Superestrella 15. CAPÍTULO 15
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15. CAPÍTULO 15

Tengo que compensarla, Lola se está volviendo loca con el vídeo que ha mandado Lía. La verdad es que el curro me ha tenido muy ocupado, pero debería haberla escrito. Por mi mente pasa una idea, una locura más bien. Escribo a Jesús.

Pregunta a Olivia dónde va a estar mañana Lía

Poco después llega la respuesta de Jesús.

Va a estar en el estudio

Me manda una ubicación y el código de seguridad para entrar.

Gracias, Don Quijote 😉

Espero que esta oportunidad la aproveches porque estás haciendo el gilipollas 🖕

🖕

Vuelvo con mi familia, miro la hora, son las doce y media de la noche.

—Bueno, familia, me voy, mañana tengo mucho que hacer —me excuso despidiéndome.

—¿Mañana algo que hacer? Si es Navidad —me dice mi hermano Martín intrigado.

—Sí, tengo que trabajar en los PDF de los nuevos menús de la cafetería… Mucho lío —miento como un bellaco.

—Hijo, recuerda que hay que descansar de vez en cuando, al final vas a ser el más rico del cementerio —dice mi padre, tan acertado como siempre.

—Casi no has estado con nosotros, Alonso, me preocupa, tienes que comer más —dice mi madre con dulzura.

—Tranquila, mamá, que pasado mañana me paso por casa de la abuela a por sus tuppers —digo con una sonrisa mientras le doy un beso.

—Claro que sí, Alonso, esta semana te toca cocido —me dice mi abuela.

—Qué rico, abuela —digo contento—. Abuelo, te quiero —me dirijo a él y le doy un beso en la frente.

Mi abuelo me sonríe.

—Adiós, Alonsete, y a por ella —me dice guiñándome un ojo.

Solo puedo sonreírle a mi abuelo, está claro que sabe lo que tengo pensado. Me despido de todos y me voy.

Me levanto temprano. Me preparo corriendo, cojo las llaves de casa y salgo a toda pastilla hacia el estudio de grabación. La verdad es que estoy súper nervioso, quiero que sea una buena sorpresa. Me monto en el coche, pongo la ubicación y comienzo a conducir.

Una vez en el estudio aparco el coche en un parking vacío, me meto en el ascensor y marco el código de seguridad.

El ascensor cierra las puertas y empieza a subir.

Con cada piso que voy subiendo me pongo más nervioso, esto es una locura, pero así son las mejores ideas, pensamientos fugaces, ideas locas que si piensas dos veces no tendrías el valor de realizar.

Por fin el ascensor llega, cojo aire y salgo.

—Allá vamos —digo en voz baja armándome de valor.

Avanzo por el pasillo mirando a través de los cristales que tienen las habitaciones, es todo muy moderno.

Sigo andando siguiendo una voz que se oye tenuemente hasta que llego a la habitación de donde sale.

Ahí está ella, ajena a que la estoy observando, memorizando cada centímetro de su silueta.

Me fijo y veo que lleva unos cascos mientras baila algún tipo de canción. Me acerco a ella y toco su hombro.

—¡¡¡¡Ah!!!! —grita Lía—. Me cagüen tu put… —cuando me reconoce se calla de golpe.

—Hola —digo con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿¡Qué haces aquí!? —me dice mientras se quita los cascos—. Quiero decir, ¿cómo has entrado? O sea, no digo que no quiera que estés aquí, que me gusta que estés aquí, pero que… Mejor me callo —dice Lía avergonzada.

—Creo que la mejor explicación que te puedo dar es que tengo mis espías —digo divertido.

—¿Jesús u Olivia? —pregunta riéndose.

—Ambos, creo que han juntado fuerzas —la miro con intensidad—. ¡Sorpresa! ¡Feliz Navidad! —digo riéndome.

—Sí que ha sido una sorpresa… —dice algo sonrojada.

—Bueno, y qué estabas haciendo, aparte de bailar como un pato mareado —digo burlón.

—No bailo tan mal —me dice dándome un golpe cariñoso en el brazo—. Estaba grabando una canción que tengo en mente, bueno… Que me has inspirado, la verdad.

