36. CAPÍTULO 36
Veo cómo Lía viene corriendo mientras se ríe, va arrastrando la maleta intentando no volcarla.
No sé cómo puede ser capaz de hacerme sonreír con tan poco, y no sé cómo esta Lía que viene corriendo como una niña con zapatos nuevos cambia cuando se sube a un escenario y hace que miles de gargantas y corazones canten sus canciones.
Casi cuando llega al coche, se tropieza con su maleta.
—¡Ah! —grita Lía cayendo de bruces.
¡Se ha matado, qué hostia se ha pegado…! Salgo del coche a toda prisa, medio riéndome, medio preocupado.
—Lía, pero ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? —digo mientras rodeo el coche.
—Sí, sí, es que el suelo necesitaba un abrazo —dice riéndose—, qué vergüenza… ¿Ha sido muy ridículo? —pregunta avergonzada.
—Digamos que si lo hubiera grabado, no tendría que volver a trabajar de lo viral que se habría hecho —digo a carcajadas mientras la ayudo a levantarse.
—Qué vergüenza.
—Vamos, no te preocupes, dame tu maleta que la guardo en el maletero. Tienes un café con leche en el coche —digo mientras compruebo que está bien.
—Vale —responde metiéndose en el coche mientras cojo y guardo su maleta.
Cierro el maletero con todo dentro y me meto en el coche.
—Muy bien, señorita Romero, rumbo al horizonte, ¿no? —digo sabiendo exactamente a donde la voy a llevar.
—Sí, rumbo al horizonte —dice emocionada, tocándose la rodilla con la que ha caído primero.
—Bueno, solo por hoy digamos que el horizonte lo tengo localizado. ¿Confías en mí? —confieso mientras la miro sonriendo.
—Claro —dice Lía contenta.
—Pues no deberías —digo riendo.
Conduzco todo lo rápido y seguro que me deja la carretera, y por fin, en una curva cerrada, aparece lo que voy buscando, el mar Mediterráneo con su característico azul turquesa. No importa las veces que lo vea, nunca me cansaré de hacerlo.