5. CAPÍTULO 5
—Jesús, mira que te lo dije, que llegásemos pronto, que se iba a llenar de famosos y la cola iba a avanzar muy despacio —digo echándole la bronca a mi amigo.
—No te quejes tanto, que vienes conmigo, tengo mis métodos —dice tranquilamente Jesús.
—Como esos métodos no incluyan saltarte a las cincuenta personas que llevamos delante, me da la sensación de que entramos mañana —digo enfadado con mi amigo.
—Bueno, hora de que me dejes hacer mi magia, ¿qué te apuestas a que conseguimos entrar en menos de cinco minutos? —dice Jesús con una chulería injustificada desde mi punto de vista.
Quiero mucho a Jesús, pero tiene demasiada confianza en sus métodos y pocas veces tienen éxito.
Así que le suelto la única frase que hace que un hombre lo dé todo de sí mismo, una expresión española tan antigua como la propia civilización, la frase que seguramente ha conseguido más actos milagrosos en nuestro país.
—¡No hay huevos! —le digo retándole.
—¡¿Qué no?! —dice picado mi amigo.
Jesús se sale de la cola y va directamente a hablar con el puertas, un cuatro por cuatro por cuatro. No sé qué coño hace, pero con una mano le entrega algo mientras se la estrecha, y el puertas asiente, Jesús se me acerca a toda prisa.
—Quieres huevos, ¡toma huevos! Somos los siguientes, hombre de poca fe —dice mi amigo orgulloso de su plan.
No puedo hacer otra cosa sino seguirle y llegar a donde está el puertas, que nos deja pasar mirándonos de arriba a abajo.
—¡¡¡¡Jesús!!!! Jesusito de mi vida —le choco la mano triunfal—, esto merece un choque de pechos —Jesús me mira, se ríe y se coloca en posición.
—¡¡Alonsillo!! —dice con energía y el mismo entusiasmo que yo.
Chocamos los pechos como primates subdesarrollados, pero qué bien sienta, quien tiene un amigo tiene un tesoro.
—Va, va, para dentro antes de que se arrepienta —dice Jesús con urgencia.
Dejamos el recibidor para entrar a la discoteca, la verdad está muy guapa, tiene buen ambiente, y la música es relativamente buena, al menos se puede bailar.
—¿Qué quieres que pida, Jesús? —le pregunto intentando hacerme escuchar por encima de la música.
—Lo que quieras, voy a darme la putivuelta —dice concentrado.
Niego con la cabeza mientras sonrío, cuando está en modo fiesta no hay quién lo desconecte. Veo cómo se mezcla entre la gente como si fuera su medio natural, parece que los cuerpos entre los que pasa no ofrecen resistencia, pasa a través de ellos como si no estuvieran ahí.
—¿Qué quieres, bombón? —me dice la camarera.
—Dame dos ron con cola —sonrío con picardía.
—Claro que sí, guapo —contesta la camarera sonriendo.
Jesús no tarda en volver con una sonrisa triunfal, sin lugar a dudas problemas para mí, ya que cuando viene con esa cara después de su putivuelta es que algo me va a pedir.
—¿Te he dicho ya que te quiero, verdad, Alonsillo? —dice Jesús sonriendo.
—¿Dónde está y qué necesitas que haga? —digo enseguida sabiendo que me está haciendo la pelota.
—Arriba en el reservado, a las doce, pantalones de cuero, top espectacular, la de la media melena… —me dice como si estuviéramos en el ejército.
—¿La del pelo bicolor? —pregunto intentando identificarla.
—La del pelo negro y blanco, sí —me dice él cada vez más emocionado.
—Buf, tío, apuntas alto, está muy pero que muy buena, pero son los reservados VIP, y además ¿has visto con quién está, no? —le digo señalando con la cabeza.
—Lo sé. Ahí es donde entras tú… —dice con una sonrisa maliciosa.
—No me gusta, Jesús… Hay que entrar en los VIP primero y luego alejarla de Juan Castillo, por no hablar ya de los colegas, que no son precisamente pocos —digo en alto intentando encontrar una solución.