—Me siento halagado —digo mientras se me acelera el corazón.

—¿Quieres oírla? No está acabada, pero casi la tengo —dice ella con una sonrisa que me derrite.

—Si tú quieres, sí que me gustaría —digo recomponiéndome.

Lía entra a una sala contigua, activa el micro y me hace señas para que me ponga los cascos. Obedezco al pie de la letra y, cuando me los pongo, empieza a cantar.

Te conocí cuando no te estaba buscando,

con el corazón en modo no molestar.

Yo estaba aprendiendo a quererme despacio

y llegaste tú para hacerlo normal.

No prometiste estrellas ni cuentos,

solo mirarme como nadie más.

Y sin darme cuenta, en tus silencios

empecé a sentirme en casa otra vez.

No sé en qué momento bajé la guardia,

pero contigo no dolió.

Tal vez el amor no avisa nunca,

solo pasa… y pasó.

Lía me mira mientras continúa la música, pero sin su voz.

—¿Por qué paras? —digo a través del cristal.

Ella me hace un gesto para que me quite los cascos. Me los quito mientras entro a la habitación donde está ella.

—¿Qué ha pasado? —pregunto curioso mirando el micro.

—No tengo más… —dice encogiéndose de hombros.

—Pues… ¡Me encanta! ¡Me has dejado con ganas de más! —digo emocionado.

—Pues ya estamos en paz, yo también me quedé con ganas de más en la discoteca —dice Lía sin más, dejándome sin habla.

Hostias, Alonso, blanco y en botella, esta es la tuya. Me acerco rápidamente a ella.

—¿Con ganas de más? —digo juguetón agarrándola de la cintura.

—Sí, de mucho más —dice Lía acercándose a milímetros de mí.

No lo pienso, simplemente me dejo llevar por todo lo que me hace sentir, me dejo fluir, y por fin sucede.

Nuestros labios se tocan, qué bien saben, qué bien se sienten.

Mis labios cada vez buscan más los suyos con una voracidad animal.

Ella responde con la misma intensidad, hasta que finalmente se separan.

—No sé cómo he podido aguantar tanto tiempo sin besarte, ahora sí que tengo ganas de mucho más —digo con la respiración entrecortada.

Lía simplemente me mira, me coge de la mano y me lleva al sofá de la sala de al lado.

—Pues vamos a quitarnos las ganas —me dice mientras me empuja para que caiga.

A la vez yo la agarro de las manos y hago que caiga encima de mí sin parar un segundo de besarla.

Lía no se inmuta y se pone encima de mí a horcajadas sin dejar de me besarme…

Uf, esto me está calentando, recorro con mis manos su espalda hasta llegar a su culo, lo aprieto con fuerza…

Dios, qué duro… Y qué duro estoy yo también.

Lía continúa moviendo sus caderas rozando cada vez con más intensidad toda mi longitud.

—¡¡Señorita Romero!! —dice una voz desde la puerta.

Lía y yo nos sobresaltamos. Ella se levanta riéndose y avergonzada, yo todavía me tengo que recuperar.

—¿Qué hacen aquí? Aparte de lo evidente. Por favor, compórtense —dice el guardia de seguridad con incomodidad.

—Ya nos íbamos —digo recomponiéndome.

—¿Ah, sí…? —Lía no alcanza a terminar la frase cuando la cojo de la mano y tiro de ella llevándomela al pasillo.

—¿Pero a dónde me llevas? —pregunta riéndose.

—Tú ven conmigo, yo me encargo —digo con una confianza injustificada.

Llegamos al ascensor y pulso el botón del parking . Mientras se cierran las puertas nos quedamos uno al lado del otro, procesando lo que acaba de pasar.

—Creo que sigo con ganas —me dice ella tocando ligeramente mi mano.

—Y yo —contesto excitado.

Como si lo tuviéramos estudiado, nos ponemos de cara el uno con el otro y ella se lanza a mis brazos.

La sujeto a duras penas mientras nos besamos sin contenernos.

Siento que se me va a caer, me doy la vuelta rápidamente y la apoyo contra la pared, a la vez que ella, al sentir el golpe, gime y se pega más a mi cuerpo.

