Superestrella 74. CAPÍTULO 74
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74. CAPÍTULO 74

Eso ha sido impresionante, aún tengo los latidos acelerados cuando entra la camarera y, sin inmutarse porque estoy encima de Alonso, deja otros dos platos sin retirar los anteriores.

La vergüenza y el pudor se apoderan de pronto de mí.

Golpeo a Alonso en el pecho cuando me giro hacia él y noto que se está riendo.

—No te rías, al final has conseguido lo que buscabas desde el principio —digo, echándole la bronca quitándome de encima.

—Claro, porque… —Alonso cambia la voz a una súper aguda para imitarme—, "No llevo bragas" —dice y, recuperando su voz, continúa—, es claramente la actitud de una mujer que no quiere que pase lo que acaba de pasar.

—Te equivocas —digo disimulando—, soy una mujer preparada, nada más —digo, sonriendo todo lo falsa que puedo.

—Lianta… —dice Alonso, dándome un beso.

—Vamos a terminar de cenar y, si quieres, podemos continuar en mi casa —digo juguetona.

—Pues fíjate que yo estoy lleno —dice Alonso vacilón.

—Vamos a acabar de cenar —insisto. Tengo preparada una sorpresa para él y aún no me la han traído, tengo que hacer tiempo.

—Bueno, vale —dice, sentándose de nuevo en su silla—, ¿qué tal tu día hoy? —pregunta como si nada.

—Pues muy bien, he grabado ya dos canciones más y estoy escribiendo alguna más —digo entusiasmada.

—¿Puedo oírlas? —pregunta inocente.

—No, que los dos sabemos lo que pasa siempre después de que te cante algo —digo riendo.

—Tenía que intentarlo —dice Alonso, soltando una carcajada.

—¿Y tu día qué tal? —pregunto, aunque en realidad no es eso exactamente lo que quiero preguntarle.

—Con Lidia bien. Entre Jenry y yo hemos conseguido que vaya entrando en razón. No te preocupes, mi corazón es solo tuyo, Lía —dice Alonso con una sonrisa.

—Odio que sepas leer mis pensamientos —digo vulnerable.

—Es lo que tiene cuando conectas con alguien a un nivel tan profundo como lo hemos hecho nosotros —dice Alonso, como si soltar algo tan profundo fuera su pan de cada día—, con una mirada nos entendemos, además no hay que ser tampoco un genio para saber que en realidad me preguntabas por ella —dice, soltando una carcajada.

—Tonto… Te quiero solo para mí, pero no quiero que pienses que soy ese tipo de tóxica —digo preocupada.

Aparece de nuevo la camarera y trae otro plato con una sonrisa.

—Este es el último plato del menú, ¿van a querer algo más aparte? —nos dice educadamente.

—No —digo rápidamente—, nos has atendido muy bien, muchas gracias. Trae la cuenta cuando puedas, voy a pagar con tarjeta, por favor.

—Muy bien —dice la chica mientras se gira y se marcha.

Preparo el móvil para cuando vuelva con el datáfono y cojo el mini bolso que me he traído, en el que apenas entran el teléfono y la cartera. La camarera no tarda en aparecer con la cuenta, el datáfono y un pequeño paquete del tamaño de un libro de bolsillo.

—Aquí tiene la cuenta —dice mientras deja el datáfono en la mesa y me entrega el paquete—, son noveci…

—No hace falta que digas lo que es —digo rápidamente, antes de que Alonso pueda escuchar nada y le dé un ataque.

Pago con el móvil y le entrego un billete de cincuenta a la chica.

—Señorita Romero, no nos dejan aceptar propinas —dice la camarera, rechazando educadamente el dinero.

—Cielo, esto te lo doy porque has sido muy agradable y por tu discreción —digo, guiñándole un ojo.

—Gracias —dice ella, sonriendo de oreja a oreja—. ¿Puedo pedirle una cosa más, señorita Romero? —dice vergonzosa.

—Claro que sí, dime.

—¿Sería mucho pedirle un autógrafo? No nos dejan tampoco, pero es que soy muy fan…

—Claro que sí —digo sonriendo cálidamente—, dónde lo quieres, y no te preocupes, será nuestro secreto.

