Superestrella 41. CAPÍTULO 41
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41. CAPÍTULO 41

—¿Cogemos el coche o nos quedamos por la zona? —pregunto intentando no parecer desesperada.

—¿Te apetece ver la puesta de sol? —pregunta Alonso titubeando.

—Todavía queda mucho para eso, ¿qué hacemos mientras? —pregunto intentando parecer lo más inocente posible.

—¿Y si nos hacemos una promesa imborrable? —propone Alonso con una sonrisa misteriosa.

—Me he perdido —digo confundida mientras me quedo embobada con su sonrisa.

—Las palabras se las lleva el viento y se olvidan, ¿qué te parece si nos hacemos un tatuaje que solo tú y yo sepamos lo que significa? —dice riendo mientras me mira emocionado.

—Me parece una idea terrible, y a la vez me parece brillante. Pero ¿qué nos tatuamos? —pregunto pensando a la vez.

—¿Conoces la leyenda del Sol y la Luna? —dice Alonso bajando la voz.

—La de que el Sol y la Luna eran amantes, Afrodita se enfadó y les separó en el cielo, y a Zeus le dio pena, tanta que creó los eclipses y así al menos una vez cada mucho tiempo podrían estar juntos —digo resumiendo toscamente la leyenda.

—¡Hostia! Pues no es la que iba a contarte, pero me gusta —dice sorprendido Alonso.

—Ah, pues cuéntame entonces la que me ibas a decir —digo curiosa mientras llegamos al coche.

—La leyenda que yo conozco es de los indios nativos americanos del norte…

—empieza contándome Alonso—. Verás, cuenta la leyenda que antes de que existieran los días y las noches, el Sol y la Luna eran dos jóvenes enamorados, y que su amor era tan puro y profundo que el Gran Espíritu les concedió la inmortalidad a cambio de un gran sacrificio, iluminar el mundo, él de día y ella de noche…

El problema surgió cuando el Gran Espíritu les impuso una ley divina irrompible, nunca podrían coincidir en el firmamento, pues eso significaría el fin del mundo.

Enamorados como estaban, al principio era suficiente con poder mirarse cuando uno se ponía y el otro salía, pero pronto dejó de serlo e idearon una manera de poder estar juntos arriesgándose a destruir el mundo, arriesgándose a que les descubran, amantes secretos por la eternidad, excepto una vez cada mucho tiempo en el que podían pasar apenas unos minutos juntos. Ese momento lo llamaron eclipse…

—Una versión muy parecida a la que te he contado yo… —digo divertida.

—¿Qué te parece si tú te tatúas un sol, ya que eres la superestrella, y yo la luna, ya que es solo un satélite…? —dice Alonso rascándose la barba.

—¿Y si me tatúo yo el sol, pero porque tú eres mi Sol, y tú la luna porque yo soy tu Luna?

—Sí —me dice Alonso—, me gusta más lo que has dicho tú.

—¿Y qué promesa nos hacemos? —pregunto algo nerviosa.

—Que por mucho que nuestros mundos sean distintos, encontraremos el momento para poder estar solos tú y yo, en nuestro propio universo —dice Alonso mirándome con intensidad.

—Pues decidido, rumbo a un estudio de tatuajes —digo con entusiasmo.

Veo cómo Alonso ya está mirando en el móvil algún estudio cerca de nosotros.

—Hay uno a unos veinte minutos. ¿Crees que tendremos suerte y nos lo harán así sin cita previa? —pregunta inseguro.

—No hay casi gente en esta zona, dudo mucho que el estudio esté abarrotado —digo con confianza.

—Está bien, vamos, monta en el coche, tengo ganas de hacérmelo. Será el primero.

—¡Uf! Qué jugoso —digo poniendo cara de perversión—, vas a perder la virginidad conmigo —le digo poniendo el tono más seductor que puedo con la cara más pervertida que me sale, que a estas alturas me cuesta bien poco ponerla.

—Podría decirse eso, sí —responde Alonso, poniéndose rojo como un tomate y tragando saliva.

—No te preocupes, si estás relajado no duele —le digo intentando recalcar el doble sentido todo lo que puedo.

Alonso me mira, parece que ha perdido toda la confianza que le caracteriza.

—Sé lo que estás haciendo, cabrita, no me acojones más —me dice riendo nerviosamente.

—Está bien, vamos entonces.