77. CAPÍTULO 77
—¿No fastidies? ¿Y qué le dijiste? —dice Lía interesada.
—Que yo era el encargado y que eso no iba a pasar —digo sonriendo.
—No me imagino la satisfacción que tiene que dar cuando alguien pregunta por el encargado y eres tú.
—Pequeños placeres de los mortales, Lianta.
Mi móvil empieza a vibrar. Miro la pantalla y es mi madre. Cojo el teléfono y deslizo el dedo para aceptar la llamada, pongo el altavoz.
—Dime, mamá —contesto.
—Alonso, ¿puedes pasarte por casa de los abuelos? El abuelo se ha caído del sofá y la abuela no tiene fuerza para levantarlo.
—Claro, me visto y vamos corriendo.
—Gracias, hijo. Gracias, Lía —dice mi madre.
—Te llamamos cuando estemos ahí, Vicki —responde Lía.
—Gracias, chicos.
Vamos corriendo a la habitación y nos vestimos a toda prisa, cogemos el coche y le piso para llegar lo antes posible.
Llegamos a casa de mis abuelos en menos de quince minutos, cuando suelen estar a veinticinco.
Llamo al timbre y mi abuela abre la puerta, agitada.
Lía y yo entramos en el salón y vemos a mi abuelo en el suelo, espatarrado y boca arriba.
—De verdad, ¡¿cómo has sido tan bruto, abuelo?! —digo, sin creerme lo que veo—. Lía, por favor, ayúdame. Cógele del otro brazo y vamos a subirle.
—Vale —dice Lía, cogiéndole de un brazo.
—A la de tres —digo, cogiéndole yo del otro brazo—, un, dos, tres, tira.
Ambos hacemos fuerza y levantamos a mi abuelo hasta dejarle sentado en el sofá. Cuando se acomoda y empieza a respirar, escucho cómo suenan pitos desde su pecho.
—Abuelo, estás constipado…
—Sí —dice mi abuela—, tu madre ya ha pedido cita para el médico.
—Vale, ¿necesitas algo más, abuela?
—No, Alonso, no te preocupes.
—Seguro, que no nos cuesta ya que estamos aquí, Águeda —dice Lía sonriendo.
—Si queréis, quedaos a comer —dice mi abuela.
—No, no, suficiente trabajo tienes con cuidar al abuelo como para darte más —respondo.
—Bueno, pues entonces nada, no necesitamos nada más en principio.
—Muy bien, nos vamos —digo sonriendo.
—Adiós, Águeda —dice Lía, dándole dos besos.
—Adiós, abuela —digo, dándole dos besos a mi abuela.
—Adiós, don Juan —dice Lía, guiñándole el ojo a mi abuelo y dándole dos besos.
—Adiós, abuelo —le digo a mi abuelo.
—¿No le das dos besos a tu abuelo? —pregunta Lía.
—Qué va, está constipado y no quiero que me lo pegue. Suficientes problemas tengo ya en el trabajo como para encima ahora faltar.
—Os quiero, abuelos —digo mirándolos—. Te quiero, viejo —digo mirando a mi abuelo, que me pone una sonrisa de las suyas.
Lía y yo salimos de casa de mis abuelos y volvemos al coche, esta vez conduzco mucho más tranquilo hasta llegar a casa. Lía y yo subimos y me pongo a preparar la comida junto a ella.
—¿Has mirado casas que te gusten? —pregunto a Lía.
—Sí, si quieres cuando comamos te las enseño.
—Me parece bien, ¿hay algún castillo entre la selección? —digo vacilón.
—Y tres mansiones, así te vas a tirar toda la vida pagándome, y cuando no tengas más dinero me lo tendré que cobrar en carne —dice Lía pervertida.
—Pues pienso elegir lo más barato —digo riendo.
—Por eso he elegido lo más caro, de dos millones no baja nada —contesta Lía vacilona.
Trago saliva fuerte. Sé que está de broma pero las cifras en las que se mueve Lía para mirar una casa no son bajas. El móvil vuelve a vibrar, miro la pantalla y vuelve a ser mi madre.
—Dime, mamá, ¿qué pasa ahora? —pregunto.
—Me ha llamado tu abuela otra vez, dice que tu abuelo está muy blanco y que no le responde.