La chica saca un pequeño cuaderno que imagino que es donde apunta los pedidos y me ofrece un bolígrafo.

—¿Cómo te llamas, cariño? —digo genuinamente interesada.

—Marga.

Escribo en el cuaderno “Para Marga con muchísimo cariño, que nada apague tu superestrella. Lía”.

—Me encanta —dice emocionada—. Por favor, cuando salgáis no volváis por donde os ha traído el maître , continuad hasta que veáis una puerta, ahí os está esperando ya el coche —dice sonriendo y marchándose.

Miro a Alonso y veo cómo me mira como un idiota embobado.

—¿Qué pasa? —pregunto sonriendo.

—Nada, que me encanta cómo eres con la gente, eres tan cercana…

—Puede que yo tenga el talento pero, sin los fans, no soy nada. Gracias a ellos puedo pagar estas cenas.

—De novecientos eurazos, sí —dice Alonso tragando saliva—, es casi mi sueldo.

—Te he dicho cuando me has recogido que esto es la otra parte que te puedo ofrecer.

—¿Y qué es lo que te ha entregado? —pregunta curioso—. ¿Un táper por si quieres repetir? —dice divertido.

—Qué va, tonto —digo con una carcajada—, es un detalle que tengo para ti.

—¿Para mí? Lianta, se te ha ido la cabeza. Normalmente suele ser al revés la cosa, la del cumple recibe los regalos, no los hace.

—Bueno, como tu cumple ya ha sido y no lo pudimos celebrar juntos, este es mi regalo —digo, buscando la primera excusa que se me ocurre.

—Está bien —dice él, recogiendo el paquete de la mesa y abriéndolo.

Espero pacientemente mientras abre el regalo y descubre lo que es. Cuando por fin lo ve, noto cómo su mirada se humece. Mi corazón se llena de ternura.

—¿Te gusta? —pregunto con emoción contenida.

—Me flipa, Lianta —dice Alonso recuperándose—. ¿Quién hizo la foto?

—La hizo Oli cuando te canté "Sin Buscarte" por primera vez en el concierto —digo con dulzura.

—Es el mejor regalo que me han hecho en toda mi vida.

—Vámonos a casa —digo feliz.

El camino de vuelta a casa se hace más largo y tranquilo. Alonso conduce con calma, cogiendo mi mano cada vez que no tiene que cambiar de marcha. Llegamos a mi piso y aparca en el primer sitio que ve. No está muy lejos del portal. Baja del coche y vuelve a rodearlo para abrirme la puerta.

—Señorita —dice Alonso, caballeroso, ofreciéndome su mano para salir.

—Señorito —respondo, aceptando su ayuda.

Alonso cierra el coche cuando salgo y andamos hacia el portal en silencio. Sin pensarlo, involuntariamente, nos cogemos de la mano.

—No deberíamos —digo sonrojándome.

—Lo último que me dijiste es que esto era un sitio seguro. Por qué no cerrar la noche con algo tan simple como acompañar de la mano a la mujer a la que amo —dice Alonso, desarmándome.

—Parece más tu cumpleaños que el mío —digo, sujetando con fuerza su mano—, llevas saliéndote con la tuya toda la noche —digo riendo.

—No sé de qué estás hablando —dice mientras llegamos al portal.

—No sé si deberías subir —digo vacilona, abriendo la puerta.

—Es solo para tomar un café —responde él, igual de vacilón.

—Eres tontísimo —digo con una carcajada, cuando un fogonazo me deslumbra.

Me giro bruscamente hacia la dirección de donde ha venido el destello. Me deslumbran dos más. En un movimiento ágil y desesperado, empujo a Alonso dentro del portal, tirándole al suelo.

—¡Pero qué cojones! —grita al caer.

—Corre, levanta —grito con urgencia.

Alonso, con una agilidad casi sobrehumana, se levanta y me sigue por las escaleras hasta que llegamos a la puerta de casa. Abro rápidamente y entramos como una exhalación.

—Ya estamos a salvo —digo aún con la respiración agitada.