7. CAPÍTULO 7
—Jesús, te digo que no es posible que yo le guste, y si es así, solo me querrá para apuntarse un tanto, y, tío, me vas a matar por decirlo, pero…
—Lo sé, Alonsillo, ya no quieres ser un tanto, sé cómo te sientes —me interrumpe Jesús.
—Gracias, tío —le digo agradecido de corazón—. Ya estoy harto de estar siempre alquilando la casa, la próxima vez que pueda quiero comprarla con el puto terreno.
—¿Y quién te dice que no sea ella la indicada? —dice Jesús despreocupado.
—Podría ser —se asoma una media sonrisa en mi rostro—.
Pero aunque así lo fuera, qué posibilidades reales existen de que una relación así dure.
No soy nadie, y ella es… ella es quien es —digo agobiado—.
No podría aguantar que me sigan a todos lados, no poder besarla cuando quiera, no podría vivir en su mundo —sé que cada palabra que le digo a Jesús es cierta pues así lo siento, pero también sé que el amor todo lo puede, ¿no?
—. Tío, su mundo es de papel, son todo apariencias.
Joder, por eso la conocí —sonrío nostálgicamente al acordarme de esta mañana—.
No puede ir en un chándal guarro de esos que tienen agujeros a tirar la basura, y yo salgo hasta con el pijama y la bata.
—Eso es cierto, son mundos totalmente opuestos, pero ya sabes lo que se dice —me mira Jesús para confirmar que sé a lo que se refiere—, los opuestos se atraen.
—Los opuestos se atraen, sí, Jesús, pero los opuestos no son los que hacen que una relación dure, para eso están los parecidos… —corrijo a mi amigo mientras llenamos las copas—, los parecidos son los que hacen que cada pequeño detalle se convierta en hogar.
—Tienes razón, Alonso, pero recuerdas la leyenda esa que nos contó tu hermano hace unos años…
—Sí, me acuerdo… —digo mientras llenamos otra copa—.
Cuenta una antigua leyenda que las almas gemelas están destinadas a encontrarse aunque las personas que habiten estén al otro lado del mundo.
El universo siempre hace que ambas almas se crucen, que salte la chispa, y en su infinita sabiduría, el universo también nos permite alimentar esa pequeña llama que se enciende, al igual que nos permite dejar que se apague, pues aunque estén destinadas a encontrarse no tienen por qué estar destinadas también a estar juntas —termino de contar la historia mirando a mi amigo con una sonrisa triste.
—¿Así terminaba? Creía que serviría para animarte…
—dice mi amigo sorprendido—. En fin, demasiado filosófica la conversación para el lugar donde estamos.
Desconecta el coco ese que tienes un poco y disfruta.
Que sea lo que tenga que ser, pero no lo pienses más —me dice Jesús dándome una palmada en el hombro antes de coger dos copas de Moët.
—Supongo que tienes razón, de tanto pensar en la vida, se me va a pasar.
Cojo las otras dos copas y sigo a Jesús hacia las chicas.