—¿Te dije yo que no en el Medusa este verano, con la morenaza esa que te hizo ojitos y que tenía dos hermanos más grandes que el puertas de la discoteca? —pregunta enfadado mientras me coge del hombro.
—¡¡Ah!! Eso es jugar sucio y lo sabes —digo más sorprendido porque se acuerde que dolido.
—La tenía guardada para alguna ocasión como esta —dice sonriendo apretando mi hombro.
—Qué cabronazo eres —digo riéndome y dándole un buen trago a mi copa—. Está bien, ¿cómo abordamos la situación?
—Había pensado una pinza al famoseo al puertas de la VIP y un cambio de juego con doble tirabuzón en el reservado para los amigos.
—Me gusta, pero creo que con un tirabuzón te da tiempo de sobra para llevártela, y no creo que aguanten mucho más los amigotes.
—Un poco justo, pero es posible —me dice Jesús pensando a toda prisa.
—Vamos al lío antes de que sea tarde —le digo a Jesús apurándole.
Ambos terminamos la copa, para darnos lo que vulgarmente se llama valor líquido. Nos dirigimos con confianza hacia la zona VIP, pasamos cada uno por un lado del puertas.
—¿Adónde vais, chavales? —nos dice el puertas poniéndonos una mano en el pecho a cada uno.
—Tío, ¿es que no sabes quién es él? —digo señalando a Jesús con las manos.
—Sí sé quién es, un tío al que voy a tener que darle un aplauso en la cara para que no entre —dice el puertas bastante exasperado.
Me giro completamente hacia Jesús y me arrodillo.
—Señor Sánchez, lo siento muchísimo, esto es culpa mía —digo exagerando todo lo que puedo mi reacción.
—Alonso, estoy muy decepcionado, es que no has reservado con antelación.
El guardaespaldas no se lo piensa y me levanta cogiéndome de la pechera.
—Basta ya de tonterías, payasos —dice el puertas cogiendo también de la pechera a Jesús.
Nos miramos ambos, estamos jodidos, eso es innegable, este tío no es el típico puertas de discoteca. No sé cómo, pero cae líquido de la parte de arriba justo en la cara del puertas, él mira hacia arriba, nos suelta y sale corriendo escopeteado a la parte de arriba.
—¿Qué coño ha pasado? —me dice Jesús colocándose la camisa.
—A mí qué me cuentas, yo estaba como tú —digo confuso.
—Mira —me dice Jesús señalando a la zona de arriba.
Arriba hay toda una escena montada, la chica que le gusta a Jesús le está tirando copas a Juan Castillo, mientras este está intentando esquivar como puede todo lo que ella le tira.
—Parece que no va a hacer falta ni el tirabuzón ni nada —digo riendo.
—¡Vamos, corre! —me dice Jesús con urgencia subiendo por la escalera que protegía el puertas.
Corro detrás de él sin mirar atrás, hasta que llegamos al final de las escaleras.
—Vale, aquí ya sabes —me dice Jesús con calma.
—Aquí como si fuéramos los dueños de la discoteca —le digo sonriendo.
Caminamos hacia la zona VIP como si nada hasta que vemos que hay un puertas cogiendo a la chica del pelo bicolor en volandas.
—¡Alto ahí, sinvergüenza! —le grita al puertas Jesús.
Este hace que nos maten hoy, ¿quién se cree que es, Don Quijote? Porque más que un molino de viento parece un verdadero gigante el tío que lleva a la chavala en el hombro.
—Otro subnormal —alcanzo a oír decir al puertas.
—Baja a la dama ahora mismo —dice Jesús con una seguridad muy injustificada en mi opinión.
El puertas se pone a andar hacia nosotros con una agresividad más que evidente mientras aún lleva a la chavala gritando y juramentando.
—¡Uno para todos! —le grito a Jesús sabiendo que nos va a caer la del pulpo.
—¡Y todos para uno! —me responde él con una sonrisa.
El puertas para en seco, ya sabía yo que se iba a acojonar con nosotros dos delante.
