Sujetadores en la oficina 25 Antes del consejo #4
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25 Antes del consejo #4

Tommaso mantuvo el ritmo. El cuerpo de Chiara empezó a responder otra vez, pero no necesitaba llegar a ninguna meta.

Lo besó mientras él la penetraba, sintiendo el temblor creciente de sus piernas y la tensión en los brazos que la rodeaban sin inmovilizarla.

Cuando Tommaso estuvo cerca, se lo dijo con la voz rota.

Chiara siguió sobre él y le mordió suavemente el labio.

—Sigue.

Tommaso se corrió dentro del preservativo con un gemido áspero y la cara escondida un instante contra el cuello de Chiara. Ella permaneció sentada sobre él hasta que la intensidad bajó, acariciándole la nuca. Después se levantó despacio y sintió la ausencia inmediata de su cuerpo.

Tommaso retiró el preservativo, hizo un nudo en el extremo y lo tiró.

En el baño se lavó las manos y regresó con una toalla pequeña húmeda.

Se detuvo frente a Chiara, mostrándosela.

Ella abrió las piernas lo suficiente y Tommaso la limpió con cuidado, sin convertir el gesto en una disculpa sexualizada.

Cuando terminó, dejó la toalla lejos de la silla.

—Bien —dijo Chiara—. Has evitado el contacto entre humedad y elastano. Primer indicador positivo de la noche.

Tommaso miró hacia el sujetador que había quedado sobre la silla, lejos de la humedad, y recuperó una parte pequeña de su humor.

—Necesito saber si el tirante torcido cuenta como incidencia previa a mi gestión.

—Absolutamente. Hay documentación fotográfica en mi memoria y no tienes acceso.

La risa llegó más fácil. Tommaso se tumbó de lado, dejando entre ambos un espacio que Chiara cerró por decisión propia.

Se acomodó con la cabeza sobre su hombro y una pierna rozándole la rodilla.

Él tiró de la manta hasta cubrirlos y esta vez no preguntó si una manta podía cumplir la función reconocible de una manta.

La pregunta de Neravia seguía esperando, y la facilidad física que acababan de recuperar no le daba derecho a desaparecerla. Tommaso fue quien la devolvió, ya sin tocarla salvo por el peso estable de su brazo debajo de la cabeza de Chiara.

—Lo de antes estuvo mal. Quería saber si podías elegirme aunque eligieras Neravia y aproveché un momento en que una respuesta afirmativa habría sido demasiado fácil.

No fue deliberado de esa manera, pero el efecto era ese.

Lo siento. —Tommaso mantuvo la mano sobre la manta, apartada del cuerpo de Chiara mientras hablaba.

Chiara se incorporó un poco. Agradecía que no intentara limpiar la pregunta diciendo que el sexo no había dependido de ella; ambos sabían que él se había detenido cuando se lo pidió. El problema estaba en haber llevado una necesidad emocional al instante donde el cuerpo podía premiar una respuesta.

—Si me preguntas eso mientras te estoy tocando, una parte de mí puede contestar para que la escena siga bien aunque no sea una condición explícita —dijo—. No quiero que nuestro cuerpo sea el lugar donde probamos verdades que luego usamos contra el otro.

Tommaso asintió sin acercar la mano; la corrección tenía que mantenerse aunque el contacto ya volviera a ser posible.

—Entendido.

—Y ahora sí quiero responderte. —Chiara se incorporó sobre un codo; la respuesta llegaba cuando podía detener la conversación sin detener ninguna caricia.

Él no se apresuró a decir que no hacía falta.

—Quiero estar contigo aunque acepte Neravia —dijo Chiara—. Si acepto. También quiero poder descubrir dentro de seis meses que la relación no sobrevive a lo que hagamos y decirlo sin que eso convierta lo de esta noche en mentira. Hoy te elijo a ti. No estoy firmando el resto de mi vida.

La mano de Tommaso se cerró una vez sobre la manta, lejos de su cuerpo.

—Eso es suficiente. —Tommaso soltó la manta que había apretado y dejó que la frase terminara allí.

Chiara lo observó durante unos segundos. El hombre que en febrero había utilizado encanto para abrir habitaciones y conversaciones seguía queriendo una garantía que no podía obtener; esta vez la necesidad había quedado dicha, limitada y sin premio.

—¿Y tú? —preguntó ella—. Si yo no vuelvo a Valceri, ¿esto sigue existiendo?

—Sí. Si vuelves también. Si pierdes la audiencia también.

