Superestrella 81. CAPÍTULO 81
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81. CAPÍTULO 81

Escucho unos pasos lentos y delicados a mi espalda y automáticamente sé que es ella.

Me seco las lágrimas, me alejo de la barandilla y me giro para mirarla.

Ahí está ella, deslumbrante como siempre, con mi sudadera gris puesta, como siempre también, no para de robarme la ropa…

El viento de la mañana mece su precioso pelo bicolor, viene tal cual, no se ha puesto peluca ni nada…

Lía mira avergonzada al suelo, cogiéndose el brazo izquierdo, que tiene estirado hacia abajo, con la mano derecha.

—Estamos casi en julio, quítate esa sudadera, te va a dar un soponcio —digo con dulzura.

—Estoy bien —dice ella, mirándome vulnerable—, sabes que soy un poco friolera, las mañanas aquí son muy frescas —dice sonriéndome con timidez y volviendo a mirar hacia el suelo.

Siento el muro dentro de mí cayéndose a pedazos.

Avanzo los metros que nos separan con calma hasta llegar junto a ella.

Cojo su barbilla y la empujo levemente para que levante la mirada.

Sus ojos verdes se clavan en los míos y veo en ellos el dolor que estoy causando, la inseguridad y la vergüenza de haber venido aquí.

—No te preocupes —digo suavemente, sintiendo cómo más piedras de mi muro caen—, si hay alguien con quien quiera compartir mi tiempo aquí, esa eres tú.

Lía me abraza suavemente y esta vez sí correspondo a su abrazo.

Siento cómo se estremece y se acomoda perfectamente entre mis brazos y mi pecho.

Nos quedamos ahí abrazados un largo rato hasta que pequeños espasmos en el cuerpo de Lía la delatan.

Está llorando. Intento volver a cogerla por la barbilla para que me mire, pero Lía hace fuerza hacia abajo con su cabeza para que no pueda hacerlo.

La abrazo más fuerte aún, intentando no hacerle daño.

—No llores —susurro—, no merezco esas lágrimas ni tú tener que derramarlas.

—Te quiero —dice Lía, sacando su cabeza un poco de mi pecho.

—Y yo —contesto—, perdóname… El mundo me ha sobrepasado y esto es lo que hago cuando eso pasa —digo con la garganta casi cerrada—, al final va a tener razón tu padre y soy un cobarde.

Lía se despega de mí bruscamente y me pega un guantazo. Por puro instinto me llevo una mano a la mejilla, que me arde por el golpe.

—¡Nunca! ¿Me oyes? Nunca, jamás vuelvas a llamarte cobarde. Si hay algo que odie por encima de todas las cosas es el autosabotaje —me dice con rabia.

No soy capaz de contestar, solo siento el dolor de su bofetada, tanto mental como física.

—¡Deja ya de una puta vez de hacerte de menos y pensar que no eres suficiente para mí! —me grita furiosa—, eso solo lo decido yo, ¿me oyes? Solo yo. Ni tú, ni mi padre, ni Cristo bendito. Solo yo —dice amenazante.

—Eh, pero… —balbuceo.

—Estoy cansada, muy cansada de que creas que no das la talla…

De que te dé miedo mi dinero… Quizás lo que realmente piensas es que yo no soy suficientemente buena para ti, ya que piensas que mi criterio al elegirte es un error —dice Lía furibunda—, pues te voy a quitar la tontería de la cabeza.

Si soy suficientemente buena para mí, soy suficientemente buena para quien yo elija.

Y tú, pelotudo de los cojones, la concha de tu madre, sos lo mejor que me ha pasado en la vida.

Y como vuelvas a mencionar o incluso solo pensar de pasada que no eres suficiente, te voy a estar cruzando la cara hasta que el amor, el orgullo y la admiración que siento salgan de ti como lo hacen de mí.

Juro que en este mismo momento no quiero hacer lo que estoy a punto de hacer, pero se me escapa una carcajada limpia.

—Se te escapa el argentino, Lianta —digo riendo.

—La conch… Te vas a reír de mí —dice Lía, entre risas enfadadas.

—Parate, reloca —digo entre risas, intentando esquivar sus tortas.

—Reloca tu put… —empieza diciendo.

Consigo esquivar la mansalva de guantazos que ha intentado darme y vuelvo a abrazarla, levantándola del suelo y girándola en círculos.

—Para, que me mareo —dice Lía entre risas.

Hago caso y la dejo en el suelo.

—Eres tonto —dice mirándome vulnerable, pegándome en el pecho suavemente con su puño para volver a enterrarse entre mis brazos.

—Te prometo que no volveré a alejarte de mí —digo solemne, apoyando mi cabeza en la suya—, cuando necesite apagar el mundo un rato siempre será contigo, que lo pones patas arriba.

—¿Y el muro? —pregunta con voz tierna, casi como de niña inocente.

—Prometo que no habrá más muros entre nosotros… Joder, si con solo presentarte aquí lo has tirado a tomar por culo.