Superestrella 76. CAPÍTULO 76
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76. CAPÍTULO 76

—¿Estás preparado? —pregunto nerviosa a Alonso.

—Ni de coña, estoy acojonado, pero a menudo en la vida lo que merece la pena acojona —dice Alonso.

—Vamos a matar tiburones de pega —digo guerrera.

Alonso sale del coche, abre mi puerta y me ayuda a salir como siempre hace. Miro a mis padres, que están esperando en la puerta de casa, mientras veo cómo mi padre pone los ojos en blanco y mi madre sonríe, aprobando la caballerosidad de Alonso. Nos cogemos de la mano y nos acercamos a ellos.

—Hola, papá —digo dándole dos besos.

—Hola, hija —responde él dándome otros dos besos y abrazándome.

—Hola, mamá —digo haciendo lo mismo.

—Hola, cariño —dice, devolviéndome los besos.

—Os presento a Alonso —digo nerviosa y sin preámbulos.

—Encantado, señor Romero —dice Alonso dándole la mano a mi padre.

—Encantado —responde mi padre, falsamente.

—Encantado, señora… Disculpe, Lía no me comentó su apellido, lo siento —dice Alonso educadamente, ofreciendo su mano.

—¡Ay!, quita esa mano y dame dos besos —dice mi madre mientras se acerca a dárselos—, y llámame Luna.

Miro a mi padre para que sea igual de amable con Alonso. Mi padre me mira como si no fuera con él la cosa.

—Yo prefiero señor Romero —dice mi padre mientras se da la vuelta para entrar en la casa.

Veo asomar una sonrisa a Alonso. Me mira y me coge de la mano.

—Vamos dentro, aunque tengamos seguridad nunca se sabe si hay algún paparazzi espiando —dice mi madre con cierto tono de urgencia.

Seguimos a mi madre y llegamos a la mesa donde mi padre ya está sentado.

—Sentaos, por favor —dice mi madre amablemente.

—Muchas gracias, Luna —dice Alonso, poniendo esa sonrisa magnética que cada vez sospecho más sabe que tiene.

—Gracias, mamá —digo sentándome.

—Al final habéis podido hoy, como te propuse —dice mi padre con una sonrisa de suficiencia.

—Era lo que más nos cuadraba por agenda —digo con calma—, como te dije.

—Buenos reflejos, hija —dice mi padre riéndose—, ¿tan complicada es la agenda de Alonso? —dice mi padre, iniciando su ofensiva—. Imagino que eres un gran empresario como para estar tan ocupado —tiende la trampa mi padre.

—Lía me pidió este fin de semana y, por ella, le robo el tiempo al tiempo si hace falta —dice Alonso sin inmutarse—. Me dedico al mundo de los cafés, soy Barista Project Manager —dice Alonso muy serio, viendo la trampa de mi padre.

—¿Qué es eso exactamente? —pregunta mi madre, curiosa.

—Soy encargado en una cafetería de especialidades —dice Alonso en su máxima expresión.

Pasan dos segundos que parecen eternos y mi madre rompe a reír en una carcajada genuina. Será por la tensión que tengo yo también acumulada que rompo a reír con ella, mientras Alonso sonríe y le saca a mi padre una media sonrisa.

—Vamos, que pones cafés por mil euros al mes —dice mi padre, rompiendo el buen rollo de la broma de Alonso.

—Mil trescientos —matiza Alonso.

—Y ¿qué futuro esperas poder darle a mi hija ganando ese dinero?

—Yo no tengo que darle ningún futuro a su hija —dice Alonso, borrando la estúpida sonrisa de mi padre—.

Su hija es capaz totalmente de proveérselo a sí misma, es más, creo que ya lo ha hecho.

Es una mujer preciosa y fuerte, presumo que eso lo sacó de su madre.

Y también es independiente y no hay productor que no la respete como la mujer de negocios que también es, presumo que esta segunda parte la heredó de usted, señor Romero —termina Alonso, dejándome con la boca abierta.

