9 Un calcetín azul noche #2
Chiara recordó la reunión: Tommaso había atribuido el patrón a Leone, los materiales a Pina, capacidad a Andrea, diseño a Federica y su error de Como a sí mismo. Ella había pasado días preparada para verlo envolver el resultado en liderazgo y apellido. Esa previsión le había servido. Ya no tanto.
—Me resultabas más fácil cuando podía dar por hecho que te apropiarías del resultado —admitió—. Ahora tengo que corregir la hipótesis.
Tommaso bajó la vista hacia la maqueta.
—No sabía que era importante para mí formar parte de tu modelo de riesgo.
—No lo era para ti. Era cómodo para mí.
La respuesta borró cualquier posibilidad de fingir que el intercambio era solo coqueteo. Él asintió, recolocó la cinta y dijo, después de unos segundos:
—Sigo queriendo ganar. Solo he dejado de creer que ganar consiste en poner mi nombre encima de una solución que no construí.
La reacción de Chiara llegó al cuerpo antes que a la razón. Recordó el hotel de Como, la mano de Tommaso bajo su ropa, su propio «para» y la ausencia inmediata de presión después. Lo deseaba con una facilidad irritante; admirarlo empezaba a costarle más.
—No te acostumbres a que admita progresos —dijo, empujándole la funda—. Te quedan doce minutos.
—Cruel y medible. Una especialidad de la casa.
A los nueve minutos volvió a leer una indicación que ya habían corregido. A los diez se frotó la cara con ambas manos. A los once, Chiara le quitó el lápiz.
—Sillón. Cinco minutos.
—Después termino mi parte.
—Si te duermes, tu parte pasa a correo.
—People uno de los calcetines estaba a medio salir del talón. En algún momento terminó en el suelo.
Chiara lo recogió por el borde. Azul noche, habría dicho comunicación.
Algodón oscuro, habría dicho cualquiera que tuviera una lavadora.
La costura de la puntera estaba ligeramente torcida y el elástico empezaba a ceder.
Valceri podía coordinar un sujetador con braguita, liguero y bata en una misma paleta; la vida cotidiana conseguía que una prenda de hombre acabara sola bajo un sillón antes de medianoche.
Lo dejó sobre el brazo del mueble.
La camisa abierta en el cuello, el antebrazo relajado y el cansancio sin defensa le devolvieron el recuerdo de Como con una claridad física que no necesitaba ayuda.
Recordó el peso de su mano entre las piernas, la respiración cambiando cuando ella lo había tocado y el modo en que Tommaso había retrocedido cuando pidió parar, sin exigir una explicación mientras todavía la tenía a medio vestir.
El deseo respondió al recuerdo con una precisión poco compatible con el cansancio.
Podía acercarse. Podía rozarle la boca y despertarlo de una forma que, despierto, probablemente aceptaría.
Precisamente por eso no lo hizo. La probabilidad no era permiso y la noche anterior no se almacenaba para reutilizarla.
Chiara no necesitó convertir la decisión en una virtud; sencillamente dejó una manta doblada en el respaldo, al alcance de Tommaso si se despertaba, y apartó el vaso vacío de la mesa para que no lo tirara al levantarse.
El cuidado podía existir sin reclamar acceso al cuerpo que lo recibía.
Chiara apagó la lámpara más fuerte, dejó la del pasillo y llevó la focaccia a la cocina. Comió de pie, apoyada contra la encimera, mientras revisaba el calendario del día siguiente. Cuando volvió al salón, Tommaso seguía dormido y el calcetín seguía solo sobre el sillón.
El interfono sonó.
La pantalla mostraba el nombre de Davide.
Chiara pulsó la voz sin abrir el portal.
—¿Qué haces aquí?
—Tengo la carpeta y la bolsa de Bea. Estaba cerca. Subo, te las doy y me voy.
No había ningún mensaje nuevo desde la fotografía de la página. Chiara miró la carpeta inexistente todavía en su recibidor y luego el sillón.
—Te dije mañana.
—Lo sé. Ya estoy aquí.
El ruido del portal llegó por el interfono antes de que ella decidiera si quería abrir.
Chiara se puso los zapatos. No pensaba discutir en la entrada del edificio ni convertir al portero en público de una frontera doméstica.
Esperó con la puerta del apartamento entreabierta, suficiente para recibir lo de Beatrice y nada más.
