Superestrella 68. CAPÍTULO 68
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68. CAPÍTULO 68

Me visto a toda prisa, espero haber hecho el pedido bien, con las prisas no lo he repasado tanto como me gusta hacerlo. Salgo caminando lo más rápido que puedo e intento no cruzarme con Lidia. En ese momento entra Enrique por la puerta.

—Ey, ¿qué pasa, tú? —saluda Enrique.

—Buf, mejor que te cuente Lidia y ya, si te quedan dudas, te cuento yo. Me voy corriendo que tengo a mi superestrella esperando —digo, bajando la voz en la última parte.

—Vale —dice Enrique, chocando el puño a modo de despedida.

Por fin salgo por la puerta y veo a Lía al otro lado de la calle. Está esperando al lado de mi coche. Cruzo la calle abriendo el coche para que ella pueda meterse mientras llego yo. Abro la puerta y me meto. Hace un calor de locos en el coche o quizás soy yo, que me estoy agobiando.

—¿A dónde quieres ir? —digo sin mirarla apenas.

—Al refugio —contesta ella, mirando por la ventanilla.

Arranco el coche y me dirijo hacia nuestro refugio.

El camino se está haciendo largo, normalmente los silencios no me resultan incómodos con Lía, pero este me está matando.

No sé qué decir, así que, como me ha enseñado siempre mi padre, si no puedes decir nada que sea más valioso que el silencio, mejor cállate.

Lía baja la ventanilla y se quita las gafas de sol, dejando algunos mechones de pelo sueltos por su rostro.

Hace cada vez más calor en el coche, así que bajo mi ventanilla también para ver si quizás el aire fresco me ayuda a pensar con más claridad.

¿Qué estará pensando ella? Parece tranquila, a lo mejor me estoy rayando por nada y en realidad Lidia no ha reconocido a Lía y lo único que han hecho es hablar de cafés y recomendaciones.

Por fin llegamos al parking de nuestro parque, aparco y apago el coche.

Lía se baja sin decir nada y se dirige hacia nuestro banco sin esperarme.

Tiene que tener un cabreo del quince, ahora mismo no sé si ha sido buena idea venir a un sitio donde no haya testigos…

Me bajo del coche y ando hacia el banco.

Cuando llego la miro y me siento junto a ella.

—¿Qué es Lidia para ti? —pregunta Lía sin más.

Joder, habría preferido quedarnos en silencio…

—Lidia es mi mejor amiga —digo mirándola.

—No estoy segura de que ella te quiera de la misma manera —dice Lía sin mirarme.

—Lía, solo me quiere como a un amigo.

—No lo parecía ni cuando habéis salido juntos del almacén, ni cuando he hablado con ella —dice Lía, apretando el banco con las manos.

—Llevamos mucho tiempo conociéndonos, su interés por mí no es romántico. Además, yo te quiero a ti, no hay ninguna otra que me haya hecho sentir como tú —digo con dulzura, buscando su mirada esquiva.

—No sé si puedo confiar…

—Pues vas a tener que hacerlo, Lía, igual que yo lo hice con el asunto de Juan —digo algo dolido.

—Pensaba que eso ya lo habíamos dejado atrás —dice Lía, girándose para mirarme por primera vez desde la cafetería.

—Que confíe en ti no quiere decir que no duela aún —digo sonriendo y acariciando su mejilla.

—Lidia te quiere de verdad —dice Lía, cogiendo la mano con la que la acaricio.

—Lo sé, igual que tú me quieres.

—Tengo miedo de que la quieras como algo más, sé que no podría competir contra ella —dice Lía, bajando la mirada.

—Lía, esto no es ninguna competición, y mi corazón solo tiene latidos para una persona, y esa persona eres tú —digo acercándome peligrosamente a sus labios—, no me creo todavía que Lía, la superestrella inalcanzable, se sienta insegura y crea que va a perderme —sonrío con ternura.

—Lía, la superestrella, contigo se vuelve la chica normal, y tiene miedos igual que todo el mundo —dice vulnerable.

En ese momento recorro los milímetros que nos separan para besar sus labios con delicadeza, prometiendo con algo tan simple lo más jodidamente complicado del universo, amor verdadero.

—No vale —dice separándose de mí, golpeando mi pecho suavemente con el puño—, no puedes arreglarlo todo con un beso —dice inocente.

—Aparentemente sí —digo sonriendo de oreja a oreja.

—¿Sabes lo penoso que habría sido estar discutidos en mi cumpleaños? —dice Lía, mirándome avergonzada.

—¿Es hoy? —pregunto sorprendido.

—No, pero pronto, el día uno.

—Ya me extrañaba a mí que Violeta no me lo recordase —digo riendo, reclinándome en el banco.

—¿Quieres que hagamos algo juntos? —pregunta nerviosa.

—¿Qué tipo de pregunta es esa? —digo, fingiendo estar indignado—, pues claro que quiero.

—Tú y yo solos, y a mi manera —dice Lía tranquilamente.

—¿A tu manera es en un concierto o algo? —pregunto curioso.

