34. CAPÍTULO 34
Noto cómo el teléfono empieza a vibrar una y otra y otra vez.
—Mierda —digo medio adormilado, me giro soltando a Lía para recuperar el móvil lo más rápido que puedo para que no se despierte.
¿Qué hora es? ¿Quién cojones es? Venga ya, Enrique, yo te mato, estaba en la gloria y son las siete de la mañana. Busco el contacto de mi amigo y le llamo.
—¿Qué pasa, pedazo de trozo de cacho de cabrón en miniatura? —digo aún despertándome.
—Sabes que en mí no hay nada en miniatura —responde mi amigo, mucho más despierto que yo.
—Qué gracioso —digo con cansancio.
—Lo sé. A ver, despierta y dime dónde cojones tienes todas tus anotaciones y horarios para este mes, se te olvidó decirme dónde estaban, capullín —dice Enrique riendo.
—¡Hostias, es verdad! Están en el mostrador, en el cajón que tenemos para guardar las servilletas y tal —explico pasándome una mano por la cara.
—Vale, cuando llegue te confirmo con un mensaje. ¿Qué tal el "viaje"? —dice Enrique riéndose al final como un niño tonto.
—Pues bueno, no ha empezado mal. Dame un segundo que voy al baño para no despertar a Lía —camino un par de pasos y dejo la puerta entreabierta—. De momento bien, nos reímos mucho juntos.
—Bueno, ¿y has… Has… consumado ya? —dice Enrique rompiendo a reír.
—Como no voy a ser tonto si es que me rodeo de tontos yo también —digo sonriendo—, no, no hemos "consumado" nada, se quedó dormida. Ten en cuenta el viaje que se pegó para venir a España y estar conmigo —la defiendo mientras me miro al espejo.
—Noto que te pasa algo, ¿te molestó que se durmiera? —dice Enrique inquieto.
—Qué va, lo que te digo, es totalmente normal, o eso pienso al menos —digo convencido, aunque no completamente.
—Pues entonces qué es lo que te pasa, amigo, sé perfectamente que hay algo que te ronda la cabeza —dice Enrique, acertado una vez más.
—Joder, a ver si también puedes averiguar el número de la lotería… —digo estupefacto, suspirando.
—Alonso —interrumpe Enrique.
—Está bien, está bien… Verás, todo iba bien pero en un momento dado del viaje ella nombró a Nuria y…
—Puto Jesús, recuérdame darle un collejón cuando le veamos —vuelve a interrumpirme mi amigo.
—El caso es que, si lo pienso bien, no soy nadie, o más bien no soy suficiente. Tío, Lía es perfecta, tiene talento, es graciosa… —digo apoyándome en el lavabo.
—Está muy buena… Tiene pasta… —continúa mi amigo enumerando.
—También, también, ya sabes que no es lo que más me llama, pero hay algo con lo que no puedo… —confieso mientras enciendo el grifo.
—La fama y las redes —dice Enrique mientras uso la mano libre para coger agua y echármela en la cara.
—Exacto, Jenry, ¿y si es Nuria dos punto cero? De esto no me recupero —digo bastante preocupado mientras me paso la mano por el rostro para quitar los restos del agua.
—Alonso, no dejes que los ecos del pasado te impidan disfrutar de tu presente. Cuelgo que tengo que abrir, te quiero, amigo —dice mi amigo insistiendo en su charla anterior.
Así, sin más, corta la llamada. Vale, ¿y ahora qué hago yo, que me ha desvelado…
? Cojo una sudadera y una camiseta de mi bolsa y hago un polaco.
Salgo de la habitación y ando hasta la colina que está al lado del parking .
Observo anonadado el paisaje, no puedo evitar sonreír, ya sé a donde vamos a ir hoy, veo el mar a lo lejos.
Estamos en abril, no hace para bañarnos, aunque es el Mediterráneo, quién sabe.
Me quedo no sé cuánto tiempo viendo el amanecer.
Enrique tiene razón, no puedo temer lo que vaya a pasar, solo puedo vivirlo, si no estaré condenando al fracaso algo que ni siquiera he intentado.
Vuelvo a la habitación, Lía aún duerme en una postura bastante rara, con los codos a la altura de las mejillas como protegiéndose de algo.
Hago una foto para enseñársela más tarde y me voy a la ducha.