Superestrella 45. CAPÍTULO 45
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45. CAPÍTULO 45

Abro con las llaves que me ha dado el portero, entro y enciendo la luz. La casa está tal y como la recordaba.

—Pasa, no seas tímido —digo divertida, mirando a Alonso.

Él entra con su bolsa en una mano y mi maleta en la otra.

—Mola el pisito, está muy guapo la verdad, aunque un poco impersonal, ¿no? —dice Alonso mirando a todos lados.

—Hacía tiempo que no venía aquí, dudo que se acuerden los paparazzis de que lo tengo —digo con seguridad mientras cierro la puerta y dejo las llaves puestas.

—Pues para no venir hace tiempo, la casa está impoluta, ni un poquito de polvo —dice Alonso mientras pasa el dedo por el mueble de la entrada.

—Viene alguien una vez a la semana a limpiar, así puedo venir siempre que lo necesite —contesto tranquilamente.

—Los lujos de los millonarios —dice Alonso paseándose por el salón sin saber dónde mirar.

—¿Te enseño el piso? —digo divertida.

—Creo que por hoy me vale con que me digas dónde está el dormitorio y el baño, estoy reventado —responde rascándose la nuca.

—Claro, sígueme.

Guío a Alonso a través del salón hasta el dormitorio principal, abro la puerta doble y dejo que pase.

—Vaya pedazo de cama —dice Alonso sorprendido—, ahí caben cuatro personas, no fastidies.

—Pues cuando te tumbes en ella vas a flipar —digo confiada.

—Estaba pensando en hacer otra cosa —responde mientras deja las maletas y se vuelve hacia mí.

—¿Ah, sí? —pregunto excitada.

—Por supuesto —responde él en voz baja, con ese tono magnético que pone de vez en cuando.

—¿Cómo qué? —pregunto mientras empieza a hacer cada vez más calor en la habitación.

—Se me da mejor mostrarlo que explicarlo —dice Alonso a la vez que me coge en vilo del trasero y me lleva a la cama.

Justo cuando llega al borde, me suelta sin pensárselo, dejándome caer de espaldas. Suelto un grito ahogado, sorprendida.

—Un momento —digo sacando el móvil de mis pantalones—, no voy a volver a dejar que esto nos interrumpa —digo poniendo el móvil en modo avión.

Alonso sonríe y hace lo mismo. Esta vez es mío y no se me va a escapar. Me incorporo en la cama y consigo asirle de la sudadera gris que lleva. Tiro para que caiga encima de mí. Alonso empieza a besarme, pero esta vez no es como en el coche, sus besos son suaves, dulces, a fuego lento.

—Tenemos toda la noche, tenemos tiempo para poder recorrernos y memorizarnos —me susurra.

No me lo puedo creer, me vuelve loca. Con una sola frase ha conseguido que me hierva la sangre.

Intento besarlo, pero él se yergue, se quita la sudadera y la camiseta a la vez y las tira al suelo.

Sonríe mientras vuelve a echarse sobre mí y empieza a besarme lentamente la oreja, el cuello…

Recorre mi cuerpo con sus manos, llega a la cintura y empieza a quitarme la camiseta y la sudadera que llevo yo también.

Cuando alzo las manos para que me pueda quitar bien las mangas, Alonso las pone encima de la cama bloqueándolas con fuerza, empieza a besarme y a recorrer con su lengua mi boca.

Me rindo, me rindo, este hombre puede conmigo.

Siento una calida humedad cuando suelta mis manos y continúa besándome el pecho y el vientre.

No puedo rendirme tan fácilmente, le empujo y le pongo de espaldas en la cama, besando su pecho mientras suelta un pequeño gemido que consigue que mi deseo crezca aún más.

Me levanto y me quito el vaquero, él se quita el suyo tumbado boca arriba en la cama.

Sobran las palabras. Con una sola mirada consigo adivinar lo que está pensando.

