78. CAPÍTULO 78
No he pegado ojo y creo que Alonso tampoco.
Conduce tranquilo hacia el tanatorio, siguiendo el coche de sus padres donde va su abuela.
Sé que él ha intentado ocultarlo, pero le he oído sollozando toda la noche y, si ha podido dormir algo, ha sido por puro cansancio.
Llegamos al tanatorio y bajamos del coche.
Luis y Vicki acompañan a Águeda hacia el interior.
Cojo la mano de Alonso y tiro de ella para que se quede un momento fuera conmigo.
—Estoy aquí contigo, si necesitas cualquier cosa dímelo.
Alonso asiente y entramos de la mano. Seguimos a sus padres y a su abuela hasta la sala reservada para nosotros.
—Lía —dice Alonso en apenas un susurro—, si no quieres estar aquí porque te puedan reconocer, entendería perfectamente que te fueras.
—Alonso, no voy a irme aunque me reconozcan. No puedo abandonarte un día como este, te quiero.
—Gracias —dice él, mientras una lágrima traidora recorre su mejilla.
Entramos y nos sentamos en un sillón, dejando espacio a su abuela, que se sienta justo en el sillón que da al féretro.
Me acurruco junto a Alonso y apoyo mi cabeza en su hombro, él suspira y apoya su cabeza sobre la mía.
Hay veces que los silencios llenan más que cualquier otra cosa y, ahora mismo, es lo que tiene que pasar.
No hay palabras para poder consolar a ninguno de los presentes, es mejor una atronadora paz que una palabra mal susurrada.
La familia de Alonso no tarda en aparecer, a excepción de las pequeñajas.
Si yo fuera madre, tampoco querría que tuvieran que pasar por esto.
Saco de mi bolso la peluca y me la pongo.
No quiero que entre nadie que no sea del círculo y me reconozca, hoy no es día para reconocimientos.
Parece que he visto el futuro, porque empiezan a aparecer los primeros desconocidos, vecinos de toda la vida que se pasan para darle el pésame a Águeda.
Un poco más tarde aparecen Jesús y Enrique.
Abrazan a Alonso y luego a su abuela entre lágrimas, Alonso se va con ellos y se ponen a hablar.
Yo me quedo sola en el sofá, intentando pasar desapercibida, cuando veo aparecer a Lidia por la puerta.
Va directa hacia Alonso y le abraza con un amor genuino y con el cariño que da el conocerse desde la infancia.
Cuando acaba ese abrazo que se me hace eterno, Lidia me mira y, como dos personas maduras, nos asentimos levemente, firmando una tregua temporal por Alonso, por Juan.
Lidia se queda con Alonso, Jesús y Enrique, hablando y riendo de vez en cuando, contando alguna anécdota, del abuelo Juan seguro.
Veo cómo todos hacen piña pero no me hacen partícipe, ni siquiera Alonso intenta que lo haga.
No puedo evitar sentirme como una extraña entre gente que me conoce, gente con la que no debería ocultarme.
Veo cómo la abuela Águeda me hace gestos para que me acerque.
Me levanto del sofá y me siento junto a ella, intentando evitar mirar a Juan.
—No te preocupes, niña —dice su abuela, poniéndome una mano en la mejilla—, sé que vuestro amor es puro —dice, consiguiendo que unas lágrimas asomen por mis ojos—, os queréis de la misma manera que nos queríamos mi Juan y yo.
—Gracias, Águeda —digo, apoyando mi mano sobre la suya.
—Deja que lo eche con los amigos, siempre le ha costado abrirse para estas cosas.
No es que no quiera que estés aquí, sé de corazón que, si no le estuvieras acompañando, no estaría tan entero como le ves ahí plantado con sus amigos —dice con los ojos humedecidos—, y por Lidia no te preocupes.
He visto crecer a esos dos mocosos durante treinta años, se quieren con locura y son como hermanos.
Y, como cualquier hermana, le preocupa que llegue una chica y haga daño a su hermano.
—Águeda —digo, intentando asimilar lo que me ha dicho—, debería ser yo quien te consolara, no al revés —digo sonriendo.
—Cariño, aún no te he dicho todo lo que quería decirte —dice con una sonrisa triste.
—Bueno, pues dime —digo, intentando aguantarme las lágrimas.
—A menudo Juan hablaba del día en el que te conoció y presumía de que había sido el primero en conocerte —dice riendo entre lágrimas.
—Joder, Águeda, no me quedan más lágrimas —digo riendo, emocionada.
—Cuando volvió ese día de la petanca, me dijo algo que deberías saber.
Y créeme, de vez en cuando Juan tenía momentos de clarividencia y sabiduría infinita —dice Águeda sonriendo—, me dijo que esta vez estaba seguro de que Alonso había encontrado a su alma gemela, como hizo él conmigo.
Que lo sentía en lo más profundo de su ser, que lo había notado en la manera en la que os mirabais.
Me dijo que contigo encontró su ikigai .
—Su razón de ser… —susurro—. Gracias, Águeda, de verdad —digo abrazándola largamente.
De pronto aparecen por la puerta Olivia y Violeta y se acercan a nosotras. Olivia le coge la mano a Jesús un instante, quedándose unos centímetros detrás de Violeta.
—Águeda, lo siento —dice Violeta con una sonrisa triste.
—Gracias, bonita —dice Águeda, cogiendo la mano de Violeta.
—Lo siento, Águeda —dice Olivia, dándole un abrazo.
—Gracias —dice Águeda educadamente y, girándose hacia mí, pregunta—, ¿conoces a estas dos chicas preciosas, Lía?
—Ay, sí, perdona, Águeda. Estas son mis dos amigas de la infancia, Violeta y Olivia.
—Ah, Olivia, tú eres la que trae de cabeza a Jesús desde hace un tiempo —dice sonriendo la abuela de Alonso.
—La misma —dice Olivia sonriendo.
—Le hacía falta una mujer fuerte como tú. Había perdido el rumbo, estaba hecho un picaflor. Me alegro de que por fin haya encontrado el amor, como mi querido Alonso —dice Águeda, apretando mi mano—. Ten mano dura con él, es muy buen chico pero se pierde rápido.
—Lo haré, Águeda, no te preocupes.
—Y tú eres la madre soltera de la que me ha hablado Enrique, ¿verdad… Violeta?
—Sí. ¿Te ha hablado Enrique de mí?
—Por supuesto, niña. Te admira profundamente y yo también.
De hecho, os admiro a las tres, sois mujeres independientes que os habéis hecho un camino de éxito a base de trabajo duro y talento.
Sois todo por lo que mi generación luchó por tener.
Gracias por seguir haciéndolo cuando nosotras ya estábamos tan viejas y cansadas que no pudimos seguir.
Las tres nos miramos y abrazamos a Águeda con todo el cariño que tenemos en nuestros corazones.