Superestrella 67. CAPÍTULO 67
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67. CAPÍTULO 67

Miro los carteles con los cafés que tienen justo encima del mostrador y aún no sé cuál pedir. Llega mi turno, bajo la mirada y mi cuerpo se tensa al instante, es Lidia, que me pone la sonrisa más falsa que he visto en mi vida.

—Buenos días, bienvenida, qué café quiere tomar hoy —dice Lidia, manteniendo una décima de segundo la sonrisa para pasar a una mala leche instantánea.

—Pues no sé aún, ¿qué me recomiendas? —digo, modulando el tono de mi voz para que no me reconozca.

—No sé, ¿qué le suele gustar? —dice Lidia, con una cara que me deja muy claro que piensa que soy una estúpida.

—Me ha dicho el encargado que uno grandote, lo demás te lo dejo a ti —digo, intentando no descubrir mucho.

—Ah, pues siguiendo con la línea del encargado, tendría que darte un café cortado, que es lo que le ha hecho su mujer a él, cortarle los… —dice poniendo cara de querer matarle en ese instante.

Dios mío, esta mujer habla con la cara, no solo con palabras. Jamás había visto tanta mala leche en un rostro y, además, lo que dice… Un momento… Acaba de decir que he castrado a Alonso. ¿Pero esta qué se cree?

—Bueno, el café cortado es fuerte. Quizás es lo que es el encargado, un tío suficientemente fuerte y maduro que quiere jugar en primera, no en tercera con una almacenera —digo, intentando contener la rabia.

—¿Alonso, maduro y fuerte? Mejor te recomiendo un manchado, porque es lo que le pasa cuando una cualquiera de la calle le dice que haga algo, que mucha leche y poca fuerza para tener personalidad y defender a sus amigos —dice con suficiencia.

—Creo que estás confundiendo respeto con el no tener personalidad. Hay gente que no está destinada a quedarse detrás de un mostrador toda su vida, evoluciona porque se da cuenta de que vale para mucho más —digo, sonriendo con tanta falsedad que no sé si parezco el Joker.

—Está claro lo que te voy a poner —dice Lidia, subiendo el tono cada vez más.

—Dime —digo, intentando contenerme y no saltar el mostrador.

—Un descafeinado. Eso es lo que definitivamente es mi encargado, un sinsangre, porque no tiene la suficiente como para poner en su lugar a una niñata con aires de grandeza y decirle que primero vamos las amigas leales que le van a querer siempre y después van las…

—se frena, sin duda para no soltar un taco inapropiado—, las pelandruscas que se encuentra en la calle de casualidad y que luego ayuda por pena —suelta como si fuera una verdad absoluta e inmutable.

Me quedo descolocada por un instante. Alonso le ha contado a esta…

Esta… Choni asquerosa cómo nos conocimos, y encima es tan rastrera como para malinterpretarlo a conciencia y meter mierda entre nosotros.

Después de esto sí que le voy a pedir que deje de lado a esta, o al menos que no le cuente nada de nosotros.

—Verás, quizás la que tiene que tomarse el descafeinado eres tú y así bajar las revoluciones —digo, bajándome las gafas poco a poco y clavando mis ojos en los suyos—.

Alonso me ayudó porque hombres como él ya no quedan.

Él me quiere sinceramente y es mayorcito para saber qué compañías son buenas para él y cuáles no lo son porque no le aportan nada o, peor, solo aportan drama innecesario —digo, poniendo mi tono de voz real—.

Ponme el café bombón con sus dos capas perfectas separadas que se sostienen por su propio peso, casi como si una fuerza invisible los mantuviera.

Algo así como el amor —digo con recochineo.

Veo cómo Lidia se queda petrificada por un segundo. Sin duda el aura de superestrella funciona, esta no me llega ni a la suela de los zapat…

—Tiene gracia que digas lo de la fuerza invisible, porque es así como le mantienes, en el anonimato. Oculto. Porque te avergüenzas de él. ¿Y sabes por qué? Porque te da pánico que tus seguidores y tus fotógrafos vean que tu novio sirve cafés por mil euros al mes.

Sus palabras son cuchillos ahora mismo, y no contenta con eso, continúa…

—No sé en tu… —Lidia pone cara de asco y escupe la siguiente palabra—, …

mundillo, pero en nuestro planeta, el de verdad, a los amigos se les defiende y no se les deja de lado.

Ten una cosa clara, Lía —mi nombre suena en su boca más como un insulto—, al final se cansará de ti y de tu universo, igual que se cansó de Nuria, y el día que eso pase y decidas dejarlo tirado, volverá a donde pertenece.

Al barrio. Donde estaré yo porque le quiero y, aunque me haya decepcionado, le apoyaré.

No sé si sabes cómo se llama eso, guapa, pero aquí lo llamamos… Lealtad.

No me merece la pena contestar. Se cree su verdad distorsionada y, en cierto modo, admiro que defienda y quiera con tanta fuerza a Alonso, aunque me preocupa a partes iguales que esa amistad para ella sea algo más. No sé si podría luchar de tú a tú contra una relación tan larga.

—¿Cuánto es? —pregunto con calma, poniendo una media sonrisa.

—Cuatro con cincuenta —dice Lidia con cara de haber ganado.

Busco la cartera en el bolso y cuando la encuentro saco un billete de diez euros dejándolo en el mostrador.

—Quédate con el cambio. Cómprate un descafeinado, quizás así, parando un poco, te permita ver que hay realidades más allá de la tuya —suelto con calma medida.

Me voy a sentar a una mesa antes de que conteste y miro a Alonso, que estaba más atento a nuestro cruce que a la tablet que tenía en las manos.

Espero que se dé prisa, tampoco puedo jugármela mucho tiempo con este disfraz y estoy deseando pasar tiempo con él.

Quince días son una eternidad, su olor casi se ha desvanecido de mis sábanas.