—Voy —digo colgando rápidamente—. Mi abuelo otra vez —digo con urgencia a Lía.
Volvemos como una exhalación al coche y conduzco como alma que lleva el diablo, el tráfico es más denso, así que no puedo correr tanto como me gustaría.
Cojo el desvío en la autopista que lleva a la casa de mis abuelos y mi móvil vuelve a vibrar.
Es mi madre. Cojo la llamada y lo único que me llega a través del altavoz es el sonido de su respiración rota y un sollozo ahogado que me hiela la sangre.
—Ha muerto.
—¡No! —grito rompiendo mis cuerdas vocales, estallando en lágrimas.
—¡Alonso, para! —dice Lía entre lágrimas—, no conduzcas así.
Ignoro sus palabras para seguir conduciendo y llegar lo antes posible.
Llegamos y dejo tirado el coche, paso la ambulancia en la puerta de la casa de mis abuelos y entro en su casa corriendo.
Descubro a mi abuelo sin vida con los dos técnicos de emergencia a su lado consolando a mi abuela.
Ignoro a todo el mundo con mi corazón sumido en la profunda tristeza de perder a alguien amado.
Me coloco a su lado y beso su frente. Le doy en su muerte el beso que no quise darle en vida, un beso que me perseguirá el resto de mi vida como otro fantasma más de los muchos que tengo.
Vuelvo en mí y veo a Lía abrazada a mi abuela, rompiéndose juntas.
Me acerco a ellas y las rodeo a ambas con mis brazos, fundiéndonos en un mar de lágrimas.
No tardan en llegar mis padres y mi hermano Martín con Lola y Nora.
Abrazo a mi madre, roto, yo he perdido un abuelo, pero ella ha perdido a su padre.
Mi hermano entra poco después a la casa y se le humedecen los ojos.
Es el mayor y, por alguna extraña razón, siento que no quiere desmoronarse delante de nosotros porque quiere ser nuestro pilar.
—¿Y las peques? —pregunto mientras Lía abraza a mi madre.
—Están fuera con papá —responde mi hermano con la voz temblorosa.
Necesito salir de esa habitación, necesito aire fresco. Salgo de la casa y me paro en la puerta, intento hacer de tripas corazón y me resisto a seguir llorando para saludar a mis sobrinas. Lía sale, me da la mano y me abraza.
—Estoy aquí contigo, cariño. No hace falta que pases por esto solo, ¿lo sabes, verdad? —me dice con dulzura.
—Lo sé —digo abrazándola y enterrando mi rostro en su pelo.
Tras un largo abrazo que me ayuda a calmarme, por fin me siento preparado para ir a ver a mis sobrinas.
—Vamos —digo cogiendo de la mano a Lía, tirando de ella sutilmente.
Veo cómo, ajenas a lo que ha pasado, Lola y Nora están hablando con mi padre. Me acerco y Lola, al vernos, va directa a abrazar a Lía, Nora, en cambio, corre hacia mí.
—¡Tito! —me saluda Nora emocionada.
—Madre mía, cómo has crecido, ya no puedo llamarte pequeñaja, ahora eres grandullona.
—Tito, ¿por qué no entramos a casa de los abuelos? —dice Lola.
—Porque ahora me apetece estar aquí fuera —digo girándome, para ver que está cogida de la mano de Lía.
—Y porque lo digo yo —dice Leire, la mujer de mi hermano, bajándose del coche.
—Papá —digo acercándome a él—, si quieres entra.
—No, hijo, ya sabes lo que pienso… —dice mi padre seguro de sí mismo.
—Lo sé, mejor llevarnos el último recuerdo de las personas… —bajo la voz—, vivas.
—Exacto.
—Luis —dice Lía, acercándose a mi padre y dándole un abrazo.
—Lía, cielo, no deberías estar aquí —dice mi padre serio—, no debería haberte arrastrado a esto mi hijo.
—No te preocupes, estoy donde debo estar, Luis —dice Lía segura de sí misma.
Lía se acerca a mí, soltando a Lola, y me da un abrazo mientras se acerca a mi oreja.
—No les has dicho que estamos viviendo juntos temporalmente —me susurra Lía.
—No.