—Alonso… —susurro.

—Eres bueno, chico, pero…

—Disculpe, no había acabado —interrumpe Alonso a mi padre, dejándole ojiplático—, lo que le ofrezco a su hija es lo que soy, no lo que puedo proveer.

Está claro que económicamente hay una diferencia abrumadora entre nosotros, pero al final en una relación, y me parece mentira que esté diciendo yo esto, eso es secundario.

Lo que importa es lo que tiene que ofrecer cada uno como persona —dice Alonso con una seguridad que me ha dejado petrificada—.

Amo a su hija con todo mi ser, aprendo de ella al igual que creo que ella lo hace de mí, y la admiro por encima de todo.

Me parece una mujer impresionante. Sé que seguramente usted piense que no doy la talla para ella, ¡joder!

, y perdone mi lenguaje, pero ni siquiera yo creo que la dé, pero, me pasaré el resto de mis días intentando hacerlo.

Me ha dejado sin aliento. Ha conseguido sin tocarme que me hierva la sangre.

Ahora mismo quiero hacerle mío encima de la mesa o en cualquier lugar.

Ha conseguido dejar a mi padre con la boca cerrada y con educación.

Estoy segura de que mi padre no lo esperaba, no lo esperaba ni yo.

Alonso me ha recordado una vez más el por qué estoy enamorada de él y, después de esto, por cómo veo que mi madre le mira, ha conseguido también su corazón.

—Reconozco que tienes labia, Alonso —dice mi padre con una sonrisa de orgullo—, pero no puedo dejar de preguntarme cómo un hombre como tú, con esa labia, está trabajando en una cafetería.

—La vida, señor Romero —responde Alonso con calma—. Hay mucha gente con potencial trabajando en cosas en las que no se aprovecha ese talento.

—Me ha dicho Luna que tienes un doctorado sobresaliente cum laude en narrativa de videojuegos. Creo que lo tuyo es algo más que no aprovechar tu talento, creo que lo tuyo es miedo, chico. Y no quiero que mi hija esté con un cobarde —suelta mi padre sin piedad.

—¡Papá!, ¿de qué vas? —digo con agresividad a mi padre.

—Julio, discúlpate ahora mismo —exige mi madre.

—Por favor —dice Alonso con calma—. Lía, Luna, el señor Romero no me debe ninguna disculpa. Solo defiende a su hija como cualquier padre haría, y nada menos que en su propia casa.

Alonso me está empezando a poner nerviosa. Cómo puede estar tan tranquilo y darle la razón a mi padre.

—Gracias, chico —dice mi padre, sabiéndose ganador.

—No obstante, ahora que lo menciona, señor Romero, me parece justo contar el por qué de mi trabajo en la cafetería.

—Por favor, ilumínanos —dice mi padre con una sonrisa que reconozco al instante. Él ya lo sabe. Pero ¿cómo?

—Alonso, no hace falta que cuentes nada si te va a incomodar —dice mi madre, intentando calmar los ánimos.

—Verá, señor Romero, es cierto que cuando me saqué el título intenté trabajar en ese mundo, un mundo que me apasionaba.

Digamos que empecé a tener cierta repercusión en las redes gracias a la historia de un videojuego que creé.

En ese momento, joven como era y sin pensar en las consecuencias lo suficiente, creé mi propia empresa de videojuegos, Banshee K.

Interactive, pedí un préstamo bastante grande y, bueno, conseguí que me lo dieran.

La labia, como dice, señor Romero —sonríe Alonso con nostalgia.

—K. Interactive acaba de salir a bolsa, ¿me estás diciendo que eres el dueño? —interrumpe mi padre.

—No. Digamos que me vi obligado a dejarla en otras manos.

—Nuria y los otros influencers —digo, cayendo en la época en la que pasó.

—Sí —dice Alonso, removiéndose en la silla, y por primera vez, nervioso—.

Después de lo que pasó —continúa, girándose para mirarme—, le cedí mi parte a Nuria, ella la vendió y se quedó con el dinero.

