71. CAPÍTULO 71
Mis ojos recorren la silueta de Lía cuando aparece por la puerta, me quedo encandilado con el vestido negro largo de verano con una raja que le llega hasta la rodilla, y un escote que hace que mi deseo se acreciente por momentos.
Lleva un cinturón que parece que mantiene el vestido pegado a ella.
Según se acerca a mí, noto cómo se mece la tela con el viento, como si fuera un trocito de vapor de agua que tapa todo lo que anhelo de ella.
—Estás… Preciosa —digo aún estudiándola.
—Tú estás también muy guapo —me contesta ella, recorriendo la distancia que nos separa.
—Es nuevo, ¿te gusta? —digo dando una vuelta sobre mí mismo.
—Me encanta. Es una pena que solo te vaya a servir para la cena —dice Lía con deseo.
—Por favor, no soy un trozo de carne —digo riendo.
—Tonto —dice Lía mientras se acerca a besarme.
—Tonta —digo cuando nos separamos.
—Te paso la ubicación al móvil y vamos. Puedes ir tranquilo, esta noche nadie nos va a molestar, te lo prometo.
—Pues monte en su carruaje señorita—digo abriendo la puerta del coche.
Rodeo rápidamente el coche y voy hasta el lado del conductor cuando me parece ver un fogonazo de luz. Levanto la mirada y miro al cielo, hay alguna nube, espero que no llueva hoy. Abro la puerta y subo al coche.
—¿Coche nuevo? —pregunta Lía curiosa.
—Qué va, me lo ha prestado Jorge —digo con una sonrisa pícara.
—Lo sé, te ha dejado mi coche —dice sonriendo.
—Pues es una pena que no lo conduzcas más, porque menudo carro —digo acelerando para subir las revoluciones del coche.
—Esta noche disfruta, porque esto es la otra parte que te puedo ofrecer —dice Lía vulnerable.
—A mí me vale solo contigo —digo metiendo primera y arrancando, pegándonos al asiento del coche.
Conduzco disfrutando del coche pero con cabeza.
Miro a Lía, que parece que se lo está pasando bien, tomo una instantánea de su sonrisa en mi mente y me concentro en la carretera.
Disfruto sacándole partido al coche en cada curva y en cada acelerón hasta que llegamos en un abrir y cerrar de ojos al restaurante.
—Vamos, Fernando… Alonso —dice Lía riendo.
—Luego soy yo el que suelta las paridas —digo riendo con ella.
—Espera un momento en el coche —digo bajando a toda prisa.
Corro alrededor y voy hasta la puerta del acompañante, abro la puerta y ofrezco mi mano a Lía.
—Princesa —digo guiñándole un ojo.
—Hoy estás que te sales —dice con una sonrisa pícara, cogiendo mi mano para salir del coche.
—Es que soy feliz —digo sin más—, espera que tengo que coger tu regalo —digo misterioso.
—Alonso, no hacía falta… —dice Lía sobrecogida.
—Claro que sí, es el cumple de mi chica. Qué novio decente no le habría comprado algo a su novia, estás loca, Lianta —digo negando con la cabeza.
—Te quiero —dice mirándome a los ojos y ofreciéndome su mano para ir juntos al interior del restaurante.
—Lo sé, es imposible no hacerlo —digo vacilón mientras la alcanzo y tomo su mano.
Andamos hasta el interior del restaurante y es súper curioso, tiene cortinas que no dejan ver las mesas ni desde donde está el maître .
—Buenas noches, ¿tenían reserva?
—Buenas noches, sí, mesa para dos, Lía Romero.
—Sala veintisiete —dice el maître tranquilamente—, acompáñenme, por favor.
—Lía, ¿y si llaman a la prensa? —susurro a su oído, nervioso.
—Tranquilo, mi amor, firman un acuerdo de confidencialidad.
Seguimos al maître y, según abre la cortina de la derecha, empiezo a entender por qué ha elegido este restaurante y no otro.
A nuestra izquierda, cada varios metros, hay otras cortinas que imagino que dan a las mesas donde otros comensales estarán.
Avanzamos con rapidez tras el maître , que finalmente llega a una sala donde aparece el número veintisiete en la columna desde donde sale la mitad de la cortina.
El maître abre la cortina y aparece una sala con una mesa para dos, un sofá con una mesa baja al fondo y una puerta en un lateral.
—Para asegurarnos de que tienen una velada totalmente privada, todas las salas tienen un baño privado, es esa puerta del lateral.
Acomódense, por favor, y dentro de cinco minutos vendrán a traerles la comida que ya han pedido en la reserva.
Si necesitan algo, por favor pulsen el botón que hay en la mesa y con la mayor celeridad posible alguien aparecerá para atender su solicitud.
—Muchas gracias —dice Lía sonriendo y pasando a la sala.
—Gracias —digo imitando a Lía.
El maître cierra las cortinas y nos deja a solas.
—Ese sofá parece muy cómodo —digo con perversión.
—A la mesa, antes de que hagamos algo que no deberíamos —dice Lía sonriendo.
—Vale, mamá —digo yendo a la mesa y sentándome.
—Bueno, ¿cuándo me vas a dar los regalos? —dice impaciente, mirando la bolsa que he dejado colgada en el respaldo de la silla.
—Primero la cena, no sea que te gusten tanto que quieras ir primero al sofá —digo vacilón.
—Eres una malísima persona —dice riendo Lía.
—Has empezado tú, Lianta.
De pronto aparece una camarera y deja dos platos en la mesa. Me quedo mirando la comida que hay dentro del plato y alterno miradas entre Lía y este último.
—¿Tú quieres matarme de hambre? ¿Pero qué es esto? Si esto me lo he comido de un bocado —digo riendo.
—Lo bueno viene en frascos pequeños —dice Lía sonriendo—, no te preocupes, al final te llenas, son muchos platos con poca cantidad.
—Menú degustación, o lo que es lo mismo, un riñón y medio.
—Calla y come —dice Lía negando con la cabeza.
—Pues si pretendes que me calle comiendo, ya pueden traer el resto de platos, porque con este aperitivo no tengo ni para empezar —digo mirándola divertido.
Comemos unos cuantos platos más hablando y riendo, mientras mi cabeza no para de pensar en cómo darle su regalo y si le gustará, o se lo doy ya o me voy a morir de los nervios. Me armo de valor y finalmente me decido.
—Bueno, creo que es el momento del regalo —digo sacando una cajita de mi bolsillo y arrastrándola por la mesa hasta que llega a su alcance.
Lía se queda blanca y no reacciona, hasta que veo cómo lentamente mueve sus manos para alcanzar la cajita y empezar a abrirla.
—Esto es… Lo que creo que es… —dice mientras con un movimiento lento va abriendo la caja hasta que se descubre completamente lo que hay en su interior— sí, lo es, es un anillo…