56. CAPÍTULO 56
—¿Qué tal tu abuelo, Al? —pregunta Enrique según se monta en la parte de atrás del coche con Amelia.
—Está mejor, menudo susto nos ha pegado el viejo.
—Luego soy yo el que nos mete en líos, pero sacar a tu abuelo del hospital así… —dice Jesús, negando con la cabeza.
—Las enfermeras dijeron que no pasaría nada… —digo sin querer dar más detalles.
—Bueno, ¿y tú con Lía qué tal? —pregunta Amelia mientras se pone el cinturón.
—Pues la verdad es que muy bien… —digo con una sonrisa sutil.
—¿Entonces lo del futbolista era una fake new o cómo? —pregunta curiosa Amelia.
—Ya me gustaría —respondo suspirando—, es real, pero fue él quien la besó sin consentimiento —explico mientras agarro con fuerza el volante y continúo el camino.
—Qué asco de tíos, de verdad —suelta Amelia con repulsión.
—¿Lo habéis hablado? —pregunta Enrique preocupado.
—Sí, me lo explicó todo, fue una encerrona —digo intentando que no se me caliente la sangre.
—¿Entonces estáis bien? —dice Enrique, tocándome el hombro.
—Sí, eso creo —contesto algo inseguro.
—Cómo os envidio a los tíos, la perdonas y ya se te olvida todo —dice Amelia, poniendo los ojos en blanco.
—En eso te equivocas, Amelia —digo negando con la cabeza—, primero de todo, no tengo que perdonar nada, ya que no es culpa suya y, lo segundo, aunque "perdone" como dices u olvide el asunto, no quiere decir que no duela.
Nos quedamos todos callados en el coche, creo que he soltado algo demasiado profundo para la ocasión.
—Bueno, pues a Olivia y a mí eso no nos va a pasar, nosotros somos más modernos —dice Jesús con suficiencia, mientras mira por su ventana.
—Más modernos —digo confundido.
—Sí, hemos hablado y hemos decidido tener una relación abierta. ¿Para qué complicarse con las típicas relaciones monógamas cuando hay tanta belleza en este mundo digna de ser amada?
—No cambiarás nunca —dice Amelia riendo.
—Muy típico de ti, Jesús —dice Enrique suspirando.
—Pues también, es una manera diferente de ver las cosas —digo sonriendo, asintiendo.
—Claro, cero preocupaciones, gente. Me parece una manera muy honesta de hacer las cosas —dice Jesús convencido, girándose y mirándonos a todos.
—No me digas que estás de acuerdo con lo que dice —me dice sorprendida Amelia.
—No pienso lo mismo, pero hay que reconocer que es una manera interesante de ver el amor.
No es lo ortodoxo, eso está claro, es diferente a lo que estamos acostumbrados pero, no por eso tiene por qué estar mal o equivocado —expongo a mis amigos, mirando por el retrovisor central mientras paro en un semáforo.
—Hombre, planteado así, Alonso tiene razón, cariño —dice Enrique, mirando a Amelia.
—¡Hombres! Con tal de hincarla en todo lo que veáis os vale cualquier cosa —dice Amelia, molesta con Enrique.
—Cielo, sabes perfectamente que yo no pienso igual, pero hay que admitir que hay más puntos de vista en el amor aparte del que estamos acostumbrados tú y yo —dice Enrique defendiéndose.
—Amelia, estás chapada a la antigua. Seguro que después de casarte el año que viene ya quieres los bebés —dice Jesús metiéndose con ella.
—Qué dices, chaval, se te ha pirado —responde ofendida, cruzándose de brazos.
—Yo por mí, los hijos sí —dice Enrique rápidamente, riendo.
—Tú es que siempre has sido muy niñero, siempre has querido ser padre joven —añado riéndome también.
—Pues ya puede esperar sentado —dice Amelia muy seria.
—Bien dicho, hay que disfrutar de la vida ahora que aún somos jóvenes —dice Jesús, girándose en el asiento del copiloto para chocar la mano de Amelia.
—Quiero el divorcio —dice Enrique riéndose.
—No te preocupes, yo me caso contigo y tenemos hijos —digo entre risas, mirando fugazmente a Enrique.