—Suelta a mi amiga, por favor.
Me doy la vuelta y miro detrás, de donde surge la voz.
—¿Señorita Romero, esta mujer es amiga suya? —pregunta el puertas sorprendido.
No puedo creerlo, es ella, el mundo es un pañuelo, mi corazón late desbocado, pero no sé si es por verla o porque casi nos brean de lo lindo.
—Por favor, suéltala —dice Lía con suavidad pero con firmeza.
El puertas baja a su amiga.
—Olivia, vente al reservado y no la líes más —dice Lía con frialdad.
—Ahora no eres tan valiente, eh, grandullón —dice Olivia burlona.
—¡¡Olivia!! ¡Compórtate! —le dice a su amiga con autoridad.
Parece que Olivia se relaja y se mete directamente al reservado. El puertas nos mira, no me gusta, ahora nos toca a nosotros.
—Señorita Romero, ¿estos también son amigos suyos? —pregunta el puertas mientras nos agarra de la espalda a ambos como si fuéramos de papel.
Miro a Jesús preocupado, la respuesta de Lía me da la sensación de que tarda años en llegar…
—Sí, lo son, solo querían proteger a mi amiga. Puedes soltarles, también van a estar tranquilitos en el reservado —dice Lía mientras nos mira no sé si con mala leche o agradecimiento.
El puertas obedece sin pensárselo y nos suelta, nosotros por nuestra parte aprovechamos y entramos en la sala VIP mientras Lía se queda fuera hablando con el personal de seguridad de la discoteca.
—Tío, ha ido de un pelo —me dice Jesús riéndose.
—No sé si matarte o cubrirte de besos —digo con sarcasmo mientras me siento en un sofá—. ¿Cómo es que siempre que salimos y me pides ayuda, al día siguiente puedo contar una anécdota de que casi nos matan?
—Exagerado… —responde mi amigo.
Suena un carraspeo, miro al sofá donde está sentada Olivia.
—¿Quién coño sois vosotros? —dice Olivia claramente confundida.
—Disculpa nuestros modales. Ese de ahí es mi amigo Jesús, o como a partir de ahora le vamos a llamar, Don Quijote —digo con algo de malicia mirando a mi amigo—. Y yo soy…
—Alonso —dice una voz desde la puerta del reservado.
Miro a la puerta y otra vez el corazón me empieza a latir a mil por hora. Qué guapa es, no puedo dejar de mirarla, y menudo conjunto lleva. Ahora no solo palpita mi corazón… ¡Relájate, Alonso! que las mujeres huelen el miedo.
—¡Ah! El famoso Alonso —dice Olivia con una sonrisa que no sé interpretar.
—¿Famoso? —repito confuso intentando entender.
—Famoso porque le he dicho aquí a mi amiga que gracias a un buen samaritano que me ha ayudado hoy, he conseguido evitar salir con malas pintas en las revistas —me dice Lía.
—Pues vamos uno a uno —contesto levantándome del sofá y acercándome a ella.
—Esa vale por dos y lo sabes, me debes una y bien grande —dice Lía vacilona.
—¿Por dos? Si ya lo teníamos prácticamente controlado —digo intentando parecer seguro.
—Controlado para convertiros en una calcomanía en la pared —dice Olivia riéndose de nosotros.
—Eh, ¿cómo dices? Si prácticamente te hemos salvado nosotros —dice Jesús indignado.
—Sálvame ahora de escuchar tus gilipolleces, por favor —le dice Olivia a Jesús con sorna.
—Jesús, tío, tienen razón —le digo riéndome—. Si lo piensas bien, Don Quijote, los molinos casi vuelven a vencerte.
Jesús me mira ofendido mientras los demás reímos.
—Bueno, ¿y qué hacéis aquí, aparte de lo evidente? —digo para cambiar de tema, a ver si con un poco de suerte quieren pasar el rato con nosotros.
—Pues hemos venido a ver si encontrábamos algún empotrador, pero me ha fallado el plan —dice Olivia como si fuera lo más natural del mundo.
—Me presento voluntario para empotrar —dice Jesús, que no deja pasar su oportunidad.
