Superestrella 69. CAPÍTULO 69
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69. CAPÍTULO 69

—Ya estoy llegando, mamá, ahora te veo —digo colgando el teléfono mientras Jorge se acerca a la calle donde viven mis padres.

—¿Nerviosa? —pregunta Jorge.

—Estoy acojonada, pero si he podido con todos los productores que se creían que era una cara bonita, me puedo enfrentar a mi padre —digo con confianza mientras miro por la ventana.

—El tío no es como esos productores y lo sabes —dice Jorge, inquietándome.

—Gracias por los ánimos, primo, eres inigualable —digo con sarcasmo.

—Pues prepárate, porque acabamos de llegar a Villa Romero —dice mientras gira y aparece la casa de mis padres frente al coche.

Los nervios me revuelven el estómago, pero tengo que ser valiente, por nosotros.

Jorge para el coche frente a las puertas y espera a que se abran.

Cuanto más nos acercamos, más atacada estoy.

Miro la maneta de la puerta del coche y el deseo de tirar de ella y huir empieza a convertirse en una opción muy viable.

Jorge vuelve a arrancar y esa posibilidad se desvanece.

Finalmente, para el coche en la puerta principal de la casa de mis padres, donde están ellos parados esperando a que me baje.

Cojo aire y lo suelto como en los conciertos, y salgo del coche.

—Hola, mamá —me acerco a ella y le doy dos besos y un abrazo largo—. Hola, papá —hago lo mismo con él.

—Hola, hija. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos en persona —dice mi padre, severo.

—Tu hija está muy ocupada con el nuevo disco —sale mi madre en mi defensa.

—Y en lo que no es el nuevo disco —dice mi padre tirando la primera, apenas ha aguantado quince segundos.

—¡Julio!, vamos dentro. Jorge, ¿tú también vienes? —pregunta mi madre.

—Qué va, tía, hoy prefiero mantenerme al margen —dice Jorge sonriendo.

—Traidor —susurro, mirando a Jorge para que me lea bien los labios.

—Vamos dentro, sí, tenemos mucho de lo que hablar —dice mi padre, usando su mano para indicar que vayamos primero mi madre y yo, o quizás para asegurarse de que así no pueda huir.

—Vale, al grano —digo echándole valor, cruzando el rellano y sentándome en la mesa—. ¿De qué debemos hablar? —digo, rezando inútilmente para que no sea nada relacionado con Alonso.

—¿A ti te parece normal que tus padres se enteren de que tienes novio por la prensa? —dice mi padre, indignado.

—En mi defensa diré que mamá ya lo sabía —digo sonriendo, inocente.

—Ah, muy bien —dice mi padre, mirando a mi madre—. ¿Por qué me lo habéis ocultado, Luna? —dice mirando a mi madre.

—Precisamente por esto, papá —digo como si fuera una obviedad—, por cómo te ibas a poner y te has puesto.

—Yo solo quiero protegerte, no le des la vuelta y hagas que parezca el malo —dice mi padre, dolido.

—Julio, reconoce que cuando tu hija se echa novio, no eres el mejor de los suegros —dice mi madre tranquilamente.

—Si los tíos con los que sale no dan la talla, es mi deber hacérselo saber —dice dignamente—. Un momento, ¿no será el tío de la foto de la discoteca?

Puto Jorge, qué bien me vendría que estuviera aquí y qué bien se estaría en el coche ahora mismo, yendo a cualquier otro sitio que no fuera esta casa.

—¿O me vas a dar una sorpresa y es Juan Castillo?, en ese beso saltaron chispas —dice mi padre, contento.

—¿En serio, papá?, ¿Juan Castillo? Ese, ese… ¡Ah!, con ese jamás —digo con un asco que nace desde lo más profundo de mi ser.

—Julio, es el chico de la discoteca, pero no te aceleres, deja que la niña hable.

—Lo sabía, otro aprovechado, un muerto de hambre seguro. Lía, ¿cuándo vas a dejar ya esos proyectos de caridad? —dice mi padre como si estuviera muy por encima de Alonso.

—Lía, tranquila, respira —dice mi madre cuando ve mi cara, sabe sin duda que estoy a punto de explotar—. Julio, ¿quieres dejar hablar a tu hija, por favor?

—Luna, eres demasiado blanda con tu hija. Ella merece mucho más que un muerto de hambre. El único que me convencía era Hugo, que era de buena familia —dice mi padre como si nada.

—¡Hugo! —grito, indignada.

—¡Lía! —grita mi madre, levantándose de sopetón de la mesa—. Respira, hija, sabes cómo es tu padre. Cálmate y explícaselo como hiciste conmigo.

—Alonso es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Trabaja en una cafetería, ¿y qué? Me quiere de verdad.

Él me ve más allá de la fama y del dinero.

Alonso es el único que ha conseguido que sienta que me quiere por ser Lía a secas, sin apellido y sin fama.

Y, por cierto, el de buena familia me engañó con otra, se la follaba en la misma casa donde íbamos a irnos a vivir juntos.

—¡Lía, cuida el lenguaje! —grita mi madre.

—¡No, mamá! Tengo casi veintiséis años y ya soy mayorcita, no necesito vuestro consentimiento para salir con quien quiero, y ya os digo que a Alonso le amo de verdad. Como dije en la radio, es el primero que realmente me ha enseñado lo que es el amor.

—Si crees que va a dar la talla, tráetelo a la siguiente comida familiar —dice mi padre con una sonrisa de haber ganado.

Y de pronto caigo, es lo que él quería. Me he dejado llevar y ahora estoy en un callejón sin salida, si le digo que no, va a parecer que me avergüenzo de Alonso, y si digo que sí, se lo dejo en bandeja de plata a mi padre.

Como digna hija suya, recuerdo lo que siempre dice cuando su equipo juega, la mejor defensa es un buen ataque. Así que eso hago.

—Quizás quien no da la talla para él seas tú, y tengo miedo de que se decepcione cuando te conozca. Un padre que viene del mismo sitio que él, pero que se ha acostumbrado demasiado rápido a la buena vida —digo sin piedad.

—Lía —dice mi madre con una sonrisa orgullosa—, no te pases con tu padre —continúa, intentando disimular.

—Cariño —dice mi padre con otra sonrisa orgullosa—, no se te olvide quién te enseñó a jugar este juego —dice sin borrar esa nueva sonrisa de suficiencia—. Muy bien jugado, pero soy tu padre, conozco todos tus movimientos. ¿Vas a traerle o no? —insiste, sabiendo que me tiene donde quería.

—No tenemos miedo. ¿Cuándo y dónde? —digo tirando de toda la valentía y chulería que tengo.

—¿Qué te parece el próximo fin de semana, el sábado?

—No, el fin de semana que viene es mi cumpleaños y lo voy a celebrar con él, solos —digo con firmeza, sabiendo que no hay que aceptar nunca la primera propuesta cuando estás negociando.

—Está bien, el siguiente entonces —insiste mi padre.

—Yo te aviso cuando nos viene bien a los dos por agenda —le tengo, ahora soy yo quien pone las reglas.

Cojo mis cosas, me levanto de la mesa y me dirijo a la puerta para dar por finalizada la comida que no hemos tocado. El instinto me dice que me gire antes de cerrar la puerta y eso hago. Cuando miro a mi padre, sigue teniendo esa estúpida sonrisa de quien ha conseguido lo que quería. Pero ¿por qué?