Superestrella 47. CAPÍTULO 47
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47. CAPÍTULO 47

—A ver, repítemelo otra vez para que me entere —dice Alonso confuso, rascándose la cabeza.

—Anoche envié a Jorge al hospital para que pidiera permiso a tu hermano y que hoy faltara al colegio Lola. Ella ya nos espera allí —digo divertida, mientras se lo explico.

—Esa parte me ha quedado totalmente clara. De lo que me quiero enterar es de la segunda parte, esa en la que nos bajamos del mismo coche y la prensa no sospecha nada —dice Alonso, poniéndose blanco.

—Te pones este pinganillo para dar el pego, paras el coche en el estudio, te bajas, me abres la puerta y haces como de guardaespaldas —respondo con calma, intentando que entienda el plan.

—¿Tú sabes realmente todos los periodistas que van a estar esperándote? —contesta Alonso, levantándose del taburete de la isla.

—No te preocupes —digo segura de mi plan—, cuando Jorge vea el coche en la puerta saldrá con el resto del equipo de seguridad, tú solo te tienes que mezclar con ellos.

Veo cómo Alonso tuerce el gesto pero asiente. Sé que no le gustan estas cosas pero, si quiere que podamos hacer cosas y mantenerse en el anonimato, es lo que nos toca hacer.

Media hora más tarde, Alonso para el coche delante del estudio. Al ver todos los medios que hay en la puerta, mi confianza en el plan se desvanece por completo.

—No podemos rajarnos ahora —me dice Alonso con confianza desde el asiento del conductor.

—Por Lola —digo mirándole a la cara. Está más pálido de lo normal, tiene que estar muerto de miedo, pero él sigue adelante. Por Lola, por mí.

Alonso baja del coche y lo rodea hasta llegar a mi puerta. Hace como que habla por el pinganillo, asiente y abre. En el momento en el que esa puerta se termina de abrir, un infierno de flashes se desata.

—¡Lía, Lía!, ¿cómo se llama tu nuevo novio? —escucho que dicen mientras las cámaras no paran de sonar.

—¿Es Juan Castillo? Se os vio juntos en una discoteca de Madrid —consigo oír que dicen también.

Alonso empieza a apartar a los fotógrafos y me tiende la mano para que se la coja. Le miro con cara de pocos amigos y salgo del coche sin su ayuda. Enseguida salen Jorge y el equipo de seguridad del estudio, y hacen un pasillo para que pueda pasar a toda prisa a través de los fotógrafos.

Las puertas del estudio se cierran tras de mí. Estamos a salvo. Miro hacia atrás para ver a Alonso, pero no está. Durante unos segundos mi estómago siente un vacío, hasta que por fin aparece más pálido aún, si cabe.

—Alonso, ¿estás bien? —pregunto preocupada.

—Aquí no —me responde con brusquedad.

Me quedo de piedra. Nunca me había respondido de esa manera, y menos con gente delante. Intento seguirle sin delatarme mientras Alonso se aleja con zancadas largas hasta llegar al ascensor. Consigo llegar a su lado cuando las puertas se abren. Entro a toda prisa.

—¿Me puedes explicar qué es lo que te pasa? —pregunto inquieta.

—Nada —responde de nuevo con aspereza.

—¡Alonso! —levanto el tono de voz—, mírame a los ojos cuando te hablo y dime qué te pasa —digo con autoridad.

—Eso no te va a servir conmigo, no trabajo para ti y no me intimidas —dice Alonso con una calma que me desarma.

Empiezo a odiar que pueda ver a través de mí y que solo vea a Lía.

—¡Alonso, por favor!, dime por qué estás así —insisto molesta, mientras le doy al botón de la planta del estudio para subir.

—Lía, te he dicho que nada, no insistas —dice tajante.

—Pues sí que ha durado poco la promesa que nos hicimos —digo mientras señalo el sol de mi muñeca.

Noto cómo la postura de Alonso se suaviza.

—Lo siento —consigue decir, suspirando—, no me ha gustado nada ni la situación, ni que no hayas cogido mi mano, mucho menos la cara que me has puesto.

—Alonso, me dijiste que entendías todas las facetas de mí, una de ellas es esta. Dijimos que cargaríamos la mochila juntos…

—Lo sé, Lía, pero sigo sin ver nada malo en ofrecerte la mano para que te bajes como para que me mirases de esa manera. Me he sentido profundamente menospreciado y eso, automáticamente, me ha recordado ecos del pasado… —dice con amargura, claramente dolido.

—Alonso, llevo jugando a esto mucho tiempo. No te he cogido la mano porque con tanta cámara desde tantos ángulos podrían haber fotografiado tu muñeca y la mía —digo con calma—, siento que te hayas sentido así, me he puesto en modo superestrella…

—No había caído… Lo siento de verdad —responde Alonso avergonzado.

—No te preocupes, esto es nuevo para ti. Yo tampoco caía en estas cosas cuando todo empezó. Igual que tú me ayudas a sentirme normal, yo te voy a apoyar para que esto no te supere —le prometo mientras el ascensor da un pequeño bote.

—No te merezco…

—Sí me mereces, no eres menos que yo, Alonso. Solo somos diferentes en ciertos aspectos —digo poniéndole la mano en la mejilla—, gracias de verdad por hablarlo conmigo, sé que no es fácil para ti todo esto.

—Lía, cuando me enfado así prefiero estar solo. No quiero decir cosas que realmente no pienso, necesito algo de espacio, soy demasiado explosivo cuando me enfado —coge la mano de su mejilla y la aprieta, mirándome con ternura—, gracias por hacerme hablarlo y perdona de verdad.

—Las palabras se las lleva el viento, Alonso. A mí demuéstramelo con actos —digo mientras mis labios dibujan una sonrisa.

—Serás espabilada —dice, acercándose cada vez más.

Nos fundimos en un beso que nunca había experimentado, no es de deseo, ni siquiera es dulce… ¿Es amor de verdad?