Superestrella 51. CAPÍTULO 51
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51. CAPÍTULO 51

—Yo tomaré el entrecot y la señorita una ensalada de la casa —dice Juan, pidiendo por los dos.

—Creo que no, Juan. No sé a qué tipo de mujer estás acostumbrado pero, la que tienes delante, piensa por sí misma y toma sus propias decisiones. A mí póngame, por favor, el secreto —digo al camarero.

—Sabía que tú merecerías la pena, Lía. No eres como las demás, no solo eres guapa, eres inteligente. Como ahora mismo, que le has pedido el secreto al camarero —dice Juan tranquilamente.

—Me he perdido —digo confusa mientras le miro incrédula.

—Vaya, y ahora te haces la sueca. Me gusta, me gusta mucho. Le has pedido el secreto al camarero porque es lo que tenemos tú y yo desde la discoteca, ¿eh? —dice Juan como si fuera una obviedad, mientras pone una sonrisa de suficiencia.

—Me he perdido otra vez —digo sin poder creerme lo que dice.

—Quieres jugar, ¿eh? No niegues que nuestra atracción es increíblemente fuerte desde que cantaste en la discoteca para mí —dice Juan, poniendo cara de perversión.

—¿Para ti? —este tío es el que realmente está perdido.

—Sí, para mí. Y luego, ignorando mi mensaje, has querido desmarcarte de las demás mujeres que me contestan al instante. Es aburrido. Pero tú, tú no eres aburrida, tú eres un reto —dice Juan, creyéndose su propia mentira.

—Juan, con el máximo respeto, creo que te estás columpiando —digo con rechazo, mientras mi cara también habla por mí.

Juan se queda en ese momento a cuadros, como procesando lo que acabo de decirle, y algo cambia en su mirada.

—Sabes qué, te pido disculpas —me dice Juan. Ahora la que se ha quedado a cuadros soy yo—. Hay veces que el personaje se me sube mucho a la cabeza —dice como si nada.

—¿El personaje? —pregunto, más perdida aún.

—Sí, de cara a la prensa todos lo tenemos. Discúlpame de verdad, cenemos como personas normales —dice, cambiando radicalmente hasta el tono de su voz.

La verdad, no sé si creerle o es uno de los muchos trucos que usa para llevarse a una mujer a la cama.

—Supongo que, en cierto modo, tienes razón —le concedo mientras estudio su reacción.

—Me alegra que lo digas. Estaba nervioso, pensaba que la iba a cagar como en el último mundial —dice Juan con una pequeña sonrisa.

—¿Qué pasó? —pregunto con genuina curiosidad.

—¡Buf!, ¿qué no me pasó? ¿Recuerdas el escándalo que surgió con que nos habían "robado" todos los cordones de las botas de fútbol?

—Sí, tuvisteis que jugar con las botas envueltas en cinta americana, ¿no? —sonrío, recordando el escándalo y las pintas de los jugadores.

—Bueno, pues… Culpable —se ríe mientras levanta la mano.

—¿Qué pasó? —pregunto curiosa.

—Pues la cosa es que, entre unas cosas y otras, acabé encerrado en la habitación de los utilleros que estaban revisando todo el material —dice Juan riéndose, mientras se acomoda en el asiento—, cuando me quise dar cuenta, era la hora de la reunión del equipo para celebrar que habíamos pasado a cuartos y, bueno, digamos que tuve que bajar por el balcón con la ayuda de los cordones.

—No te creo —me río.

Pues al final no va a ser tan capullo como pensaba.

—¡Uy!, no te he contado nada todavía. Si te digo lo que tuve que hacer para esquivar a la prensa… —dice echándose hacia delante, mientras me mira divertido.

—¿Para esquivarla? ¿Por qué ibas a esquivarla una vez abajo?

—Verás, los cordones no son capaces de aguantar el peso de un hombre adulto durante mucho tiempo…

—me dice divertido—, pues la cosa es que me caí encima de, gracias a Dios, unos arbustos, con tan mala suerte de que cuando me levanté se me habían roto los pantalones y, claro, no iba a dejar que me fotografiaran así…

—Uf, te entiendo. No puedo salir de casa si no voy perfecta —digo con complicidad.

—Y que lo digas, nunca sabes dónde puede aparecer un paparazzi de la nada —me dice—, desde entonces no salgo de casa sin unos pantalones de repuesto —dice riéndose.

—No será para tanto —digo con una carcajada.

—¿Que no? Vamos a mi coche y te lo enseño —dice cogiéndome la mano. Yo reacciono rápidamente y la retiro.

—Oh, aquí está la comida —digo para suavizar el momento incómodo.

