25 Antes del consejo #3
Tommaso soltó una risa contra su boca y aflojó la mano de la cintura de Chiara, obedeciendo el ritmo sin convertir la lentitud en exhibición.
—Has destruido la parte más convincente de mi estrategia.
—Te recuperarás.
Chiara volvió a besarlo y empezó a abrirle la camisa.
Él le apartó el pelo del cuello, esperó a que ella inclinara la cabeza hacia un lado y entonces besó la piel debajo de la oreja.
El estremecimiento le recorrió la espalda.
Había memoria en ese punto, pero no necesitaba obedecerla. Chiara lo apartó apenas.
—Hoy quiero verte. —Le sostuvo la mandíbula y lo mantuvo frente a ella.
Tommaso entendió. Le abrió la blusa sin esconderse en su cuello, y Chiara terminó de quitársela.
El sujetador que llevaba era suyo, comprado años atrás y lavado suficientes veces para que el color oscuro hubiera perdido la perfección de boutique sin perder el ajuste.
La atención de Tommaso se detuvo en la prenda y luego en ella.
—Ni una palabra sobre patrimonio de marca —dijo Chiara.
—Estaba pensando que el tirante izquierdo está torcido. —Tommaso levantó una mano sin tocarla todavía.
Chiara bajó la vista y comprobó que, efectivamente, lo estaba; el pequeño defecto le hizo gracia justo porque no significaba nada más.
—Eso es más grave. Arréglalo.
Tommaso deslizó un dedo bajo el tirante y lo enderezó, despacio, sin convertir un gesto técnico en autoridad sobre su cuerpo. Chiara sintió la yema de su dedo en el hombro y, cuando él terminó, no le permitió retirar la mano; la llevó hasta su pecho por encima del tejido.
—Ahora sí.
Tommaso la tocó con las dos manos, primero a través del sujetador, pulgares rozando los pezones hasta endurecerlos.
Chiara arqueó la espalda hacia él. Ella misma abrió el cierre y dejó la prenda sobre la silla, lejos de la toalla que alguien había olvidado sobre el radiador.
La mirada de Tommaso cambió de inmediato, conocida y todavía capaz de calentarle la piel.
Se besaron otra vez. Él tomó un pezón entre los labios y Chiara le agarró el pelo, guiándolo cuando quería más presión y apartándolo cuando la sensibilidad se volvía demasiado aguda.
Tommaso no convertía cada ajuste en una pregunta; atendía la mano en su nuca, el movimiento de sus hombros, el modo en que ella lo atraía o lo alejaba.
Cuando Chiara dijo su nombre con una advertencia baja, redujo la presión sin exigir explicación.
Ella le abrió el cinturón y el pantalón. Metió la mano bajo la ropa interior y envolvió el pene duro, recorriéndolo despacio desde la base hasta el glande. Tommaso cerró los ojos un instante y apoyó una mano en su cadera.
Chiara lo llevó hasta el borde de la cama y lo hizo sentarse.
Se colocó entre sus piernas, todavía con pantalón y bragas, y volvió a acariciarlo mientras lo besaba.
El contraste entre estar medio vestida y sentirlo desnudo en la mano la excitó más de lo que había esperado.
Tommaso respiró contra su boca, la palma abierta sobre su muslo, sin guiarle el ritmo.
—Si aceptas Neravia —preguntó de pronto—, ¿esto sigue existiendo?
La mano de Chiara se detuvo alrededor de su pene.
Durante un segundo lo único que oyó fue la calefacción y la respiración de ambos. La pregunta era personal, no una búsqueda de prueba, y aun así el momento la volvía estratégica: Tommaso estaba excitado, ella lo tenía en la mano y cualquier respuesta podía sentirse pegada a la continuación.
—No me preguntes eso mientras te estoy tocando. —Chiara retiró la mano y dio un paso atrás, dejando entre ambos suficiente espacio para que la continuación volviera a ser una elección.
Tommaso abrió los ojos por completo. Apartó la mano de su muslo y dejó las dos palmas sobre la colcha.
—Tienes razón. No respondas. Ha sido una mala pregunta en un peor momento. —Tommaso apartó también las manos y dejó de intentar leer su reacción corporal.
La facilidad con que aceptó el límite no borró la irritación. Chiara se puso de pie y respiró unos segundos, consciente de que podía vestirse, abrir el pestillo y marcharse. Tommaso no la tocó ni trató de rescatar la escena con una disculpa más larga.
—Quiero seguir acostándome contigo —dijo ella al cabo—. La pregunta vuelve después, cuando ninguno tenga el cuerpo metido en la respuesta.
—De acuerdo.
Chiara volvió a acercarse y le tomó la muñeca.
—Quítamelo. —Llevó la mano de Tommaso al botón del pantalón y sostuvo su atención mientras él lo abría.
Él abrió el pantalón y lo deslizó por sus caderas junto con las bragas cuando ella levantó una pierna y después la otra. Chiara quedó desnuda frente a él. Tommaso se inclinó para besarle el vientre, pero esperó con la boca cerca hasta que ella le pasó los dedos por el pelo y abrió más las piernas.
