Superestrella 58. CAPÍTULO 58
46%

58. CAPÍTULO 58

—Un momento, ¿me estás diciendo que solo dos veces en cuatro días? —dice Jesús preocupado mientras entramos en el restaurante—Se me ha caído un mito, tío. Eso son noventa y seis horas, os habría dado para unas sesenta o setenta veces.

—Claro que sí, campeón —digo sacándole el dedo—, y se me queda en carne viva, no te jode.

—Si es que nunca estaréis al nivel que tenemos Oli y yo —dice Jesús orgulloso—. Si quieres te paso la crema que uso yo para que la piel de Alonso júnior esté siempre preparada y aguante todas las fricciones que hagan falta.

—Fíjate que yo también pensé que con Olivia mejoraría, pero no, estábamos equivocados, Al —me dice Enrique riéndose—, si es que son dos casos perdidos.

—Lo que me pregunto desde que empezaron, básicamente, es, ¿vosotros habláis o solo estáis todo el día dándole como mandriles? —digo mirando a mi amigo con picardía.

—Chavales, no se necesita hablar cuando hablamos el idioma más sincero que ha existido jamás —hace una pausa—, el de nuestros cuerpos desnudos.

—En eso no te quito la razón —digo asintiendo—, es el idioma más sincero que se puede hablar.

—Sí, pero de ahí a no hablar nada… —añade Enrique mirándonos.

—Nunca sabrá lo que es tener lo que nosotros tenemos —dice Amelia, dándole un beso a Enrique.

En ese momento se abre la puerta del restaurante y aparecen ellas.

Eso me dicen el resto de mis sentidos, porque mi mirada solo puede perderse en el cuerpo de Lía de arriba a abajo mientras se me crea un vacío en el estómago.

Mis ojos recorren las botas de media caña como de cuero negro que mueren en sus rodillas descubiertas, continúo subiendo, acariciando la piel desnuda de sus piernas, encendiéndome poco a poco hasta que rompe mi deseo una americana rosa.

Sigo ascendiendo mientras se asoma de nuevo su piel como protagonista en una abertura que deja la tela a la altura de sus pechos.

No debería seguir explorando, pero la curiosidad me mata, viajo por su cuello y, sin más, aparece su sonrisa.

Si tenía alguna esperanza de poder resistirme hoy, se ha desvanecido por culpa de esa curva que tiene en los labios.

Dispuesto a renunciar a toda mi cordura, transito cada milímetro de su rostro para llegar a sus ojos esmeraldas, libres esta vez de los pequeños hilos de oro bañados de rosa en su final que tiene como cabello, ya que los tiene atrapados en tres amarres hilvanados en el perfil de su rostro.

Después de estudiarla, consigo mirar a Olivia y Violeta.

Sin duda, Jesús tiene que estar en las mismas condiciones que yo, ya que su chica tampoco se queda atrás ni en belleza ni en estilo, lleva puesto un largo vestido blanco de satén con un escote bastante generoso y una raja en el lateral que le llega hasta más de la mitad del muslo, con unos zapatos stiletto champán muy altos y un moño bajo desenfadado.

Olivia se gira para decirle algo al maître , que está en ese momento cerrando la puerta con llave.

A causa de este movimiento, Jesús, que está a mi lado, me aprieta el brazo con fuerza, mi amigo casi pierde el control al notar cómo el vestido deja la espalda desnuda y sin sujetador a la vista.

—Cálmate, borrico… —le susurro.

—¿Pero tú las has visto? —dice Jesús embobado.

—Sí, por eso te digo que te calmes tú, para ver si yo también lo hago —admito tragando saliva.

—Violeta —dice Enrique—, con permiso de Amelia, vienes muy guapa. Te lo digo yo, ya que estos todavía están embobados mirando a sus respectivas… —dice Enrique riendo.

—Muchas gracias, Enrique. Es un detalle que alguien me lo diga, con estas dos no suelen lloverme muchos cumplidos —dice Violeta sonriendo sinceramente, mientras posa levemente.

Enrique tiene razón, acostumbrados a lo guapas que son Lía y Olivia, hemos ignorado a Violeta, que también va preciosa, con unos pantalones anchos de tiro alto bombachos blancos y un top lencero de tirantes finos marrón oscuro como con un corte asimétrico que le cubre más una parte del pantalón que otra, y unos stilettos bajos con una apertura trasera.

Con su cabello característico pelirrojo suelto con un estilo mucho más relajado del que nos tiene acostumbrados a todos.

—Jenry tiene razón, perdóname, Vi. La verdad es que vienes preciosa —digo acercándome a ella para poder saludarla con dos besos cariñosos y un abrazo largo.

—Oye, ¿y yo qué? —dice Lía mirándome provocadora.

—Tú, princesa —digo acercándome a ella—, eres preciosa y… —me acerco a escasos milímetros de su oído—, estoy deseando saber qué llevas debajo de esa americana —susurro mientras noto cómo su cuerpo se estremece.

—Está claro que… —se acerca ella a mi oreja para contestarme—, no llevo nada… —susurra—, y estoy deseando que lo compruebes más tarde —me dice con deseo.

Ahora soy yo el que se estremece, una descarga cálida recorre todo mi cuerpo y me hace perder el control. Antes de poder pensar en lo que voy a hacer, mi cuerpo se mueve y nuestros labios se unen en un beso lleno de deseo.

—Todos sabemos que estáis deseando hacerlo encima de la mesa, pero ¿por favor podéis conteneros y nos sentamos a cenar todos? —dice Violeta divertida—. Necesito pasar tiempo con adultos medio responsables, y más hoy que he conseguido niñero hasta tarde.