—¿Ah, sí? —dice Olivia sin mirar a Jesús, que está cada vez más excitado con la situación—. Pues empótrate contra la pared, Don Quijote.
No puedo evitar soltar una carcajada con la que casi me atraganto ante tal corte. Lía se ríe negando con la cabeza, imagino que estará más que acostumbrada al carácter de su amiga. Jesús por su parte se calla y echa pestes por lo bajo. Lía se acerca y me susurra al oído.
—Ven, vamos a sentarnos, superhéroe —dice mientras mis sentidos se revolucionan al sentir su aliento.
¡Dios! Voy a ir al infierno porque lo único que quiero hacer con esta mujer es pecar.
—¿Qué te parece si en vez de sentarnos, hacemos lo que hay que hacer en estos sitios…? —dejo una pausa para que malpiensen todos—. Bailar y disfrutar de la música.
—Eso no es mala idea —me responde Lía animada—. Vamos, tía, Alonso tiene razón, hemos venido a pasarlo bien.
—Está bien… está bien… ¡Vamos a bailar! —dice Olivia cuando Lía la levanta y la arrastra hacia el centro del reservado.
Miro a Jesús sonriendo, con eso basta para que se levante y vayamos junto a las chicas. Suena una canción de reguetón de la vieja escuela, perfecto para bailar. Las chicas lo están dando todo mientras ríen y hacen movimientos divertidos. Jesús y yo hacemos lo mismo.
—Alonso, tío, nunca te he visto tan obsesionado con una tía —me dice Jesús acercándose a mi oído.
—¿Obsesionado? —le digo intentando disimular—. ¿Qué dices, tío? Me cae bien, y estoy pensando en cómo hacerte la asistencia.
—Se te ha pirado, Alonsillo, no paras de mirar a Lía. Esa mujer te tiene loquito.
—Te equivocas. Ella es guapísima, pero no voy a intentar nada, estamos en mundos totalmente opuestos —miento como un bellaco, si la oportunidad se diera, pienso aprovecharla al mil por cien.
Lía y Olivia se nos acercan divertidas.
—Venga, chicos, ¿tenéis miedo o qué? Podéis acercaros, no mordemos —dice Olivia socarrona.
Nos acercamos. Con un leve gesto indico a Jesús que se vaya con Olivia y con una media sonrisa miro a Lía. Cambia la canción, esta me la sé, perfecto. Me acerco poco a poco a Lía, me da apuro incomodarla, pero bueno, ellas nos han invitado…
Ya casi estamos pegados, me pongo a bailar con ella intentando no rozarme.
Lía no me lo está poniendo nada fácil, parece que algo le ha poseído, baila como una diabla, de esas que te lían con un solo movimiento.
Me está entrando calor, siento cada movimiento de su cuerpo en el mío, mientras me baila de espaldas.
Puedo oler ahora su perfume, noto también gotas de sudor recorriendo su cuello, no puedo resistirme, me pego más a ella y me dejo llevar.
Empiezo a recorrer con mis manos su silueta, no noto resistencia, se estremece, acerco mi boca a su cuello…
Uf, resístete, Alonso, que pareces un puto pervertido, ellas han venido a divertirse.
Creo que Lía se ha dado cuenta de que he aflojado el ritmo.
—¿Qué te pasa? ¿Te has desinflado?
Más bien lo contrario…
—Qué va, es que hace calor, voy a pedir una copa. ¿Quieres algo?
—Tenemos Moët —me dice ella—, coge de ahí si quieres.
—Voy.
Me alejo dirigiéndome hacia la mesa del reservado. Jesús no tarda en alcanzarme.
—¡Pero qué coño haces, tío! ¿eres tonto o qué?
—Estoy yendo a por una copa, ayúdame que no tengo manos.
—Estás haciendo el gilipollas. Estábamos Olivia y yo bailando y nos hemos dado cuenta de cómo os restregabais, ahí han saltado más que chispas, era una puta hoguera, así que te lo vuelvo a preguntar, ¿qué coño estás haciendo?