66. CAPÍTULO 66
—Lidia, vete al almacén y compruébame, por favor, que tenemos suficiente café tostado para la oferta de mañana —digo mientras estoy con la tablet haciendo el pedido—, Aaron, cubre a Lidia en caja —digo levantando la vista.
—Alonso, ¿podemos hablar un momento? —dice Lidia mientras se acerca.
—Claro, dime, Lidi —digo interesado.
—En privado —dice seriamente.
—Te acompaño al almacén entonces —digo levantándome.
Lidia me sigue hasta que llegamos y espera a que se cierre la puerta.
—Al, estás muy raro en general, pero sobre todo te noto raro conmigo, ¿te pasa algo? —dice Lidia preocupada.
—No, lo que pasa es que esto de ser encargado no es tan bonito como parece —digo molesto, mirándola a los ojos.
—Vaya, no sabía que ser encargado es el motivo por el que ya no hablamos apenas —responde Lidia molesta también.
—Tengo que tener una distancia con los empleados, hay que mantenerse profesional, Lidia —digo convencido mientras suspiro.
—Con los empleados, vaya, porque claro, con Jenry eres igual, distante, como ayer que os fuisteis a tomar algo a su casa —dice cada vez más molesta.
—Con Jenry es distinto, Lidi —digo mirándola a los ojos.
—¿Por qué? —pregunta sospechando la respuesta.
—No te hagas la tonta, si no lo sabes ya lo estás pensando —digo honestamente—, te quiero un montón, eres mi mejor amiga, pero a Lía la amo con locura y no quiero hacerle daño y que se ponga celosa como en el concierto —explico, dando un pequeño paso atrás.
—Vaya, vas de mal en peor. Primero Nuria y ahora Lía, te encantan las tóxicas celosas y, claro, por sexo eres capaz de renunciar a una amistad de toda la vida… Sinceramente, esperaba más de ti, creía que tenías más personalidad —dice furiosa Lidia.
—Lidia, no es cosa de Lía, es cosa mía, no es ella la mala… —digo defendiendo a Lía, acercándome a ella.
—Claro que sí, Alonso, te creo total y completamente, no intentes defenderla. Te ha dicho que le molesta verte conmigo y, claro, como su perrito faldero, lo haces —dice Lidia acercándose enfadada.
—Te equivocas, Lid…
—¿Qué es lo siguiente?, ¿que venga aquí para controlar si cumples lo que te ha dicho?, ¿dejar el trabajo porque ella te va a mantener? —me interrumpe—, me das pena. Vuelves a ser un calzonazos con una de la calle, en vez de luchar por la única que te va a querer siempre de verdad —escupe dolida.
—Lidia, no puedo corresponder a esos sentimientos —digo sorprendido, retrocediendo instintivamente.
—¿Pero tú eres gilipollas? —me grita—, ¿qué sentimientos ni qué nada?
¿Solo te puedo querer si es que me interesas románticamente?
Te quiero porque eres mi amigo, porque siempre has estado ahí cuando lo necesitaba y ahora yo intento hacer lo mismo, pero no me dejas salvarte de otra tóxica más.
Los focos te han cegado, otra vez… —dice marchándose del almacén.
Esa última frase cae en mi mente como un martillo hidráulico. Los ecos del pasado vuelven a mi mente y la verdad que quiero defender de Lía con Lidia se difumina. Salgo del almacén con mil pensamientos en la cabeza, mientras veo cómo Lidia se dirige rápidamente a la caja, y entonces la veo.
—Me cago en la puta —susurro.
Ya está, el universo me odia. No me puedo creer lo que está pasando ahora mismo, en serio, qué posibilidades había de que, justo el día en el que discuto con Lidia, se presente de incógnito Lía en la cafetería.
Si nuestra historia la estuviera escribiendo alguien, el autor me odia, sin duda. Me acerco rápidamente a Lía.
—Me has reconocido según me has mirado —dice orgullosa y preocupada.
—Es el aura que tienes —digo apurado—, ¿qué haces aquí? —pregunto, aguantándome un beso.
—Quería verte, me moría por estar contigo, y quería contarte una cosa importante —dice Lía emocionada.
—Pues imagino que es cosa de Violeta, porque estoy a punto de acabar el turno —digo con una media sonrisa, mientras me pierdo en sus ojos.
—Esto es Violeta en estado puro, conoce tus horarios y los míos, sin ella no sé cómo lo haríamos… —dice Lía riendo, mirándome con intensidad.
—Tómate un café mientras acaba mi turno y me cambio —digo besando su mejilla, sabiéndome a poco.
—Vale, ¿alguno en particular? —me dice inocente.
—El que quieras. Es terminar el pedido, me cambio y listo, dame veinte minutos, pídete uno grandote —digo mientras vuelvo a la mesa donde hacía el pedido.
Por favor te lo pido, Dios todopoderoso o escritor omnipotente, no las cruces, déjame algo de tranquilidad.
Solo quiero hacer las cosas bien, aún me queda mucho por aprender y por mejorar pero no me la líes más, no gano lo suficiente para los disgustos que me estás dando.
Intento hacer el pedido con la mayor velocidad posible cuando de pronto mi mente me manda un aviso de que algo mal.
Levanto la cabeza y, en efecto, si hoy muero es por culpa mía, he mandado a Lía directa a una Lidia enfurecida.
—Mierda.