—No, es una cena romántica en un restaurante de cinco estrellas en el que podamos estar tranquilos, sin que nadie nos moleste, y donde vamos a pedir todo lo que queramos sin que te agobies por el dinero.

—No me gusta ir con todo pagado, excepto que pague Jesús —digo riendo—, pero por ti lo hago —digo, mirando sus ojos verdes.

—Por cierto, ¿qué es eso tan importante que querías contarme? —digo, mientras ella se coloca como siempre boca arriba, con la cabeza en mi regazo.

—¡Ah, sí!, es verdad —dice ella un poco nerviosa—. Pues verás, quería decirte que hoy, en la entrevista que me han hecho en el programa de radio, he dicho que hay alguien especial en mi vida.

Mi corazón se desboca y mi estómago da un respingo. Lo ha hecho por mí.

—¿No va a traerte problemas? —pregunto inseguro.

—Qué va, Violeta y yo lo hemos hablado y es un buen momento para ir dosificando el asunto y así preparar el camino para después del disco.

Además, quiero hacerlo también por lo que hablamos la última vez, te quiero y, de esta manera, te demuestro que no te quiero ocultar —dice Lía, mirándome mientras se yergue.

—Me haces inmensamente feliz, sobre todo porque así no podrá volver a pasar lo de…

—Exacto, ya podré negarme y encima sin que te agobie la prensa —dice Lía suspirando, relajándose mientras apoya su cabeza en mi hombro.

—Bueno, ha pasado el día de ser complicado a uno precioso. Me flipa la capacidad que tienes para conseguir que eso pase —digo riendo.

—Por cierto, ¿has podido tantear ya a Jesús? —pregunta ella curiosa.

—Qué va, solo he hablado con Jenry y porque curramos juntos. Todo el tiempo que he intentado sacar era para poder ver a mi novia, pero me ha resultado imposible porque ella es una persona súper ocupada —digo vacilón.

—Qué mala novia te has echado, de verdad. ¿Por qué está tan ocupada? —dice vacilona.

—Es cantante, pero de las modernas de verdad, de las que bailan —digo más vacilón aún.

—No me digas. ¿Y qué canta? —dice Lía, siguiéndome el rollo, vacilona.

—De todo, es muy buena. Lo que tiene que mejorar es el baile —digo levantándome, dejando su cabeza en vilo sobre el banco—, mira, lo último que me enseñó fue este paso —pongo los brazos como un pollo, saco culo y empiezo a aletear.

Lía empieza a reírse a carcajadas, mirando mi espectacular baile del pollo.

—Creo que tendría más sentido este tipo de pasos, mira —dice Lía levantándose mientras empieza a mover un brazo y luego el otro con las manos como cogiendo y desenroscando algo—, a esto se le llama el paso de la bombilla.

—¡Buah!, no tienes ni idea. Mejor es el paso del aspersor —digo, subiendo y bajando un brazo haciendo el corte de los aspersores.

—No te ha quedado mal, pero hay que ponerle actitud, hay que interpretar el baile con cuerpo y alma —dice, mientras pone cara de pez y se pone a hacer como que reparte cartas—, este paso es el mus.

Estos son los momentos que me hacen sentir que Lía es la adecuada.

Son instantes fugaces que mi mente almacena como si fueran más valiosos que el mayor de los tesoros, su risa, su manera de hacer el tonto conmigo, su manera de moverse…

Cada segundo que paso con ella es único e irrepetible y, a la vez, es algo que quiero repetir a diario en cada respiración.

Con cada parpadeo fotografío cada gesto de cariño mientras en mi piel tatuó la sensación de la suya, rozando mi alma.

—Necesito parar —digo jadeando y riendo—, no sé cómo puedes aguantar el ritmo y encima cantando —digo con admiración mientras me siento en el banco.

—¿Te crees que este cuerpazo y este culito vienen de serie? Ya quisiera yo —dice Lía gustándose.

—Para mí sí vienen de serie —miro su cuerpo con lascivia.

—Serás guarro, no soy un cacho de carne, ¿sabes? —dice Lía, tapándose todo lo que puede.

—Claro, te he visto desnuda y ahora te da vergüenza —digo mandándola lejos con la mano—, estamos ahora en una película en la que los protas lo hacen y al día siguiente se tapan con una sábana por pudor —digo riendo—, ¡pero si ya se han visto todo!

—Mantén esa imaginación más calmada —dice echándome la bronca—, que nos vas a meter en un lío.

—Tú lo has dicho, quiero meterme en un Lía —digo pervertido.

—Malísimo —dice Lía riendo y poniendo los ojos en blanco.

Lía se sienta y se acurruca a mi lado. Yo paso el brazo por encima de sus hombros y la pego a mí todo lo que puedo.

—Ojalá estos momentos se detuvieran en el tiempo, para poder estar siempre así contigo —dice Lía, mirando hacia el atardecer.

—¿Y qué gracia tendría estar siempre en un momento, cuando nos espera un futuro lleno de ellos? —digo, apoyando mi cabeza sobre la suya.

—Perdona por estar tanto tiempo sin vernos —susurra Lía.

—Tu vida es así, complicada.

—Pero tú eres parte de ella —dice Lía suspirando.