—¿Tienes hijos? —pregunta Enrique curioso.

—Sí, un niño precioso. ¿No lo dije la última vez? —dice pensativa Violeta—. En fin, aunque le quiero con todo mi corazón, esta noche quiero poder tener una velada que sea algo más que un pequeño pulso de voluntades y tener que ver dibujos hasta que se duerma —dice sonriendo.

—Pues entonces —interviene Amelia—, siéntate con nosotros. Esa fase adolescente nosotros ya la hemos pasado —dice mirándonos con desaprobación.

—Gracias —dice Violeta mirando a Amelia—, y por cierto —añade—, tú también vas muy guapa, Amelia.

—Pues si me llegan a avisar estos ceporros de que ibais a ir tan guapas, me habría puesto otra cosa —dice pesarosa Amelia.

—Qué va, me encanta la falda larga de encaje con transparencias y el cómo la combinas con una camiseta negra básica ancha. Es de tener mucho gusto —dice Violeta sincera.

—Muchas gracias —dice Amelia pegando a Enrique.

—¿Y ahora qué he hecho yo? —pregunta confundido mi amigo.

—Pues que también podrías haberme dicho que te gusta mi estilo —dice indignada Amelia.

—Pero si sabes que me encantas.

—Problemas en el paraíso —dice Jesús riéndose mientras agarra a Olivia de la cintura.

—Nosotros estamos por encima de eso —dice Olivia sintiéndose superior.

—Claro, porque estáis todo el día follando —dice Lía burlona.

—Así es imposible discutir —digo apoyándola.

—Jesús, ya que no te lo va a preguntar Oli, te lo pregunto yo —dice Lía a la vez que nos sentamos juntos en la mesa.

—Dispara —contesta Jesús.

—¿A qué te dedicas exactamente? Alonso siempre ha sido muy vago en los detalles relativos a tu trabajo.

—Pues verás, tanto Jenry como Al son vagos en esos detalles porque ni siquiera ellos saben lo que hago exactamente. Seguramente te han podido orientar diciéndote que soy fotógrafo. Lo que nadie sabe hasta hoy es qué tipo de fotografía hago ni mi nombre artístico.

—Hombre, pues Jesús Sánchez, ¿cómo si no? —digo recalcando la obviedad.

—Pues también quería reuniros aquí por eso, gracias, nena, por cierto —dice Jesús mirando a Olivia.

Nos miramos entre nosotros extrañados. Al final vamos a estar equivocados y sí que hablan, a pesar de lo que nosotros pensamos.

—Veréis, no sé si habéis visto que hay una exposición de fotografía en El Prado —dice Jesús sonrojándose.

—¡Ah!, nosotros la hemos visto —dice Amelia emocionada.

—La verdad es que nos encantó, la visión de Ghost Frame es espectacular. Demuestra una sensibilidad especial a la hora de juntar contrapuestos —dice Enrique.

—Sí, a mí me encantó la foto del mar y el náufrago muriendo de sed —dice Amelia entusiasmada—, imaginaos, qué fuerza, tiene agua a su alcance que es lo que necesita, pero es agua salada, no se puede beber.

—Brutal —dice Enrique mirando a Amelia—, ese hombre tiene que ser un tío muy pero que muy sensible y romántico.

—Pues veréis… —dice Jesús mirándonos a todos.

—Si quieres ir, vamos, Jesús. Sabemos que te encanta la fotografía y dudo que a Jenry y a Amelia les importe volver —le interrumpo.

—No es eso, chicos… —dice Jesús avergonzado—, Oli me ha convencido y…

—No me lo puedo creer… —dice Lía pasmada.

—¿Qué pasa? —digo confuso, mirando a Lía.

—¿En serio, tía? —dice Lía emocionada a Olivia.

—No me entero —digo mirando a Enrique.

—Pues eso, que soy yo —dice Jesús suspirando.

—¿Eh? —digo hasta que consigo conectar con la conversación del todo—, ¡no, una polla!

—Nos estás vacilando —grita Enrique sorprendido.

—Menudos amigos estáis hechos… —dice Jesús vulnerable.

—Vamos a ver, que por talento no es, porque sabemos que tienes mucho. Pero, entiéndenos, ¿tú? ¿visión romántica?, ¿súper sensible? Sí que es verdad que de pequeño eras más así, pero ahora… —le digo sincerándome, encogiéndome de hombros.

—Efectivamente. Perdona que te lo diga así, tronco, pero tienes la sensibilidad de un apio. Como que nos cuesta procesar esta información —dice Enrique solemne.

—A ver, Jesús, no puedes culparles… —dice Amelia mirando a Jesús divertida.

—Que estamos orgullosos de ti si es verdad lo que dices, eso no te lo va a quitar nadie. Pero, la verdad, es que descoloca bastante con lo… A ver cómo te lo digo sin ser ofensivo —digo buscando la palabra adecuada.

—Básico —dice Enrique.

—Vamos a decir básico, sí —digo mirando a Enrique—, con lo básico que eres muchas veces, pues cuesta creerlo —digo mirando de nuevo a Jesús.

—Chicos —dice Lía mirándonos a Enrique y a mí—, creo que deberíamos ir todos a la exposición para apoyar a Jesús.

—Gracias, Lía —responde Jesús—, al menos tú lo has entendido.

—Gracias a ti, Jesús, que tienes a mi amiga enamoradita hasta las trancas —dice Lía, soltando una carcajada.

—Bueno, tampoco te pases —dice Olivia cortante.

—¿Hay algo subidito de tono o me puedo llevar a Leo? —pregunta Violeta mirando a Jesús.

—Puedes llevar a Leo —responde Jesús mirándola.