Superestrella 75. CAPÍTULO 75
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75. CAPÍTULO 75

Cojo el móvil y me meto en redes. Lo primero que veo aparecer es una foto borrosa de mí con el hashtag #NovioMisterioso. Bloqueo el teléfono, voy a la cocina y preparo el desayuno.

—Me parece mentira que haya tenido que pasar esto para que me traigas a tu casa —dice Lía sonriendo.

—Ojalá hubiera sido en mejores circunstancias —contesto preocupado.

—La verdad es que me podría acostumbrar a esto de vivir juntos —dice Lía vulnerable.

—Y yo, aunque me robes toda la ropa —digo sonriendo—, la verdad es que me encanta verte en el sofá componiendo en tu cuaderno mientras sacas la lengua, concentrada —digo con dulzura.

—Quizás cuando pase todo esto… —deja caer Lía.

—No lo sé —digo agobiado.

—Lo siento, no debería habértelo dicho y menos en medio de esta tormenta.

—No te preocupes, Lianta. Es duro, la verdad, mucha gente en el curro me ha dicho que se parece a mí el de la foto y Marcos me trata bastante peor que de costumbre, pero estos cuatro días en mi casa juntos no los cambiaba por nada del mundo.

—Te entiendo, yo me siento un poco como una princesa encerrada en una alta torre que no puede salir por el dragón. Lo único bueno es que mi príncipe azul está para mojar pan y me lo beneficio cada noche —dice divertida.

—Sin duda eso es lo mejor de volver del trabajo, que se aprovechen de mí cuando llego a casa —digo riendo—, ¿qué te ha dicho Violeta?

—Dice que gracias a que reaccioné rápido no tienen nada más que esa foto. Va a vender todas mis propiedades y a comprar algunas nuevas —dice Lía, como si las casas fueran productos del súper.

—Por eso me lo has comentado, ¿verdad? —digo soltando un suspiro.

—Sí —dice Lía sonrojándose—, la cosa va a ir a mucho más, Alonso. Las nuevas casas que va a comprar Violeta tienen una seguridad bastante mejor que la de las anteriores…

—Eso es precisamente lo que me agobia, Lía, que esto está yendo muy rápido. Estamos hablando estas cosas a consecuencia de algo que nos está empujando a hacerlo, no porque realmente queramos hacerlo…

—Si no quieres, puedes decir que no. No te voy a obligar —dice Lía con tristeza, yéndose de la cocina para sentarse con su taza de té en el sofá.

—No es eso —digo siguiéndola—. Solo me pregunto si queremos hacerlo por los motivos correctos.

—Qué motivo más correcto puede haber que el amor que nos tenemos —dice Lía convencida.

—Está bien —cedo—, si es por eso, solo te pongo dos condiciones —digo seriamente—, la compramos juntos, la vamos a ver y tal y, aunque la pagues a toca teja, la mitad de la casa te la voy a pagar como si fuera una hipoteca.

—Señorito Saavedra, ¿tenemos un trato? —dice Lía juguetona.

—No lo sé, señorita Romero —digo sonriendo.

—Los tratos así solo se pueden cerrar de una manera —dice Lía, levantándose del sofá y quitándose mi camiseta para quedarse completamente desnuda, a excepción de un diminuto hilo que tapa escasamente su sexo.

—Tengo que ir a currar —digo besándola—, llego tarde seguro si cerramos el trato ahora —digo, haciendo gala de todo mi autocontrol—, tápate, por favor —suplico.

—Está bien, pero no te libras de la firma del contrato —dice juguetona.

Sonrío y me empiezo a preparar para ir al trabajo.

La verdad es que desde que ha salido la foto no me siento cómodo andando por la calle ni en el barrio.

En el curro muchos clientes me miran más de lo normal, Lidia intenta ayudarme para que no me raye pero ni siquiera ella está normal, el único que consigue quitarme de vez en cuando los fantasmas de mi cabeza es Enrique.

Tengo la extraña sensación de que la mecha se ha encendido y está todo a punto de explotar, y si hay algo que nunca me falla es la intuición.

Quizás también esté nervioso porque en un par de días es la cena con los padres de Lía y, por lo que me ha contado de su padre, voy a tener que desvelar partes de mí que ni siquiera ella conoce.

Termino de prepararme y abro la puerta de casa.

—¿No te querrás ir sin darme un beso? —dice Lía echándome la bronca.

—Me has pillado. Como empiece con uno no paro hasta recorrerte el cuerpo entero —digo dándole un beso suave.

—No lo hagas —dice pasando su mano por mi pecho.

—Me voy, que llego tarde —digo separándome de ella—, solo me quieres por mi cuerpo —digo, soltando una carcajada y dando un golpe de cabeza al aire de falsa indignación.

Dejo a Lía riendo mientras cierro la puerta y salgo volado hacia la moto para ir al trabajo. Cada vez me cuesta más dejarla ahí, quizás sí es momento de cambiar del todo y volver a… ¡Qué tontería! Te prometiste no volver a eso.