85. CAPÍTULO 85
Me despierto con el olor de las tostadas y con un pecho por fuera, estos malditos pijamas de verano…
Si llevamos tantas veces como dije en La Revuelta es por culpa y gracias a estos pijamas.
Afortunadamente, con lo cansada que estoy ahora mismo, Alonso no lo ha visto.
Me levanto de la cama y voy hacia la cocina, colocándome bien la parte de arriba del pijama.
—Buenos días, precioso.
—Buenos días, marmotilla.
—¡Eh!, tampoco te pases, es que estaba cansada —me defiendo.
—Y tanto que lo estabas, has roncado como un tiranosaurio rex —dice vacilón.
—Tonto que eres —digo divertida.
—He pasado verdadero miedo esta noche, que lo sepas.
—¿Y eso?, voy con Jorge, no te preocupes —dice Lía tranquilamente.
—Si yo lo digo por los ronquidos, ha habido uno que has aspirado tan fuerte que pensaba que me metías a mí pa dentro —dice riéndose a carcajadas.
—¡Serás estúpido! —grito, haciendo amago de tirarle la taza de café que me ha preparado.
Alonso corre a cogerme y me da un beso dulce.
—Lianta…
—Tontolaba —digo con ternura.
—Bueno, ¿de qué querías hablar anoche?
—Vaya, muchas ganas tienes tú de tentar a la suerte hoy —digo, intentando parecer amenazante—, ¿tú de qué crees que quiero hablar?
—Lidia —contesta Alonso seguro.
—Lidia —digo sonriendo.
—No te preocupes, ayer enterró el hacha, te lo puedo asegurar. Cuando la conozcas más, vas a descubrir que es una tía de puta madre.
—Lo sé, ayer me escribió Oli —hago una pausa para ver su reacción, parece que no ha causado efecto alguno en él—, y me dijo lo que comentó de mí ayer.
—Me lo he imaginado esta mañana cuando he pensado en lo feliz que te fuiste a la cama.
—Está claro que tengo que cambiar de espías —digo pensativa.
—¿Solucionado entonces?, ¿os vais a dar una oportunidad? —dice Alonso con cierto tono de súplica.
—Yo por mí, sí.
—Genial —dice Alonso, haciendo un gesto de triunfo—. Bueno, princesa, ¿con qué quieres la tostada? —pregunta Alonso—, ¿con tomate como siempre?, ¿te cambias a la mermelada?
Mi móvil empieza a sonar y miro de quién se trata. Es mi madre.
—Con tomate como siempre —contesto mientras acepto la llamada—, te pongo en altavoz —digo antes de que mi madre diga nada.
—Hija, ven a casa cuando puedas, tenemos que hablar —dice con un tono muy serio.
—¿Ha pasado algo malo? —pregunto con miedo.
—No, pero quiero que sepas algo, ven en cuanto puedas, cariño —dice mi madre para después colgar.
Miro a Alonso, confundida. Él se encoge de hombros y sigue haciéndome el desayuno.
—Pues tendré que ir, ¿tú curras, no? —pregunto a Alonso.
—Sí, es más, ya debería estar allí —dice, sonriendo con una mueca.
—Venga, vete, corre, que no quiero estar manteniéndote, no tengo tanto dinero —digo divertida.
—Me puedes mantener mínimo hasta la tercera generación —dice Alonso, dándome un beso y riéndose.
Alonso se viste corriendo y se marcha en un abrir y cerrar de ojos.
Yo, por mi parte, desayuno tranquilamente, queriendo ir y a la vez no a casa de mis padres.
Mando un mensaje a Jorge para que venga a recogerme y le espero sentada en el sofá mientras compongo.
Se me está haciendo cuesta arriba un poco la canción con la que estoy ahora, pero claro, con esta montaña rusa de emociones de estos últimos tiempos…
Hostia, qué buena… Montaña rusa… Ya tengo título.
Sigo escribiendo guiada por todos los sentimientos que he tenido últimamente.
Estoy súper inspirada. El móvil, de pronto, empieza a sonar.
Es Jorge. Le cuelgo directamente, me pongo las playeras y salgo de casa.
—Bueno, de nuevo estamos en Villa Romero —dice Jorge sonriendo—, ánimo, prima.
—Ya, ya, mucho ánimo, pero menuda bomba de humo la última vez, jodío.
—Es que sabía cómo se iba a poner el tío, y sabes que soy pacifista.
—Claro, eso díselo a Castillo —digo, entornando los ojos—, a otra con ese cuento peliculero.
—No sé cómo te aguanta Alonso, prima, eres imposible —dice Jorge divertido—, bueno, en verdad sí sé por qué te aguanta —dice, sonriendo pervertido.
—No, si la entrevista va a traer cola —digo riéndome y dándole una colleja a mi primo—, no te vayas muy lejos, no creo que tarde, te quiero, tonto del culo.
—Y yo, prima.
Me bajo del coche y me dirijo a la puerta de la casa de mis padres. Pico el timbre y hago mi ejercicio de relajación. Unos segundos más tarde, la puerta se abre. Es mi madre. Según me ve, me abraza.
—Entra, hija, tenemos que hablar, es muy importante —dice preocupada.
—Vale, mamá, no te preocupes —digo, entrando a casa de mis padres.
—Vamos al salón, nos está esperando tu padre.
—Alto ahí —digo, frenando en seco—, si no es una disculpa lo que tiene que decirme, me voy ahora mismo, mamá —digo, mientras me sube el enfado por el estómago.
—Hija, se va a disculpar y algo más, te lo aseguro —responde mi madre, con un tono amenazante que me extraña en ella.
Llegamos ambas al salón. Mi padre está sentado en el sofá con una copa de vino en la mano. Da un pequeño sorbo y sonríe.
—Hija, qué alegría que estés aquí —empieza diciendo mi padre.
—Julio, al grano —dice mi madre, enfadada.
—Está bien, está bien —dice mi padre, sin duda con el miedo en el cuerpo, ya que mi madre nunca se pone así.
—Venga —insiste mi madre.
—Lía, hace un tiempo que contraté un detective privado para que siguiera a Alonso.