, me voy contigo —digo, mientras Enrique saca de su bolsillo las llaves de su casa y se las da a Violeta.
Violeta anda como si llevara más de diez cafés encima, suele ser lo habitual pero algo se siente extraño en ella, como un miedo subyacente. Me acompaña hasta la puerta.
—Vamos, corre, no hay tiempo —dice preocupada, dirigiéndose al coche.
—Voy, Violeta, pero ¿qué pasa?
—Me han informado mis contactos que quizás haya habido un soplo y vengan a comprobar si trabajas aquí. La foto es borrosa pero de cerca podrían reconocerte —dice atropelladamente.
—¿Y por qué le has pedido las llaves a Jenry? —pregunto extrañado, llegando al coche.
—Porque tu casa también podría estar comprometida —dice mientras abre la puerta del coche y se mete.
—¿Lo sabe Lía? —pregunto haciendo lo mismo.
—La llamo de camino. Lo primero es protegerte a ti y mantenerte en el anonimato.