El ascensor llega, la bajo rápidamente y arrastrándola de la mano la llevo hacia el coche.

—Mierda, el parking está cerrado, no vamos a poder ir en el coche.

—Perfecto, no quiero que conduzcas ahora mismo —dice con una mirada que hace que se me aceleren las pulsaciones, y no precisamente las de mi corazón.

—Señorita Romero —dice una voz a nuestras espaldas—. El parking está cerrado, les acompaño a la calle —dice el guardia con una sonrisa de satisfacción por habernos encontrado.

—Al menos déjadme sacar el coche —digo indignado señalándolo.

—Mañana lo recoge —dice el guardia con firmeza.

—Está bien —miro a Lía con decepción pero aceptando nuestro destino…

Obedecemos, siguiendo al guardia de seguridad hasta la salida.

—Y… ¿ahora qué? —dice Lía mirando al suelo.

—Ahora ven conmigo —digo cogiendo su mano.

—No —dice soltándome—. Demasiada gente… O sea… Sí voy contigo, pero no así —aclara mirando nuestras manos.

—Entiendo… —un puñal se me ha clavado en el pecho, pero sé por qué lo dice—. Vamos entonces.

Lía se pone la capucha del abrigo y unas gafas de sol que lleva en el bolso, ese que el guardia ha cogido amablemente de la sala de grabación antes de que escapáramos corriendo como dos críos. Caminamos juntos mientras vuelvo a dejar una distancia cómoda para ella.

—¿A donde me llevas? —pregunta curiosa.

—Pues primero vamos al metro, que está aquí al lado, y luego ya verás —digo haciéndome el misterioso.

Lía resopla pero me sonríe.

—Va, hoy voy a hacer de tu Navidad el día más especialmente normal de tu vida —digo sonriendo con dulzura.

—Está bien, está bien, me dejo llevar, pero recuerda que como vea algo raro saco a Pikachu a pasear —me dice divertida mientras agita el bolso.

—¡Hostias, Pikachu! No me acordaba de él, ahora me siento más seguro —digo riéndome—. Bueno, que sepas que la canción de antes era muy bonita, pero no recuerdo que tuvieras un estilo tan… Déjame pensar cómo decirlo, tan íntimo —digo abrumado recordando la canción.

—Este disco siento que va a ser especial, es el disco que más tiempo estoy teniendo para hacer, y siento que es un momento importante de mi vida, así que quiero transmitir eso a la gente… —responde Lía vulnerable.

—Pues créeme, lo has hecho, al menos conmigo. Cuando la estabas cantando me has transportado al momento que cantabas, eso es tener eco —digo mirándola, sintiendo crecer un fuego en mi pecho.

—Gracias, Alonso, eso es lo que siempre he intentado, contar algo con mis canciones, por eso no me permito dar menos que lo máximo de mí en un escenario —me explica ajena a todo lo que siento.

—Hazme caso, ahí arriba eres una puta diosa, en la discoteca lo flipé —admito con algo de vergüenza.

Llegamos a las escaleras del metro y me paro al lado del mapa de las líneas.

—Pensaba que sabías a donde íbamos —me dice Lía confundida.

—Calculando ruta —digo con voz mecánica.

—Qué tonto eres, no sé cómo me puedes gustar —me dice entre risas.

—Eh, eh —me giro hacia ella—, ¿cómo que te gusto?

Lía se queda muda.

—No puedo gustarte —digo seriamente—. Tendría que encantarte, mira qué movimiento de culito —pongo cara de tonto y me pongo a hacer movimientos ridículos moviendo el culo.

Lía explota en carcajadas.

—Qué mal bailas, de verdad, mira, se hace así —Lía pone el culo como una gallina, se pone bizca y empieza a mover el culo.

—¡Dios, ese paso tienes que patentarlo! —digo doblándome de la risa.

Me encanta, nunca había conocido a una mujer capaz de seguirme el ritmo haciendo el tonto.

Ambos reímos a carcajadas, hasta que en un momento dado, mientras hacemos el tonto, a Lía se le cae la capucha.

Rápidamente doy un paso hacia ella pegando nuestros cuerpos y se la vuelvo a colocar en su sitio…

Al tocarse nuestros cuerpos siento la electricidad recorrer todo mi sistema nervioso.