El camarero sirve nuestros platos y se marcha. Comemos mientras seguimos charlando.

Sinceramente, pensaba que iba a ser mucho más horrible de lo que en realidad está siendo. Excepto por las ocasiones en las que intenta cogerme de la mano y tengo que reaccionar para que no lo haga, la verdad es que parece un tío muy normal.

—La cuenta, por favor —dice Juan al camarero.

El camarero cumple con rapidez y la trae.

—Odiaría que pensaras que soy el típico machista que invita a una mujer porque ella no pueda permitírselo. En este caso está claro que tú también puedes, por el respeto que te tengo, ¿qué te parece si pagamos a medias?

—Muy bien, me parece bien —digo sonriendo. Al final resulta que no es tan tonto y que realmente es un personaje lo que interpretaba.

Pagamos cada uno nuestra parte y nos levantamos. Enseguida Juan vuelve a intentar guiarme por la espalda, a lo que respondo dándome la vuelta y retirando su mano.

—Oh, lo siento, la costumbre —me dice levantando las manos.

—No te preocupes —digo con una sonrisa amable.

Salimos riendo del restaurante y llegamos al parking .

—¿Te llevo a casa? —pregunta Juan.

—No te preocupes, ahí llega el coche que me ha mandado Violeta —digo feliz de que mi amiga sea tan eficiente.

—Oh, muy bien. Ha sido divertido, lo he pasado bien —dice él sonriendo.

—La verdad es que yo no lo he pasado tan mal como me imaginaba, para serte sincera —reconozco sonriendo.

—Bueno, hasta otro día —dice Juan, acercándose a mi mejilla para darme un beso.

Le dejo acercarse hasta que, en un movimiento rápido que no espero, sus labios acaban sobre los míos. Le aparto de un empujón.

—¡¿Pero qué coño haces, descerebrado?! —digo furiosa.

—Venga, no me digas que no has estado deseándolo durante toda la cena —me dice como si nada.

—Pero en qué momento te has pensado tú que quería yo algo más, gilipollas —digo furibunda, avanzando para sacudirle.

—Venga, nena, llevas toda la noche riéndote de mis chistes y mis bromas —me dice con una suficiencia que me pone aún más furiosa.

Ahora veo realmente lo estúpida que he sido, he caído en su trampa… Vuelve a acercarse como para darme otro beso. Me aparto y cargo el brazo para pegarle un puñetazo. Justo cuando voy a soltarlo, una mano me para.

—Lía, no, hay mucha prensa —dice Jorge suavemente.

Se me cae el mundo a los pies mientras observo a mi alrededor. El beso, seguro que han hecho fotos… Alonso.

—Alonso… —susurro mientras me toco los labios con la yema de mis dedos.

—Prima —me dice Jorge, agarrándome más fuerte aún—, vete para el coche, ya me darás las gracias.

Me meto en el coche a punto de gritar de rabia.

—Menos mal que has impedido que esa fierecilla se me eche encima, gracias, máquina. Equipo tíos siempre, ¿eh? —oigo que le dice Juan a Jorge mientras le tiende el puño para que se lo choque.

Jorge mira a Juan y a su puño y veo que aprieta el suyo. En un abrir y cerrar de ojos, le lanza un puñetazo directo a la mandíbula y le deja tumbado en el suelo.

—No te vuelvas a acercar a ella o no respondo —dice Jorge mientras rodea el coche y se mete en el asiento del conductor.

—Jorge… No deberías haber… ¿Por qué no me has dejado a mí entonces…? —pregunto atacada de los nervios.

—Lía, si le das tú es un escándalo seguro —dice arrancando el coche—, además, si soy tu chófer y jefe de seguridad es para este tipo de cosas. Siento no haber llegado antes. Ahora no digas nada más y descansa, te llevo a casa —dice mi primo con calma.

—Gracias, Jorge, pero, Alonso…

—Alonso lo entenderá todo cuando se lo expliques —me interrumpe Jorge rápidamente—, por lo que he visto de él, es un tío con cabeza.

—Gracias, primo, de verdad.

Mientras Jorge conduce a casa, una furia crece en mi interior.

Cómo me he podido dejar engañar por ese personaje…

Otro sentimiento empieza a aflorar en mi mente, el miedo se apodera de mí…

¿Alonso lo entenderá de verdad…? Nuria le fue infiel, no es justo para él nada de esto…

La culpa me invade, no debí confiarme. Esto es solo culpa mía, debí rechazar desde el principio y de manera clara la invitación, por mucha prensa que hubiera, he fallado a Alonso… nos he fallado.