9 Un calcetín azul noche
El calcetín azul noche estaba solo sobre el brazo del sillón, con la puntera vuelta hacia la puerta y una costura interior ligeramente torcida.
En el salón de Chiara debía significar lo mismo que una taza sin pareja o una chaqueta dejada sobre una silla: que alguien se había cansado antes de ordenar.
Dos horas después, Davide lo miraría como si Valceri acabara de emitir un certificado de autenticidad.
Antes de eso todavía quedaba una celebración.
La sala de colecciones conservaba el desorden sobrio de una victoria que nadie se atrevía a llamar definitiva.
Había focaccia cortada en cuadrados irregulares, dos botellas de prosecco de las que apenas se había vaciado una, vasos de agua entre carpetas y la funda gris del capo campione ya devuelta a Teresa.
Después de los días en que una sola muestra había necesitado agenda, custodio y capacidad para decepcionar a cuatro departamentos a la vez, la gente hablaba sin mirar la puerta cada treinta segundos.
Chiara estaba terminando con Andrea una corrección de unidades cuando Davide apareció en el umbral con una carpeta gris de People levantó la vista y, tras comprobar que ella no lo llamaba, permaneció donde estaba.
Davide sacó el teléfono. En la fotografía se veía el asiento trasero de su coche con la carpeta azul del proyecto de ciencias y una bolsa de tela de la que asomaba la sudadera de Beatrice.
—Se lo ha dejado conmigo. Dice que mañana necesita una hoja de la carpeta. Puedo llevártelo cuando termines aquí.
Chiara amplió la imagen. La esquina donde Beatrice había pegado una fotografía seguía intacta; esa mañana la niña había escrito dos mensajes sobre unas etiquetas del sistema solar y ninguno justificaba un traslado nocturno de material escolar.
Tenía la noche cubierta según el plan de cuidado acordado.
Si necesitaba una página, bastaba una fotografía.
—Mándale la hoja que te pida y deja la carpeta mañana en el colegio —dijo, devolviéndole el teléfono—. No hace falta que vengas a casa.
Davide guardó el móvil.
—Ya lo tengo en el coche. Pasar me cuesta diez minutos.
Durante años, aquella clase de disponibilidad había resuelto problemas reales.
Davide había recogido a Beatrice, cambiado horarios, recordado objetos olvidados y cubierto huecos que a Chiara le habrían costado dinero o una reunión perdida.
El cansancio le hizo notar antes la deuda que la irritación; quizá por eso respondió con más precisión.
—Mañana sirve. Si Bea necesita algo esta noche, me mandas la foto.
Davide tardó un instante antes de asentir. Se despidió de Teresa y de Andrea, y al cruzar la sala volvió la cabeza hacia Tommaso solo una vez. Chiara esperó a que la puerta se cerrara y regresó a la mesa.
Federica estaba retirando vasos para que Teresa pudiera salvar los papeles de una mancha de prosecco.
—¿Todo bien? —preguntó, sosteniendo una bandeja que se había inclinado peligrosamente.
—Una carpeta escolar en el coche equivocado.
Teresa puso dos trozos de focaccia en un recipiente, encajó la tapa y se lo entregó a Chiara.
—Llévatelo. Mañana puedes volver a fingir que el café es una comida.
Andrea alzó la cabeza desde su hoja.
—Eso no es nutrición. Es prevención de parada no planificada.
—Gracias por llevarlo a un lenguaje que puedo aprobar —dijo Chiara, guardando el recipiente en el bolso.
La risa repartió el peso de la interrupción entre los demás y, poco después, la sala empezó a vaciarse.
Pina y Andrea tenían que volver a Grandate; Federica se quedó con Leone revisando la última corrección visual; comunicación recogió las botellas casi enteras con la decepción práctica de quien había comprado más celebración de la necesaria.
Antes de irse, Pina abrió la funda gris una última vez para comprobar que el capo campione había vuelto de ventas sin una marca de bolígrafo ni una cinta prendida donde no debía.
Teresa se quedó a su lado hasta que la prenda volvió al papel de seda.
La escena habría parecido excesiva a cualquiera que no hubiera pasado la semana viendo cómo una sola pieza acumulaba horarios ajenos.
Chiara la encontró tranquilizadora: la campaña podía permitirse hablar de deseo, pero alguien seguía teniendo que comprobar que el cierre no se había enganchado en el traslado.
—Mañana no quiero esta pieza en ninguna mesa sin mi nombre o el de Leone —dijo Pina, cerrando la funda.
Teresa escribió la indicación sin levantar la vista.
—Mañana no la verá una mesa si no está antes en mi hoja.
—Eso es una amenaza creíble —comentó Filippo, que estaba reuniendo vasos.
—Es archivo —corrigió Teresa.
Filippo aceptó la corrección y se llevó la bandeja.
