25 Antes del consejo #2
—Solo necesito saber una cosa: si aparece una incompatibilidad real, ¿vas a intentar comprar la solución porque puedes permitírtelo o esperar que yo reduzca mi trabajo porque mi margen económico es menor?
—La pregunta dejó sobre la mesa el salario perdido, la reserva de ahorro y todas las diferencias que el deseo no había borrado.
Tommaso respondió sin ofrecer dinero, coche ni una solución pagada que meses atrás habría presentado como cuidado.
—No. Y tampoco quiero que tú rechaces una opción que deseas para demostrarme que esta relación es segura.
Si algún día no podemos ejercer dos trabajos legítimos y seguir juntos, tendremos que decidir cuál de las dos cosas cambia.
Puede cambiar mi puesto, el tuyo o la relación.
No sabremos cuál hasta que exista el problema.
—Tommaso se detuvo ahí, antes de ofrecer una solución anticipada que habría vuelto a colocar su dinero en el centro.
La respuesta dejaba abierta una posibilidad que ninguna declaración romántica vendía bien: podían quererse y resultar incompatibles. A Chiara le dio más confianza que un juramento de que jamás ocurriría.
—Si eliges Valceri frente a mí alguna vez —dijo—, quiero saber que la elección es realmente entre dos cosas legítimas y no entre tu padre y la mujer que te pide que lo castigues.
Tommaso tardó un poco, aceptando antes de responder que aquella posibilidad podía dolerle sin darle derecho a convertirla en falta.
—Y si eliges Neravia frente a un puesto en Valceri, quiero ser capaz de enfadarme sin tratarlo como una traición personal. No prometo conseguirlo con elegancia a la primera.
—La elegancia no está en el presupuesto.
Esta vez él se rio, breve y cansado.
—Por fin una política de costes que entiendo.
Chiara dejó que la risa bajara. Habían llegado a la zona donde las palabras podían empezar a sonar demasiado buenas si seguían añadiéndoles condiciones.
—No quiero redactar el futuro —dijo—. Quiero saber qué quieres ahora.
Tommaso no respondió con rapidez. Su mano permanecía sobre la mesa, abierta, pero no avanzó hacia la de ella.
—Quiero estar contigo. Quiero seguir trabajando en Valceri mientras pueda hacerlo de una manera legítima.
Quiero enfrentar a mi padre por lo que pueda probar y seguir siendo su hijo aunque eso sea bastante menos cómodo de lo que imaginaba.
Y sigo enamorado de ti. Ninguna de esas cosas cancela las otras.
—La última frase no llegó con una sonrisa ni con una mano extendida; quedó entre ellos sin exigir un movimiento.
Chiara sintió el efecto de la palabra enamorado antes de tener una opinión sobre ella. Durante la separación había aprendido que podía desearlo, echarlo de menos y seguir enfadada; amar no iba a ser una categoría más limpia.
—Yo también te quiero —dijo—. Quiero volver a ser tu pareja.
Cuando digo pareja, digo exclusividad mientras ambos la queramos; si deja de ser verdad para uno, se dice antes de actuar.
No quiero volver al momento anterior a Rho y fingir que la reparación consiste en encontrar la versión de nosotros que todavía no sabía nada.
Tampoco puedo prometerte que recuperaré la misma facilidad para confiar.
Tommaso movió la mano unos centímetros y se detuvo antes de alcanzarla.
—No te la voy a pedir como condición. —Tommaso dejó la mano donde estaba hasta que Chiara decidió acercarse.
Chiara cerró la distancia con dos dedos y los apoyó sobre los suyos. El contacto fue pequeño, casi impropio de dos personas que conocían con precisión el cuerpo del otro, y quizá por eso le resultó más intenso. Tommaso mantuvo la mano quieta. Ella la retiró cuando el camarero dejó la cuenta.
Pagaron cada uno lo suyo sin discutir el gesto.
Afuera, el final de octubre había enfriado las aceras y el tráfico empujaba a caminar en vez de quedarse de pie frente a la puerta.
No eligieron un destino. Avanzaron por calles secundarias, evitando los escaparates más llenos y las zonas donde una cara conocida de la industria pudiera convertirlos otra vez en información.
Durante unos minutos hablaron de cosas que no merecerían un acta.
Filippo había conseguido que una caja dejara de abrirse sola a cambio de admitir que el cierre magnético era una idea peor que una cinta sencilla; Chiara contó que la puerta del mueble de su cocina seguía ligeramente vencida y que todavía cerraba si nadie intentaba mejorarla.
Se limitaron a compartir las pequeñas piezas de vida que la separación había dejado sin destinatario.
Una bicicleta dobló demasiado cerca de la esquina. Tommaso retiró el brazo por reflejo, evitando agarrar a Chiara por la cintura cuando ella dio un paso atrás. La ausencia de contacto le produjo una punzada más fuerte que el susto.
—Puedes tocarme para impedir un accidente —dijo cuando ya estaban en la otra acera.
Tommaso la miró de lado, con una sonrisa que ya no tenía que ganarse el resto de la noche.
—¿Excepción estrecha o facultad discrecional?