En ese momento aparece una marabunta de gente, sin duda un metro acaba de llegar.

Me aparto un poco de ella y miro sus ojos esmeraldas mientras se vuelve a colocar tambien las gafas.

—¿Vamos? —pregunto con ternura.

—Sí —dice ella mirándome con intensidad—. Gracias —dice bajando la mirada mientras se ajusta la capucha.

Bajamos hacia el andén por las escaleras y de pronto suena el metro, está llegando.

—¡Corre! —digo riendo.

—¿Otra vez? —dice mientras me sigue corriendo.

Llegamos justo antes de que se cierren las puertas.

—Madre mía, si no es por unas cosas u otras me tienes siempre con el corazón en la boca —dice echándome la bronca divertida.

—Después de esto te prometo que ninguna carrera más —digo con la respiración entrecortada.

—¡Más te vale! Me preocupa tu salud, estás mayor para estas carreras, tienes la respiración muy agitada —dice vacilona.

—¿Perdona? Te aguanto esta y alguna más —digo pícaramente.

—Calla, tonto —dice mientras me pega en el hombro un puñetazo.

—¿Sabes? —me acerco a su oreja y susurro—, Queda algo raro que una persona vaya con gafas de sol en el metro.

Siento cómo se estremece con mi cercanía y el tono de mi voz.

—Prefiero ser la rara que Lía, y más aquí —dice acercándose a mi oído susurrando también—. Y no te acerques tanto o no respondo de mí —dice con una voz muy pero que muy sensual mientras me muerde un poco la oreja.

Joder, esta mujer me puede, quiero hacerla mía aquí y ahora pero no puedo, me muerdo el labio de abajo.

—No hagas eso o no respondo yo —digo excitándome por momentos.

—Si no he hecho nada —contesta poniendo cara de inocente la jodía.

—Ya, ya, más te vale —digo intentando controlarme mientras la agarro para que no se caiga con los pequeños botes del metro.

—Bueno, ¿queda mucho? —dice Lía impaciente.

—¿Tienes prisa? —pregunto con una sonrisa calmada.

—Quizás, o puede que esté deseando estar solos tú y yo —me dice juguetona.

—Dos paradas y estamos, impaciente —respondo negando con la cabeza.

—Madre mía, no me gusta esperar —admite Lía nerviosa.

—No es que no te guste, es que no estás acostumbrada —digo divertido—. ¡Bienvenida a mi mundo!

Lía resopla y se pega a mí, quedan dos paradas y ojalá quedaran cincuenta para estar con ella así todo el día. Llegamos a nuestra parada, bajamos muy a mi pesar, y la guío hasta la salida. A lo lejos se ve ya nuestro destino final.

—Esta zona me suena —dice Lía estudiando todo con detenimiento.

—¿Sí? No me digas que ya has estado aquí antes, mi gozo en un pozo —digo riéndome, disimulando.

—¡Ah! Ya sé donde estamos… —dice Lía claramente mintiendo.

—Sí, ¿dónde? —pregunto confiado.

—Dímelo tú a ver si lo sabes —me dice ella intentando engañarme.

—Si eres paciente no hace falta que finjas que lo sabes, porque lo vas a reconocer —respondo riendo mientras esquivo un bache en la acera.

—Ahora sí que lo sé —dice mirando hacia el parque a donde la llevé la primera vez.

—Pues ahora está mejor que cuando te traje por primera vez, está decorado de Navidad, y tienen puestos de comida en el otro lado del banco.

—¿Sí? Corre, vamos —Lía sale disparada hacia el parque.

La sigo como puedo, la verdad es que sí que estoy en baja forma, mañana me voy a levantar con agujetas.

—¿No decías que nada de carreras? —grito mientras voy alcanzándola.

—El último en llegar al banco paga la comida —dice ella acelerando.

—¡Tramposa! —grito casi sin aire.

Tengo que pensar rápido o me gana, ¡lo tengo!

—¡Ahhhh! ¡La pierna! —finjo cojear.

—¡A otra con ese truco, abuelo! —responde sin mirar atrás.