El pequeño intercambio dejó a Chiara con una sensación que no cabía en los resúmenes del comité: la colección había avanzado porque cada persona había defendido un límite concreto, y la celebración consistía también en devolver objetos a quienes debían conservarlos.
Ninguno de ellos necesitaba que Vittorio lo convirtiera al día siguiente en una historia de intuición familiar.
Tommaso se acercó cuando Chiara cerraba el portátil. Llevaba un estuche negro que Ornella había registrado aquella tarde.
—La maqueta de hospitality tiene mi recorrido y tu tabla comercial. El proveedor espera comentarios hoy.
Chiara comprobó la etiqueta. Dentro no había producto ni datos de clientas, solo una propuesta para citas privadas: funda, tarjeta de recepción, orden de recorrido y una cinta de satén en el negro tinta de la colección.
Lo bastante inofensivo para salir del Palazzo y lo bastante urgente para robarle media hora de sueño.
—La reviso en casa —dijo ella—. Mañana no tengo una franja antes de la llamada con la cantante.
Tommaso sostuvo el estuche, pero no dio por hecho el resto.
—Mi parte también está ahí. Puedo revisarla contigo y evitamos dos devoluciones contradictorias. Si prefieres, te mando mis comentarios ahora y tú cierras la versión.
La opción más prudente era separarlos. La más eficiente era treinta minutos de trabajo conjunto, y después de Como fingir que la distancia seguía resolviendo lo que existía entre ellos le parecía una pérdida sin retorno claro.
—Treinta minutos. Al treinta y uno te vas aunque la cinta haya iniciado una negociación colectiva.
—Me tranquiliza trabajar con criterios objetivos.
En la calle, la humedad de febrero había dejado el pavimento brillante sin volverlo bonito.
Tomaron un coche para no deformar la maqueta en el trayecto.
Tommaso repasó los tiempos de recepción mientras Chiara respondió dos mensajes de compradores.
Bellori había confirmado menos profundidad en el body heroico y más unidades en dos referencias ya aprobadas.
—La orden es menos fotogénica —comentó Tommaso, leyendo la nota—, pero Andrea podrá fabricarla.
—Las órdenes de compra tienen esa mala costumbre: esperan producto.
Él sonrió y siguió leyendo. No preguntó por Davide. Chiara registró la omisión con una atención que habría preferido dedicar al margen.
En el apartamento dejó el estuche sobre la mesa y comprobó un mensaje de Beatrice.
Davide le había enviado la página correcta.
La niña añadía, en mayúsculas, que nadie doblara la esquina con la fotografía porque el pegamento aún no estaba «de confianza».
Chiara respondió que la carpeta estaría intacta al día siguiente.
—Crisis científica contenida —dijo mientras dejaba el móvil boca abajo.
Tommaso se quitó el abrigo y, al verla dejar los zapatos junto a la entrada, hizo lo mismo.
—¿Plutón sigue fuera del proyecto?
—Beatrice sostiene que las decisiones colectivas tienen límites morales cuando perjudican su maqueta.
—Una visión de gobierno muy extendida.
Chiara abrió el estuche antes de que la conversación adquiriera otra clase de intimidad.
La propuesta funcionaba peor en las manos que en las fotografías.
La tarjeta con el nombre del comprador quedaba oculta hasta abrir la funda; la cinta necesitaba dos manos para soltarse; una instrucción ordenaba «acompañar discretamente al huésped hacia su experiencia» sin indicar a qué sala, quién decidía el destino ni en qué momento terminaba el acompañamiento.
Tommaso leyó la frase y tachó media línea.
—Esto lo ha escrito alguien que nunca ha tenido a tres personas esperando detrás. Si ponemos «salón asignado según agenda», recepción sabe adónde va y discreción deja de significar improvisar con voz baja.
Chiara cronometró la apertura y perdió seis segundos cuando la cinta volvió a engancharse.
—La tarjeta tiene que verse antes. Ornella no puede descubrir a quién recibe después de empezar a llevarlo por el edificio.
Tommaso sacó la tarjeta y probó una ranura lateral. Chiara repitió la secuencia; ahora el nombre aparecía, pero el satén levantaba una esquina.
—Mejor. Seguimos obligando a elegir entre leer el nombre y conservar intacta la fantasía del conjunto perfecto.
—Sacrifiquemos la fantasía.
—Eso sí necesita presidencia.
La risa de Tommaso fue baja y cansada. A esa hora, su facilidad social había perdido el brillo útil de una sala de compradores. Quedaba un hombre que volvía a leer la misma instrucción porque ya no tenía energía para convertirla en algo elegante.
—Lo del comité —dijo él al colocar de nuevo la tarjeta—. Ayer parecías enfadada.
Chiara dejó el cronómetro.
—No contigo.
—Qué alivio tan poco satisfactorio.
—No conviertas una mejora en una crisis personal.
Él apoyó el lápiz y esperó.