Lo que no te puedo prometer es que nunca vayamos a pelear por cómo afectan nuestros trabajos a la relación.

—Tommaso pasó el pulgar por el borde de la manta, no por la piel de Chiara—.

Y si algún día una de esas peleas demuestra que no podemos estar juntos, no usaré mi cargo ni mi dinero para fabricar una solución que tú no has elegido.

Chiara dejó caer otra vez la cabeza sobre su hombro. La conversación podía haber seguido hasta convertir la habitación en una comisión de futuro; la cortó antes.

—Basta de escenarios. —Chiara volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos un instante.

—Gracias a Dios.

Permanecieron un rato sin hablar. El cuerpo de Tommaso seguía caliente bajo el suyo; el olor del sexo se mezclaba con el detergente del hotel y con el jabón que él había usado al lavarse las manos.

Chiara pensó en las semanas en que echarlo de menos había consistido en cosas menores que la cama: un mensaje sobre una caja que no cerraba, la forma en que él se sentaba en el suelo de su cocina sin arreglar una puerta que no le habían pedido arreglar, la capacidad irritante de conseguir una mesa y la disciplina reciente de no conseguir otras cosas porque no tenía derecho.

Esa intimidad seguía dañada y seguía siendo reconocible.

—Hay un límite para el consejo —dijo.

Tommaso giró la cabeza hacia ella y dejó de acariciar el borde de la manta, atento a que el siguiente límite no se diluyera en la intimidad blanda de después.

—Dímelo.

—Si invalidan mi despido, no defiendes mi restitución como tu pareja. Si lo mantienen, no renuncias para demostrar que estás de mi lado. En la audiencia dices lo que puedas sostener y te apartas donde el conflicto sea tuyo. Lo que haga yo después me pertenece.

Tommaso tardó lo suficiente para que la respuesta no pareciera preparada.

—Sí. Y si aparece mañana algo que perjudica tu defensa, llega al comité aunque nos cueste esto.

Chiara levantó la cabeza y lo observó un momento, sorprendida de que él hubiera llegado por su cuenta al límite que ella pensaba formular.

—Eso iba a pedirte.

—Lo sé. Pero necesito que sea también una decisión mía, no una instrucción tuya que luego pueda obedecer y llamarlo virtud.

La frase la sorprendió y le gustó. Chiara no lo premió con un beso inmediato; dejó que quedara entre ambos sin añadirle nada.

—Bien —dijo—. Entonces hazlo porque es tu trabajo.

—Eso pienso hacer.

El teléfono de Chiara vibró dentro del bolso. Ella había dejado el sonido activado por su abogada, y el ruido cortó la habitación con una eficacia que ningún discurso sobre separación de esferas habría mejorado. No se movió de inmediato. Tommaso tampoco miró hacia el bolso.

Chiara terminó por levantarse, todavía desnuda, y recuperó el teléfono.

El mensaje tenía dos nombres que habían vuelto a ordenar el futuro de la casa sin pretender dirigirlo desde fuera.

Hye-jin aceptaba reactivar la due diligence con un bloque específico sobre continuidad de atelier, servicio y gobierno operativo.

Ji-won exigía que la audiencia laboral resolviera primero la validez del despido y la preservación provisional de derechos; cualquier restitución, nombramiento, compensación o participación debía discutirse después, en un proceso separado.

Chiara leyó dos veces y sintió un alivio pequeño, técnico y suficiente.

El consejo ya no podría utilizar una victoria laboral para devolverle el cargo en el mismo gesto y fingir que ambas preguntas eran una sola.

Tampoco Mirae aceptaría que el deseo de cerrar la inversión resolviera quién debía dirigir.

Tommaso seguía en la cama, sin intentar leer la pantalla desde lejos.

Chiara se la mostró porque quiso, acercando la pantalla solo cuando ya había terminado de leer el mensaje completo.

—Mirae reactiva la due diligence. Hye-jin quiere continuidad de atelier y gobierno operativo en el perímetro. Ji-won exige separar la audiencia laboral de cualquier restitución.

Tommaso leyó solo lo visible y devolvió el teléfono a la mano de Chiara.

—Entonces mañana no decide todo.

—Mejor.

Chiara escribió a su abogada que aceptaba la separación y que cualquier discusión sobre regreso, cargo o compensación quedaría fuera de la primera audiencia. Envió el mensaje y dejó el teléfono boca abajo.

Tommaso levantó la manta. Chiara se deslizó a su lado, apagó la lámpara y dejó el teléfono al otro lado de la mesilla, con el mensaje de Mirae ya contestado.