79. CAPÍTULO 79
Entramos en casa en silencio. Enciendo la luz de la entrada.
Veo cómo Lía se quita la peluca pesadamente y noto sus ojos hinchados por haber estado llorando junto a mi familia, junto a mi abuela, junto a mí.
Miro cómo se coloca el pelo. Ese pelo que me flipa cada vez que lo veo, ahora luce apagado y deshecho por culpa de esa maldita peluca.
Su pelo es uno de sus rasgos distintivos como superestrella.
Un sentimiento de culpa me empieza a invadir, estoy arrastrando a una superestrella con toda la vida por delante a mi espiral de dolor, a mi pozo sin fondo que cada vez se llena más y más por culpa de mi vida de mierda.
Lía se acerca a mí para abrazarme. Rodea con sus brazos mi cintura y, por un segundo, mi cuerpo no reacciona, no soy capaz de devolverle el abrazo.
La amo con todo mi corazón pero ahora mismo me siento desconectado del mundo.
He vuelto a levantar el mismo muro que cuando me pasó lo de Nuria pero, esta vez, el doble de alto y el triple de grueso.
Por fin mi mente reacciona, cojo sus brazos con mis manos y le doy un beso en la frente.
—Voy a ducharme y me voy a la cama, estoy cansado —digo, sin un ápice de sentimiento en mi voz.
—Vale —dice ella suavemente—, yo me pongo el pijama y me vengo al sofá.
Sin contestarle, me doy media vuelta y me dirijo al baño.
Voy en piloto automático. Sin saber cómo he llegado, estoy ya bajo la ducha con el agua escurriéndose por mis hombros.
Y aquí, en este preciso instante, me rompo del todo.
No es solo la muerte de mi abuelo, es la diferencia de mundos con Lía, es su padre, es Lidia, es no sentirme suficiente para ella, es saber con certeza que no lo soy.
Es no querer arrastrarla más por el fango cuando ella debería estar volando por encima de todo y de todos, soy un simple mortal que le está robando la divinidad a una diosa.
Es ese simple beso que no le di a tiempo para demostrarle que lo quería…
Por todo esto y más, mis lágrimas fluyen, camuflándose con el agua de la ducha.
Con sollozos sordos para que la mujer a la que amo y estoy destruyendo no tenga que cargar con nada más por mi culpa.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero salgo de la ducha con las yemas de los dedos arrugadas.
Tenía que soltarlo todo para poder volver a construir mis defensas.
Me seco el cuerpo con cansancio y me pongo el pijama en la habitación.
Camino hacia el salón secándome el pelo y ahí está ella, escribiendo en su cuaderno de composición, ajena a todo lo que la rodea.
No quiero llorar más ni sentir el corazón en un puño, así que la dejo ahí sola, escribiendo.
Me doy la vuelta y me voy a la cama. Estoy tan cansado que, según cierro los ojos, por un momento todos mis problemas y el mundo desaparecen.
Me despierto con una pesadilla, sudando a borbotones.
Era Lía alejándose de mí, cada vez que intentaba acercarme a ella, los flashes de las cámaras me deslumbraban y tenía que buscarla entre la multitud.
Cuando volvía a identificarla gracias a su pelo, corría hacia ella y, cuando casi llegaba, escuchaba la voz de mi madre…
"Ha muerto"… En ese momento Lía se pone una peluca y desaparece entre la multitud.
Inconscientemente busco a Lía en la cama.
Palpo con mis manos para descubrir que no está, el pánico empieza a apoderarse de mí.
Me levanto como una exhalación y corro hacia el salón.
Mi corazón da un vuelco y empiezan a calmarse sus latidos, Lía está en el sofá, dormida.
Me acerco a ella despacio para no despertarla.
Tiene el cuaderno abierto sobre el sofá y el lápiz con el que escribe está tirado en el suelo.
Cojo el lápiz y el cuaderno y pongo el lápiz justo por donde ella estaba escribiendo.
No puedo evitar leer el título de la canción, "Eco en la Eternidad".
No quiero leer más. A menudo Lía trata con mucho celo sus cuadernos de composición y no le gusta que nadie cotillee en ellos.
Lo cierro y lo dejo encima de la mesa baja del salón.
Miro a Lía con muchos sentimientos encontrados pero, uno de ellos sobrepasa a cualquier otro, la amo.
Me acerco a ella y la cojo en brazos para llevarla a la cama.
Lía se mueve ligeramente pero se deja coger.
La levanto completamente pegándola a mi pecho y ando cargándola hasta la cama.
Miro su expresión vulnerable con los ojos cerrados, apoyada en mí.
Le doy un beso en la frente y la apoyo suavemente sobre la cama.
Rodeo la cama para llegar a mi lado y me acuesto mirando al techo.
Sin pensar en nada en particular, anestesiado entre el sueño y el muro que he tenido que levantar alrededor de mi corazón.
En ese silencio nocturno, una frase golpea mi cabeza sin previo aviso, "Eco en la Eternidad".
Lía está escribiendo una canción con nuestra frase más íntima y profunda.
Desde aquel día lejano en la discoteca en el que cantó por primera vez para mí y sentí cómo lo tuvo en mi vida.
Ese fue el momento en el que Lía empezó a debilitar mi anterior muro invisible.
Fue el primer ataque directo a los cimientos que, por culpa de su luz, terminaron cayendo.
Y entonces lo vuelvo a sentir, noto cómo al nuevo muro le salen fisuras.
Pero esta vez no voy a dejar que caiga. Echando un último vistazo al plácido rostro de Lía, me giro y le doy la espalda.
Esta vez no dejaré que el pozo de mierda que llevo conmigo se desborde.
No permitiré que arrastre nuestros ecos con él, hundiéndolos en una oscuridad de la que ella jamás pueda salir.