La lengua de Tommaso recorrió primero el interior de un muslo, después el otro, y finalmente la vulva.
Chiara soltó el aire despacio, apoyando una mano en su hombro.
Él encontró el clítoris y empezó con pasadas lentas que ella corrigió tirando apenas de su pelo hasta fijar el ritmo.
Cuando Tommaso llevó una mano a su cadera, Chiara la tomó y guio dos dedos entre sus piernas.
Él esperó allí, tocando solo por fuera, hasta que ella empujó la pelvis contra su mano.
—Uno primero.
El dedo entró despacio. Chiara cerró los ojos y luego los abrió, buscando a Tommaso abajo, entre sus piernas.
La combinación de lengua y penetración le concentró el placer en el vientre.
Le pidió más presión con la mano, menos con la boca, después exactamente lo contrario.
Él siguió sus cambios sin intentar adivinarlos de antemano.
Cuando Chiara quiso un segundo dedo, lo dijo; Tommaso lo añadió y curvó ambos dentro de ella mientras mantenía la lengua sobre el clítoris.
El orgasmo llegó rápido después de eso. Chiara tensó los muslos alrededor de sus hombros, una mano agarrada a la sábana y la otra hundida en su pelo, y se corrió con un gemido que no intentó contener.
Tommaso continuó hasta que ella aflojó los dedos y apartó su cabeza con suavidad.
Se detuvo de inmediato y besó el interior de su muslo.
Chiara permaneció unos segundos en el borde de la cama, respirando con las piernas abiertas. Tommaso se levantó, tomó el vaso de la mesilla y se lo ofreció sin convertir el agua en protocolo.
—¿Eso es una pregunta o una orden? —dijo ella.
—Una botella con ambiciones limitadas. —Tommaso la dejó en la mano de Chiara y se sentó a su lado sin invadir el espacio que ella acababa de recuperar.
Chiara bebió y le devolvió el vaso. La risa le quitó a la habitación un poco de la gravedad que habían llevado desde el café, pero la pregunta de Neravia seguía allí, sin respuesta, y ese resto le gustó menos que cualquier preservativo sin abrir.
Tommaso se desnudó del todo. Chiara lo observó mientras dejaba la ropa junto a la suya, sin prisa, y sintió regresar el deseo con la tranquilidad física que a veces llegaba después de un orgasmo, cuando el cuerpo ya no tenía nada que demostrar.
—Quiero penetración. Quiero llevar yo el ritmo al principio. —Chiara tomó uno de los preservativos y lo puso en la palma de Tommaso.
Tommaso abrió el envoltorio y se colocó el preservativo.
Se sentó apoyado contra el cabecero cuando Chiara se lo indicó.
Ella subió a horcajadas sobre sus muslos, le sostuvo el pene y lo llevó a la entrada de su cuerpo.
La primera presión fue intensa; bajó despacio, se detuvo a mitad y esperó a que la sensación dejara de ser demasiado grande.
Tommaso mantuvo las manos abiertas a ambos lados de su cintura, sin tirar de ella hacia abajo.
Chiara terminó de descender cuando quiso.
Quedó sentada sobre él, llena, con el cuerpo todavía sensible por el orgasmo.
Apoyó las manos en sus hombros y empezó a moverse.
Al principio fueron desplazamientos cortos, apenas un balanceo que le permitía ajustar el ángulo; después levantó la cadera lo suficiente para sentirlo salir casi por completo y volvió a bajar.
Tommaso gimió contra su mandíbula. Chiara lo besó y buscó una de sus manos.
—Puedes ayudarme ahora. —La fijó en su cadera, indicando con el gesto la presión que quería.
Él respondió con una presión que acompañó su descenso sin imponerlo.
La otra mano subió por su espalda. Chiara mantuvo el ritmo mientras el placer crecía de nuevo, menos urgente que antes y más profundo.
Había conocido aquel cuerpo sin nombre, después con apellido, más tarde en habitaciones donde ambos fingían que el trabajo podía quedarse fuera.
Ahora cada dato seguía allí: la familia de Tommaso, su propia omisión, el despido, Neravia.
Ninguno necesitaba desaparecer para que ella quisiera sentirlo dentro.
Tommaso empezó a perder el ritmo de la respiración. Chiara le sostuvo la cara y lo obligó a mirarla.
—No corras.
Él redujo la presión de las manos. Chiara siguió montándolo hasta que los muslos le ardieron y el placer volvió a apretar bajo el ombligo. No persiguió un segundo orgasmo. Le gustaba demasiado la sensación de decidir cada movimiento y sentir a Tommaso contenerse debajo de ella.
—Quiero que te muevas tú —dijo cuando estuvo preparada para ceder parte del control—. Sin levantarnos. Más fuerte que ahora.
Tommaso la sostuvo por las caderas. Esperó a que Chiara dejara de moverse y empezó a empujar desde abajo, primero con la misma profundidad que ella había elegido.
El cambio de poder se sintió de inmediato: Chiara ya no marcaba cada entrada, aunque podía detenerla con una palabra o una mano.
Se aferró a sus hombros y dejó que él aumentara la fuerza poco a poco.
—Así —dijo cuando encontró el punto exacto—. No más rápido.