Superestrella 80. CAPÍTULO 80
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80. CAPÍTULO 80

Despierto en la cama confusa, pero si yo me quedé dormida en el sofá para darle espacio a Alonso…

Según mi mente empieza a activarse, pequeños recuerdos me llegan.

Los brazos de Alonso elevándome. Una sensación de estar flotando en el aire.

Los latidos en su pecho retumbando en mi oído.

Una comodidad instantánea justo después de una leve sensación de caer al vacío.

Busco con mis manos el cuerpo de Alonso y no lo encuentro.

Termino de abrir los ojos y miro su lado vacío de la cama.

Me levanto de la cama y voy al baño. No está.

Ando despacio hasta el salón. Tampoco está.

Mi corazón empieza a acelerarse. Veo mi cuaderno en la mesa del salón.

Lo abro y veo que está el lápiz justo en la página por donde me quedé ayer escribiendo.

Empiezo a agobiarme, yo no dejo nunca el lápiz así.

—¿Alonso? —llamo sin respuesta.

Mi corazón empieza a desbocarse.

—¡¿Alonso?! —digo aún más fuerte, sin obtener respuesta.

Vuelvo corriendo a la habitación buscando el móvil. Justo cuando voy a pulsar el botón de llamada, suena el timbre de la casa. Ando lo más rápido posible a la entrada y abro la puerta.

—¡Alonso!

—No, tía, nosotras también te queremos, ¿eh? —dice Olivia con una leve sonrisa.

Me aparto para que pasen mis amigas. Violeta, al pasar, se para a mi altura y me da un abrazo. Suelto el móvil inconscientemente y el teléfono cae con un sonido sordo al suelo.

—Tranquila, ya estamos aquí.

—¿Qué hacéis aquí? —consigo preguntar.

—Después del velatorio pensamos que te hacía falta un poco de apoyo de tus amigas. No vimos a Alonso precisamente preocupado por tu bienestar ayer… —dice Olivia—, no es que podamos culparle, lo está pasando verdaderamente mal.

—Lía, somos tus amigas, sabemos que muchas veces te centras en curar el dolor de los demás, ignorando el tuyo —dice Violeta mientras me suelta.

—Ayer notamos que algo contigo no iba bien, Lía, más allá de lo obvio —dice Olivia, sentándose en el sofá.

—Ven, vamos —dice Violeta, cerrando la puerta de casa y arrastrándome al sofá.

—Estamos aquí para ti, Lía. Suéltalo, como diría Elsa —dice Olivia, intentando animarme.

—No hay nada que soltar —digo sentándome en el sofá.

—Lía, no me obligues a coger cita con tu psicóloga. Últimamente estabas muy bien y solo hacía falta una cita al mes —me amenaza Violeta.

Entierro la cara entre mis manos, sin poder llorar por fuera pero haciéndolo por dentro. Retiro mis manos y mi mirada va a parar justo al cuaderno. Mi mente vuelve a centrarse.

—¡Alonso!, ¡tengo que llamarle! —digo desesperada mientras busco mi móvil.

—¡¡Lía!! —grita Olivia, cogiéndome del rostro con ambas manos—. ¡Primero tú!

Mis lágrimas consiguen volver a salir, cayendo por mis mejillas. Me derrumbo en el sofá y lloro desconsoladamente mientras mi dos amigas me rodean y abrazan como pueden.

—Ya está, cariño, ya está —dice Violeta.

—Estamos aquí, mi amor —dice Olivia con dulzura.

—Me ignoraron —consigo decir—, me dejaron aislada en el sofá. Comparto la herida con ellos, sentimos el mismo dolor, y me dieron la espalda. Incluso su familia… Incluso él —digo, soltando parte de lo que siento.

—Le voy a partir la cara a Jesús —dice Olivia cabreada.

—¿A Jesús? —pregunto extrañada.

—Sí, le dije que se quedara contigo hasta que llegara yo, por si acaso a la Lidia esta se le ocurría hacer alguna tontería —dice con rabia—, pero visto lo visto le voy a cortar los huevos, se va a cagar —dice Olivia.

—Oli… —dice Violeta, mirándola, abriendo mucho los ojos y señalándome.

—Sí, perdona, Lía, sí —dice Olivia volviendo a mí.

—Algo me dice que no es lo único que te hace tener el pecho roto —dice Violeta, acertando como siempre.

—Alonso… Ayer le quise abrazar para consolarlo, pero…

—trago fuerte para reunir las fuerzas suficientes y seguir hablando—, pero no me devolvió el abrazo, es más, me apartó y se fue a la ducha…

Le di su espacio, pero no volvió a por mí para que fuéramos juntos a la cama después…

Pero luego, no sé a qué hora, él me cogió en brazos y me llevó a la cama…

Ha levantado un muro entre nosotros con algo peor que cualquier desprecio o indiferencia, ha levantado un muro con amor contenido, cuando nunca jamás había tenido que hacerlo estando conmigo —digo, volviendo a enterrar mi rostro entre mis brazos, llorando desconsolada.

—Lía, Alonso te quiere, te lo puedo asegurar —intenta consolarme Violeta.

—Alonso te ama con locura —dice Olivia, intentándolo también.

Nada de lo que digan va a servir porque yo sé la verdad.

Cuando pasa algo así, lo único que puede significar es que acaba de comenzar lo que más miedo me daba cuando empecé con él…

Es el principio del fin. Ya no me va a poder querer igual que antes, algo le va a frenar siempre y eso va a acabar destruyéndonos.

—Y luego está lo del cuaderno —digo señalándolo con la cabeza.

—¿Qué pasa? —pregunta Olivia.

—Ese es el cuaderno morado… —dice Violeta haciendo memoria—, donde estabas escribiendo… —Violeta se queda muda al instante.

—¿Eco? —dice Olivia preocupada—, ¿la has acabado?

—No, por eso tengo miedo de que lo haya leído… —digo, secándome las lágrimas con las mangas de la camiseta de Alonso que me puse cuando se duchaba.

Entierro mi nariz oliendo su aroma, añorándole con cada poro de mi piel…

—Y ahora que lo pienso —dice Violeta—, ¿dónde está?

—No lo sé —digo cerrando los ojos—, cuando me he despertado no estaba en la cama, le he buscado por casa, pero no está, se ha ido… Necesita espacio… —consigo decir a mis amigas.

Lo que verdaderamente duele no es que necesite espacio, es que necesite alejarse de mí cuando está sufriendo tanto.

—Llámale —dice Violeta, levantándose y cogiendo mi móvil del suelo—. Seguramente te necesite más a ti ahora mismo que a nadie en el mundo y, tía, habladlo antes de que ese muro os termine separando para siempre.

Cojo mi móvil de la mano de Violeta. Lo desbloqueo. Está justo donde lo dejé, solo me hace falta pulsar el botón de llamada… Lo hago y empieza a dar tono. El tono se corta y suena cómo lo descuelgan.

—¿Dónde estás? —pregunto con calma.

Escucho cómo Alonso suspira, incluso consigo oír cómo traga fuerte y con voz temblorosa me responde,

—En el Refugio.

—Vale, voy.