Superestrella 16. CAPÍTULO 16
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16. CAPÍTULO 16

—¿Qué quieres? —pregunto derrotado.

—Unos churros y un chocolate —contesta Lía triunfal.

—¡¿Con chocolate también?! —digo indignado.

—Por tramposo —responde chulita.

—Unos churros y un par de chocolates, por favor —digo al churrero en el camión.

—Doce euros —contesta el hombre con monotonía.

Pago al churrero mientras Lía coge el pedido de su ayudante.

—Increíble, me vas a arruinar. Seguro que te gusto por mi dinero, aparte de por mi encanto —hago el amago de bailar como antes.

—No, por favor, el baile no —me dice riéndose—.

Me has pillado, solo me gustas por tu dinero, que me haces reír, que me siento como en casa cuando estoy contigo, también porque me inspiras, me haces mejor cantante, y haces que cuando me subo al escenario solo quiera brillar para que pongas la misma cara de tonto que pusiste en la discoteca.

—¿De verdad te inspiro? —pregunto halagado.

—¿De todo lo que te he dicho te quedas solo con eso? —Lía pone los ojos en blanco—. ¡Hombres! Solo escuchan lo que les interesa —dice socarronamente.

—No sé de qué estás hablando —digo riendo, encogiéndome de hombros y negando con la cabeza.

—Sí, me inspiras. No es la única canción que estoy escribiendo pensando en ti y en los momentos que pasamos juntos… —reconoce Lía sin vergüenza alguna.

—¿Entonces ahora mismo mentalmente estás componiendo? —digo sorprendido.

—No, ahora disfruto y luego recuerdo los sentimientos que he tenido para inspirarme y componer —explica ella tranquilamente.

—Pues entonces disfrutemos. A esta canción la deberías llamar "Refugio" —digo guiñándole un ojo.

—No es tan fácil como parece —dice sonriendo, acomodándose la capucha.

—Venga, vamos a nuestro banco, ahí me lo explicas bien —digo señalándolo con un gesto de la cabeza.

Lía y yo caminamos en silencio hasta nuestro banco, el sol está empezando a caer por el horizonte.

—Joder, mira qué atardecer tan bonito y yo aquí teniendo solo ojos para ti —se me escapa.

—Cuidado, no vayas a decir algo de lo que te vayas a arrepentir —dice Lía mirándome a los ojos.

—Creo que me toca decirte lo que me haces sentir tú… —digo rindiéndome a mi corazón.

Lía me mira con una vulnerabilidad que no suele mostrar.

—Para mí estar contigo es como un domingo sin planes, estás deseando tenerlo y cuando llega pasa tan rápido que lo único que quieres es parar el tiempo para poder disfrutarlo aunque sea un segundo más —digo nervioso, intentando no trabarme.

—Alonso… —susurra Lía bajando la mirada.

—Lía, no puedo ofrecerte nada especial, pero te prometo estar siempre que necesites algo de normalidad —digo subiendo su barbilla con una mano para que me vuelva a mirar.

—Con eso me basta, no puedo pedir nada más —dice Lía sonriendo cálidamente.

Un silencio cómodo e intenso llena el espacio que hay entre nosotros.

Ambos nos sentamos y nos quedamos mirando la puesta de sol.

Suena un teléfono, un maldito teléfono tenía que romper este silencio.

Aparatos del diablo, lo que daría por poder estar con ella aunque sea una semana sin que nada ni nadie nos interrumpa… Lía coge el teléfono y contesta.

—Dime, Vi —responde—. Claro, mañana temprano —confirma ella—. En el Refugio, sí. Adiós, feliz Navidad.

—Déjame adivinar, te vas —digo con tristeza.

—Sí, estoy muy cómoda, pero mañana temprano empezamos los ensayos con los bailarines, y tengo que estar fresca —dice Lía con decepción en su voz.

—Claro, no te preocupes. ¿Te acompaño a donde vayas? —digo intentando estirar un poco más nuestro tiempo juntos.

—No te preocupes, Violeta me ha mandado un coche —dice Lía torciendo la boca.

—Espero contigo, al menos —digo en un último intento desesperado.

—Claro, qué iba a hacer yo sin mi superhéroe —me dice burlándose.

—También puedo ser menos caballeroso… Y hacer lo que llevo teniendo ganas de hacer toda la tarde.

—Demasiada gente —me recuerda ella.

Resoplo frustrado, pero tiene razón, no quiero exponerla de esa manera. Andamos lentamente en silencio hacia la entrada. Ambos esperamos un par de minutos en un silencio lleno de significados hasta que aparece el coche de Lía.

—Buenas noches, Alonso —dice Lía decepcionada mientras mira al suelo, insegura.

—Buenas noches, Lía —me acerco a ella y la sujeto por la cadera.

Noto su respiración agitándose. Ella se pone un poco de puntillas, pegándose un poco más para llegar hasta mí, y nos desvanecemos en un beso que sabe más a comienzo que a despedida.