Davide llegó con la carpeta azul y la bolsa de tela. La fotografía seguía sin doblar y la sudadera estaba dentro. Chiara reconoció el cuidado; negarlo habría sido tan impreciso como convertirlo en permiso.
—Gracias. Mañana habría servido igual.
—He terminado pronto y estaba por la zona.
—Podías haber escrito.
—Podía. Pensé que esto era más fácil.
Al entregarle la bolsa adelantó medio paso por costumbre. Chiara no amplió la puerta. Desde el salón llegó el sonido leve de Tommaso cambiando de postura. Davide levantó la cabeza.
El ángulo no permitía ver el sillón completo. Sí permitía ver el brazo y, encima, el calcetín azul noche.
La atención de Davide se quedó allí el tiempo suficiente para que el objeto adquiriera una autoridad que no merecía.
Chiara trabajaba en una casa que llevaba décadas enseñando a las clientas que un color coordinado, un bordado o una cinta podían expresar intención.
Davide estaba haciendo la operación inversa con una prenda desparejada: había encontrado material y ya quería construirle significado.
—¿Hay alguien? —preguntó.
Chiara dejó la bolsa junto a la consola y mantuvo la carpeta en la mano.
—¿Qué cambia eso en la entrega?
—Nada. Es tarde.
—Entonces no necesitas la respuesta.
Davide retiró la vista del salón, aunque su postura ya había cambiado.
—Después de la fotografía del patio, puede haber una cuestión profesional. Sois dos candidatos y acabamos de revisar el protocolo.
Chiara apoyó la carpeta de Beatrice sobre la consola, cuidando la esquina que la niña había pedido proteger.
—Si existe una obligación profesional, me la envías mañana por el canal profesional. Mi salón no forma parte del análisis.
—No estoy analizando tu salón.
Los dos volvieron a ver el calcetín.
—Acabas de usar un calcetín para decidir que puedes preguntarme quién está dentro.
Davide apretó la mandíbula.
—No se trata del calcetín.
—En eso estamos de acuerdo.
La pausa habría bastado para que se marchara. No lo hizo.
—Me preocupa que estés mezclando una decisión personal con una candidatura que People que había visto una prenda y en menos de un minuto había trasladado la conversación a People que la utilidad doméstica y el cargo habían seguido funcionando como accesos después de que la pareja terminara.
—No vuelvas a hacer esto —dijo.
Davide la miró de frente.
—¿Hacer qué?
—Presentarte después de que te diga que no hace falta. Usar algo de Beatrice para entrar y convertir después lo que ves en una pregunta profesional.
—No he usado a Beatrice.
—La carpeta es real. También era innecesario traerla esta noche. Una cosa no borra la otra.
El gesto de Davide se cerró.
—La he cuidado cuando tú no podías. La he recogido, he resuelto horarios, he estado pendiente de sus cosas. No soy un extraño vigilándote desde un rellano.
Chiara recibió el golpe sin negar lo que contenía de verdad.
—Has cuidado bien de ella muchas veces. No voy a reescribir eso porque esté enfadada contigo. El problema es que yo he dejado que cuidado, nuestra historia y tu cargo sigan entrando por la misma puerta.
La frase le exigió a Chiara reconocer una parte que habría sido más cómodo atribuir entera a él.
Había aceptado recogidas no acordadas porque le ahorraban tiempo, llamadas a deshora porque Davide resolvía con rapidez y una familiaridad doméstica que disminuía el coste inmediato de ser madre sola y candidata a la vez.
Ella también había utilizado aquella zona indefinida mientras le servía.
Lo que no aceptaba era que la utilidad comprara derecho a inspeccionar qué ocurría después.
—No entiendo qué estás diciendo.
—Que yo mantuve abierto un acceso porque me era útil y tú empezaste a tratarlo como permanente. Eso se termina esta noche.
Davide apretó la mandíbula. El reconocimiento de la parte de Chiara no lo tranquilizó; tampoco estaba diseñado para hacerlo.
—No te estoy comprobando.
—Me preguntaste si estaba sola cuando recogiste la carpeta. Te dije que no vinieras. Has visto un calcetín y has pasado de Beatrice a mi candidatura. No necesito adivinar tu intención para poner un límite a la conducta.
Davide miró hacia el ascensor y volvió a ella.
—Porque lo que hagas con él puede afectar al proceso.
—Entonces mañana me envías la regla que corresponda. Esta noche no haces una entrevista desde mi rellano.
Dentro del apartamento sonó el cierre del estuche. Tommaso no se acercó.