Lo que más me duele es que la nueva empresa ha deformado la historia del videojuego que creé y ha perdido la esencia.

Ese es el verdadero por qué de mi trabajo en la cafetería, no es cobardía, señor Romero, es una retirada a tiempo para salvar lo que quedaba de mí.

—Chico, si intentabas no quedar de cobarde lo has conseguido.

Ahora pienso que eres directamente un niño tonto que no sabe cuidar algo que ha creado, algo que quiere.

Resumiendo, que no cuidarás a Lía cuando le haga falta, huirás y dejarás que otro se encargue como…

—mi padre hace una pequeña pausa—, Hugo.

Veo cómo Alonso aprieta los puños al instante, apretándolos hasta que sus nudillos se quedan blancos. Pone una sonrisa forzada y guarda silencio. Me levanto de la silla en un movimiento brusco.

—¡Se acabó! —grito con la potencia que uso para mis conciertos—. Alonso, vámonos.

—Vaya, sí que es verdad que todo lo malo se pega. Quieres huir como él hace —dice mi padre, subiendo aún más la temperatura.

—¡Julio, cállate! Se acabó el espectáculo —dice mi madre, con un aura amenazante que nunca le había visto.

—Yo no soy quien se ha levantado para irse —dice mi padre, levantando las manos como si estuviera desarmado y no hubiera dicho nada del otro mundo.

—Hay veces que es mejor irse a tiempo —dice Alonso con una falsa calma que me pone los pelos de punta, está a punto de explotar—, para no hacer nada de lo que uno pueda arrepentirse luego —dice levantándose de la mesa—. Si me disculpan… —dice marchándose.

—Muy bien, papá. Estarás orgulloso. Si es así como vas a tratar a Alonso, que sepas que no volveré aquí mientras no le pidas disculpas —digo convencida.

—¡Oh!, por favor, Lía. Volverás. Cuando te abandone y te des cuenta de que no es para tanto, volverás a casa y me darás la razón, como siempre.

—Eso no va a pasar, papá —digo con una calma sibilina—, porque lo que tenemos Alonso y yo es amor verdadero —digo marchándome también.

—Lía, espera —dice mi madre desesperada—, ni siquiera hemos empezado a comer —dice alcanzándome—. Por favor, quedaos a comer. Tu padre no dirá una sola palabra más, te lo prometo, hija.

—No, mamá. No puede soltar lo que ha dicho sin inmutarse. Alonso se ha abierto con vosotros porque me ama, ¿no te das cuenta? —digo con lágrimas en los ojos—. Sabes lo que ha tenido que costarle hablar de algo que casi le cuesta la salud mental y su vida…

—Hija…

—Mamá, ni siquiera me había contado a mí esa historia al completo. Me la ha contado a cuentagotas y, cuando por fin lo hace, papá le insulta.

—¿No te das cuenta, hija, de que a tu padre le ha gustado Alonso?

—dice mi madre con los ojos humedecidos—.

Seguro que has notado sus sonrisas orgullosas y cómo ha sido más agresivo que de costumbre.

Eso solo lo hace con la única persona que respeta de verdad —mi madre coge aire para poder seguir—, contigo. Ha tratado a Alonso como a un igual…

—Mamá, deja de defender a papá. Se ha pasado de la raya. No esperéis que vuelva hasta que se disculpe —digo abriendo la puerta para salir de la casa.

Alonso ya me espera en el coche. Monto rápidamente y cierro la puerta con fuerza.

—Lo siento, Alonso… —digo limpiando las lágrimas de mis ojos.

—No te preocupes, mi niña —dice él mirándome—. Tengo un puto hambre que flipas —dice Alonso con rabia.

—Es la segunda vez que les dejo la comida sin tocar… Yo también tengo hambre.

—¿A dónde? —pregunta Alonso sin más.

—A donde quieras menos aquí… Y, Alonso…

—Dime.

—Písale.