10. CAPÍTULO 10
Lía llega junto al DJ y le dice algo, este asiente, le da un micro y apaga la música, en ese momento algo en Lía parece cambiar, desprende algo que no sabría describir.
—Buenas, gente de Pacífico —la gente se pone a gritar y a fliparlo en colores—. Dicen por ahí que necesito Autotune para cantar —me mira intensamente—. Vamos a demostrar que se equivocan —la gente estalla en vítores cuando comprenden que Lía va a cantar.
Lía hace una señal al DJ y este pone la base de una de sus canciones.
—¡Vamos con “Latidos de Neón", gente!
Tardes de domingo en tu portal
Risa nerviosa, café en mano
Dices ya veremos qué pasará
Y yo ya te veo en mi verano
Se me enreda el aire cuando estás
Todo gira un poco más despacio
Pero el corazón va al triple, va
Como fuego rojo en el espacio
Latidos de neón
Cuando me miras
Se pintan de color todas mis heridas
Quédate cerquita
Marca mi destino
Que si voy contigo
Siempre hay camino
Latidos de neón
Se abre la vida
Rompes el temor
Borras la caída
Mira cómo brilla nuestro precipicio
Si salto contigo
No es al vacío.
Madre mía, no puedo creerlo, no parece humana…
Es una diosa ahí arriba. Lía continúa la canción mientras intercala miradas entre el público y yo, no sé cómo sentirme, el corazón me va a explotar, las piernas se me mueven, pero lo peor de todo es el deseo irrefrenable que siento de querer cantar con ella.
Fotos borrosas en mi teléfono
Tu voz en audios que aún no borro
Planes pequeños, ir a caminar
Y un quédate un rato más
Todo lo que fuimos y serás
Cabe en una noche en tu abrazo
Déjame perderme un poco más
Que en tu piel encuentro mi lugar
Latidos de neón
Cuando me miras
Se pintan de color todas mis heridas
Quédate cerquita
Marca mi destino
Que si voy contigo
Siempre hay camino
Latidos de neón
Se abre la vida
Rompes el temor
Borras la caída
Mira cómo brilla nuestro precipicio
Si salto contigo
No es al vacío.
Lía baila a la vez que me mira cantando cada vez con más fuerza. Mi cara tiene que estar siendo un poema, porque cada vez que me mira sonríe triunfal, como si me hubiera dejado sin palabras… La verdad, lo ha hecho.
Dime que no es casualidad
Que tu risa sea de verdad
Que tus manos sepan regresar
Cuando el mundo me quiera soltar
Dime que tus pasos van detrás
Que mis dudas se me van olvidando
Y que si me pierdo al respirar
Tu latido me seguirá guiando
Latidos de neón
Cuando me miras
Se pintan de color todas mis heridas
Quédate cerquita
Marca mi destino
Que si voy contigo
Siempre hay camino
Latidos de neón
Se abre la vida
Rompes el temor
Borras la caída
Mira cómo brilla nuestro precipicio
Si salto contigo
No es al vacío.
Lía acaba la canción con potencia como una diva. Es una diosa empoderada, es pura magia, no puedo poner palabras a lo que acabo de presenciar, no sé describir lo que me ha hecho sentir. Lo único de lo que estoy seguro es de que mi corazón late muy fuerte ahora mismo.
Saluda al público mirándome de vez en cuando como para asegurarse de que estoy aún ahí, lo que no sabe es que de aquí no me muevo. Poco a poco llega hasta mí con esa sonrisa que no me quito de la cabeza desde la primera vez que la vi en el banco del parque.
—Bueno, ¿qué te ha parecido? —me pregunta sabiendo ya mi respuesta.
—¿No has desafinado un poco al principio? —digo socarrón.
—¡Qué tonto eres! —me dice entre risas mientras me pega un ligero golpe en el brazo—. Qué te ha parecido de verdad —me pregunta mirándome con una intensidad que me desarma, dejando como única salida decirle la verdad…
—Pues me parece que… No sabría decírtelo, creo que la mejor manera de describirlo es decir que lo que acabas de hacer ahora tiene eco.
—¿Que tiene eco?
—Sí, hay una antigua creencia que dice que todo lo que hacemos en esta vida tiene su eco en la eternidad.
Lía me mira no sé si confundida o halagada.
