72. CAPÍTULO 72
—Sí, ¿te gusta?, me ha costado un huevo elegirlo —dice ajeno a mis pensamientos.
El corazón me va a explotar, si sigue así Alonso sería capaz de escuchar mis latidos.
Me está pidiendo que me case con él y se queda tan pancho.
¿Y yo qué digo? Quiero decir que sí pero apenas llevamos unos meses juntos.
Desde luego Alonso me ha sorprendido, pensaba que no estaría preparado para dar un paso así, las dudas empiezan a azotar mi cabeza hasta que, en un momento de claridad, mi mente me da la calma necesaria como para darme cuenta de que en realidad no me lo ha preguntado.
—Alonso —digo tragando saliva, con un hilo de voz—, ¿qué quieres decirme con esto?
—¿Qué quiero decirte? —Alonso se queda callado y abre mucho los ojos—, no, no, no, no es eso, hostia, perdona. Con razón te has quedado blanca. No, no, o sea sí, es un anillo pero llevo yo uno a juego, mira —dice sacando de su bolsillo otra caja similar y abriéndola.
La decepción recorre mi cuerpo más profundamente que el alivio.
Sería ir demasiado rápido pero, por mucho que diga Olivia o incluso Violeta, cuando una está enamorada de verdad se siente como una princesa de Disney, capaz de perder el juicio y casarse con el príncipe azul que conoce desde hace unos días o, en mi caso, seis meses escasos.
—Ah, vale… —digo luchando con todas mis emociones.
—¿Te gusta? —pregunta Alonso preocupado.
—Sí, claro, cómo no me va a gustar. Me encanta, es precioso —digo con mi mejor sonrisa.
—Pues espero que te guste el otro regalo… Es algo más… Cómo decirlo… Complicado.
—Me intrigas —digo pícaramente—, ¿es de los regalos que acaban en sudor y sonrisas? —digo volviendo en mí.
—No, es de los que acaban en besos de trescientos sesenta grados —dice con esa sonrisa que me desarma desde el primer día.
Alonso rebusca en la bolsa que está en el respaldo de la silla y saca otra cajita un poco más amplia, arrastrándola de nuevo por la mesa hasta llegar a mí.
—No será otro anillo —digo de broma, aunque extrañamente dolida.
—No, tranquila, menudo microinfarto —dice riendo con nerviosismo.
Abro con entusiasmo la caja y veo un colgante algo raro pero extrañamente bonito y familiar.
—Es precioso —digo sin de dejar de mirarlo.
—Tengo que explicártelo, creo que así quizás te guste un poquito más —dice Alonso sonriendo—, es un collar en código morse. Cada puntito y línea que ves forman una letra.
—¿Y qué pone? —pregunta intuyéndolo.
—Pues verás, sé que ya llevamos un tatuaje con una promesa y me flipa, pero no deja de ser una promesa que nos hacemos mutuamente nada más…
Normalmente en las parejas de simples mortales el chico suele regalarle un colgante con su inicial a la chica, a modo de posesión.
No me malinterpretes, no es en plan eres mía y de nadie más.
Este colgante para mí significa que soy tuyo.
Como no podemos, por razones obvias, hacer algo así, pues se me ha ocurrido ser más descarado aún, pero con un código secreto y a la vez conocido.
En fin, que en el colgante pone “Alonso” —dice mirando avergonzado a otro sitio, incapaz de mirarme a los ojos.
Vuelvo a mirar el colgante pero, tal y como él suponía, ahora lo hago con otros ojos.
Estoy sin aliento, toco con las yemas de mis dedos el colgante recorriendo cada punto y línea de su nombre.
Es por eso que si me lo pidiera ahora mismo habría aceptado.
Nunca me había sentido tan querida como con él.
No es un amor tóxico, no es un amor pasajero, es el amor que nos prometimos en esa canción que queda cada vez más lejos, es el amor de elegirnos todos los días.
—¿Te pongo el anillo y el colgante? —dice Alonso rompiendo el silencio en el que, sin querer, nos he sumido.
—Mientras no te arrodilles —digo riéndome—, o sí, si es lo que quieres —digo haciéndole tragar muy fuerte.
Alonso se inclina en la mesa y me pone el anillo con delicadeza, acto seguido se levanta y yo hago lo mismo.
Coge el colgante de la mesa. Aparta mi pelo rozando con sus dedos mi cuello indefenso, un escalofrío recorre al instante todo mi cuerpo mientras mi instinto guía mi mirada hacia el sofá.
Pasa una mano por encima de mi cabeza con un extremo del colgante.
Con cierta torpeza intenta abrocharlo. Por fin lo hace y deja libre su peso en mi cuello.
Me sorprendo cuando sus labios contactan con mi cuello traidor, que está a punto de hacerme perder la razón.
—Deberíamos volver a sentarnos —digo con un carraspeo forzado, intentando controlarme.
—¿Deberíamos? —susurra en mi oído.
—Deberíamos —repito derritiéndome, sintiendo su aliento en mi cuello.
—O quizás… —dice con la voz magnética que sabe que me hace perder el control.
Reúno todas las fuerzas que tengo y me coloco el pelo en un movimiento rápido, cortando el rollo de sopetón golpeando su cara.
—No, quizás no —digo recuperada—. Comemos y luego en mi casa, si te sigues portando bien, puede que todos los puntos que estás reuniendo esta noche se conviertan en premio —digo guiñándole un ojo pícaro.