Con delicadeza y a fuego lento me siento encima de él mientras se incorpora, siento cómo su piel arde, su firmeza en mi centro frotándose una y otra vez mientras nos comemos a besos.

Cada nuevo roce es una descarga eléctrica que me acerca cada vez más a perder el control.

Alonso explora mi espalda con sus manos hasta encontrar el cierre del sujetador y, con un movimiento experto, lo quita con una sola mano.

El sostén se desliza entre nosotros, él hace caso omiso y empieza a recorrer mis pezones con su lengua, mientras aprieta firme y delicadamente mis pechos.

Noto cada vez más su erección, un escalofrío húmedo incontrolable empieza a recorrerme el cuerpo entero.

—Te necesito —consigo decir—, te necesito ya.

Alonso levanta la mirada directamente hacia mis ojos, pero su expresión es diferente a cualquier otra que haya experimentado hasta ahora.

Me empuja levemente hacia un lado poniéndose encima de mí, y se quita la ropa interior.

Intento hacer lo mismo, pero él me interrumpe con una sonrisa y niega con la cabeza a la vez que me sonríe.

Siento otra descarga al ver esa sonrisa, le necesito dentro de mí.

Alonso entiende mi urgencia y empieza a bajar mi ropa interior, a la vez que sus besos van subiendo desde el interior de mis muslos hasta llegar a mi intimidad. Suelto un gemido sordo.

—Por favor —suplico entre jadeos.

Alonso se pone encima de mí y noto cómo el inicio de su erección está apoyada en mi sexo.

—¿Estás lista? —pregunta con extrema dulzura.

—Sí, por favor.

Es lo único que puedo decir antes de que Alonso empuje con delicadeza y por fin sienta cada centímetro suyo dentro de mí.

Noto cómo gruñe cuando por fin abrazo toda su longitud.

Suelto un gemido sordo y saboreo el momento.

Alonso empieza a retirarse para volver a mí, lentamente, con dulzura, siento cómo nuestros cuerpos parecen conocer de memoria la coreografía, como si hubieran estado toda la vida bailando juntos.

Rodeo con mis piernas su cintura para que pueda profundizar más en mí.

Vuelvo a escuchar su gruñido ahogado. Con cada embestida siento un fuego eléctrico recorriendo cada una de mis terminaciones nerviosas.

Alonso continúa rítmicamente, sin prisa.

El placer recorre cada poro de mi piel mientras él continúa proporcionándomelo.

Creo que estoy a punto de llegar al límite.

Alonso para y sonríe dulce y juguetón, él también lo ha notado y me quiere torturar.

Ruedo con él en la cama y me pongo encima todavía con Alonso dentro de mí, le doy un beso largo y me incorporo poco a poco, veo cómo mi pelo pasa rozando su mejilla, él inspira y me da un empellón, se me escapa un gemido mientras él vuelve a moverse para llegar hasta mí.

Le miro riendo, le tengo justo donde quiero, si quiere jugar yo también sé.

Apoyo mi mano izquierda en su vientre para evitar que siga moviéndose, con la mano derecha me retiro el pelo de la cara y lo coloco a mi espalda.

Se muerde el labio. Sonrío cuando empiezo a mover mis caderas sobre las suyas.

Cuanto más me acerco a mi propio placer, más urgencia le pongo a mis movimientos.

Estoy al borde del clímax cuando siento que él se rinde y se entrega a mí por completo.

Ese calor repentino es el último empujón que necesito para saltar al vacío.

Caigo extasiada sobre él, nuestras pieles aún ardiendo.

Me besa y ruedo hacia un lado, uso su brazo como almohada, recuperando poco a poco la respiración.

Escucho en el silencio de la noche cómo su respiración entrecortada se va volviendo cada vez más rítmica.

Cierro los ojos, relajada, girándome hacia Alonso apoyando una mano en su pecho.

Poco a poco siento cómo mis sentidos se van apagando junto a él.