—No sé si esta actuación tendría su eco en la eternidad, pero para lo que es mi vida la tiene, pues lo único que conozco es mi propia vida, ¿no?
La mirada de Lía cambia, creo que muestra vulnerabilidad.
—Gracias, Alonso. No sabes lo que significa para mí lo que acabas de decir —me dice mientras se acerca.
—Lía, no son palabras vacías, las siento de verdad. Espero que las recuerdes siempre, si yo me siento así, no quiero saber cómo haces sentir a toda la gente que escucha tu arte todos los días.
Lía cada vez se acerca más, está empezando a invadir mi espacio personal, esto se siente… Peligroso, y a la vez me apetece tanto…
—Déjame que te demuestre lo que me estás haciendo sentir ahora mismo —me dice mientras nuestros labios casi se tocan.
—¡Lía!
Nos giramos ambos hacia la voz.
—¡Lía, espectacular! Déjame invitarte a uno de mis partidos para agradecerte este espectáculo, ha sido increíble —dice Juan Castillo acercándose demasiado a Lía.
Lía sonríe incómoda alejándose un paso de mí.
—Gracias, Juan, no hace falta —responde Lía nerviosa.
Juan se acerca aún más a Lía dándome la espalda e ignorándome.
—Increíble, exquisita, dame tu número que te paso yo personalmente las entradas —dice mientras saca su móvil del bolsillo.
—Sí, claro —dice Lía amablemente, mientras veo cómo Juan le da su teléfono.
Me cago en la puta de oros, pues no me está ninguneando el retrasado este.
—Disculpa, ¿Juan, no? —digo con tono autoritario.
Juan me ignora deliberadamente.
—Disculpa, te digo —insisto subiendo un poco la voz.
—Chico, hoy no firmo autógrafos, vete a molestar a otro, venga —dice sin mirar.
No me da tiempo a contestarle.
—Juan, cariño —dice Olivia a mi espalda.
Juan pega un brinco y me pone de escudo entre él y Olivia.
—¡Aléjate de mí, loca! ¡Seguridad! ¡Seguridad!
—Tranquilo, fiera, que no te va a hacer nada —dice Jesús que está al lado de Olivia.
—Vengo a llevarme a mi amiga, que estará cansada, y mañana tiene una entrevista —dice Olivia mirando a Lía.
—La noche es joven, acaba de empezar —dice Juan girándose hacia Lía.
—Lo siento, Lía, por motivos de seguridad no podemos asegurar tu estancia aquí por más tiempo —digo mientras miro a Jesús con una leve sonrisa y me pongo una mano en el oído.
—Señorita Romero, aquí ya no está segura —dice Jesús siguiéndome el rollo.
Veo cómo Olivia se aguanta la risa.
—Vamos, Lía, los guardaespaldas irán primero para asegurar el vehículo.
—Claro, Oli —dice Lía sonriendo—. Adiós, Juan.
Jesús y yo nos alejamos hacia la puerta mientras Lía y Olivia nos siguen. Nos paramos justo antes de la puerta de la calle.
—Bueno, ha sido una noche interesante —dice Jesús mirando a Olivia—. ¿Me das tu número y la acabamos por todo lo alto?
—Cariño, ese de antes juega en un once contra once, y tú esta noche vas a jugar el cinco contra uno —dice Olivia guiñándole el ojo socarronamente.
—Bueno, chicas, buenas noches. Un placer conocerte, Olivia —digo decepcionado.
—Ahora comprarás una de mis entradas —me dice Lía atropelladamente.
—Ya lo intenté, se me olvidó el día que salían y me quedé sin ellas —aclaro con una amarga sonrisa.
—Si quieres puedo conseguirte una… —mira a Jesús—. Dos, dos entradas para que vengáis —corrige Lía rápidamente.
—En verdad somos tres, tenemos otro amigo, Jenry, al que le gusta mucho tu música —dice Jesús.
—Que sean tres entradas entonces —dice Lía mirando a Olivia—. ¿Es posible?
—No lo sé, tía, de eso se encarga Vi —dice Olivia encogiéndose de hombros.
—Os conseguiré esas entradas, no os preocupéis —me dice Lía prometiendo con la mirada—. Así me podrás decir si tiene eco un concierto entero.
Jesús me mira abriendo muchísimo los ojos, y sé por qué lo hace.
—Genial, buenas noches —digo mientras salgo de la discoteca arrastrando a Jesús.