—Excepción estrecha. No conviertas tráfico milanés en jurisprudencia íntima.
La risa de él la alcanzó antes de que Chiara pudiera arrepentirse de la frase. Siguieron caminando algo más cerca, todavía sin tocarse, hasta una intersección donde sus rutas podían separarse con facilidad.
Tommaso se detuvo donde las dos rutas se separaban y dejó bastante distancia para que la elección de Chiara no necesitara atravesarlo.
—Puedo irme desde aquí. Lo que acabamos de decidir no depende de que esta noche continúe. —Tommaso señaló con la barbilla la calle que lo llevaba en dirección contraria y se quedó quieto.
La calle de la izquierda lo llevaba hacia una estación; la de Chiara, hacia otra. Ninguna reserva esperaba al final, nadie había pagado una habitación y no existía una promesa sexual escondida dentro de la conversación. Chiara vio con claridad las dos opciones y agradeció que fueran reales.
Podía irse y seguiría habiendo elegido volver con él.
El consejo podía despedirla otra vez en noviembre y la elección seguiría siendo suya.
Neravia podía convertirse en su trabajo y Tommaso seguiría teniendo que decidir si quería una relación con una mujer cuyo futuro no dependía de Valceri.
Precisamente porque nada de eso quedaba resuelto por continuar la noche, Chiara quiso quedarse.
—Quiero acostarme contigo —dijo—. Esta noche. Porque te deseo y porque quiero estar contigo. Si dentro de diez minutos dejo de querer cualquiera de esas dos cosas, paramos y lo que hemos hablado sigue valiendo.
Tommaso no se acercó todavía; la respuesta le llegó con las manos quietas, sin intentar cobrar la decisión mediante contacto.
—Sí. Y lo mismo para mí.
Chiara sacó el teléfono y lo sostuvo entre ambos, ya decidida a que el siguiente movimiento partiera de ella.
—Quiero elegir el sitio. —Chiara ya había desbloqueado el teléfono cuando terminó la frase.
Encontró una habitación a unas calles, pequeña, sin relación conocida con Valceri y suficientemente neutra para que nadie pudiera confundir el lugar con una concesión de acceso.
Tommaso ofreció dividir el coste una vez.
Chiara respondió que quería reservarla ella; él aceptó la decisión sin comentar el precio ni buscar una alternativa mejor mediante su apellido.
Cuando la confirmación llegó, Chiara guardó el teléfono y retomaron la marcha.
El hotel olía a detergente, calefacción y ese perfume genérico con el que los lugares discretos intentaban convencer a cualquiera de que ninguna otra persona había estado allí antes.
Chiara dio su nombre en recepción. Tommaso esperó a un lado y no intervino cuando el empleado les asignó una habitación corriente.
En el ascensor, un espejo enorme les devolvió la imagen de dos adultos vestidos demasiado correctamente para la cantidad de sexo que Chiara llevaba imaginando desde el café.
—¿Sigues queriendo subir? —Tommaso mantuvo las manos dentro de los bolsillos mientras el número del ascensor cambiaba sobre la puerta.
Chiara lo miró en el espejo. La respuesta llegó sin esfuerzo.
—Sí.
La habitación tenía una cama, dos lámparas que no daban la misma luz y una silla destinada a recibir ropa que nadie volvería a doblar con dignidad. Chiara dejó el bolso sobre la mesa, comprobó la salida por costumbre y cerró ella misma el pestillo. Después se quitó el abrigo.
Tommaso dejó su chaqueta en la silla y permaneció a un par de pasos. El deseo entre ambos ya no necesitaba demostración; lo difícil era no utilizarlo para fabricar una certeza que aún no poseían.
—Antes de besarte —dijo Chiara—. Desde que paramos, ¿has estado con alguien?
—No. —Tommaso respondió sin convertir la negativa en una petición de premio—. ¿Tú?
Chiara sostuvo su atención el tiempo suficiente para que la respuesta no pareciera una devolución automática.
—No.
Sacó del bolso el pequeño neceser donde llevaba dos preservativos y los puso sobre la mesilla. Tommaso asintió sin transformar una conversación sanitaria en prueba de fidelidad retrospectiva.
Chiara acortó la distancia. Apoyó la palma sobre su camisa y sintió el calor de él, el corazón más rápido de lo que su quietud sugería. Tommaso dejó las manos a los lados.
—Bésame. —Chiara tomó una de sus muñecas, colocó su mano en la cintura y se inclinó hacia él.
El primer beso no tuvo prudencia teatral.
Fue lento porque Chiara lo quiso lento, porque después de semanas de ausencia necesitaba sentir la boca de Tommaso sin saltar directamente a la urgencia que ambos conocían.
Él la sostuvo por la cintura y la nuca, y cuando la presión de su boca aumentó, ella tiró de su camisa para acercarlo.
La lengua de Tommaso rozó la suya; el deseo le bajó por el vientre con una violencia inmediata que la hizo apartarse apenas para recuperar el ritmo.
—Despacio de verdad —murmuró—. No treinta segundos de ejemplaridad y luego un informe de cumplimiento.