9 Un calcetín azul noche #3
Davide perdió por fin la cobertura profesional.
—¿Te has acostado con él?
La pregunta dejó de pertenecer al cargo y, por eso mismo, terminó de ordenar lo demás.
—No voy a responderte.
—Eso ya es una respuesta.
—No. Es una frontera.
Chiara acercó la puerta unos centímetros. Le dolía el cansancio en la espalda y tenía que levantarse en pocas horas; no necesitaba convertir una decisión tardía en una discusión exhaustiva.
—A partir de ahora, cualquier cosa de Beatrice se coordina antes.
Si ella quiere verte o necesita algo y tiene sentido, lo hablamos.
No le preguntas por mí, no la usas de mensajera y no apareces donde yo esté porque conoces su horario.
A mi casa no vuelves sin preguntar y recibir un sí.
Y People si quiere verte, lo coordinamos; si yo digo que una entrega puede esperar, esperas.
Davide bajó la vista hacia la bolsa que ya no sostenía.
A Chiara le importaba que aquella parte quedara limpia.
No quería castigar una relación de cuidado que Beatrice podía valorar ni convertir a la niña en argumento a favor de uno de los dos.
El cambio estaba en el acceso de Davide a su casa y a su vida, no en adjudicarle a Beatrice una lealtad que nadie le había preguntado.
La respuesta pareció dolerle de una manera que Chiara no quiso utilizar. Davide se pasó el pulgar por la costura del guante.
—Siempre haces lo mismo. Cuando algo te incomoda, lo conviertes en proceso.
Durante una semana, medio Valceri había aprendido que un permiso no podía presumirse porque una acción hubiera sido aceptada antes. Chiara no necesitaba trasladar el manual a su casa para entender una versión mucho más simple.
—Y tú has convertido la familiaridad en permiso. Esa parte entre nosotros se acabó.
Davide parpadeó.
—Chiara...
—No estoy borrando lo que hiciste por Beatrice. Estoy cerrando lo que quedó de nuestra relación personal por costumbre. No eres mi pareja. Tampoco eres mi supervisor fuera del Palazzo. Yo he tardado demasiado en comportarme de acuerdo con eso.
El enfado siguió en la cara de Davide, pero ya no tenía un cargo detrás que le prestara vocabulario.
—¿Y él qué es?
Chiara miró hacia el apartamento. Tommaso seguía fuera de vista.
—Algo que decidiré con él. No algo que tenga que definir para ti.
Davide dio un paso atrás.
—Te escribiré por Bea.
—Sí.
—Y mañana tendrás por correo lo que corresponda profesionalmente.
—Bien.
Las puertas del ascensor se cerraron con él dentro. Chiara permaneció un momento en el rellano y sintió únicamente cansancio. No había ganado nada. Había retirado un acceso que debía haber delimitado antes.
Entró y cerró con llave.
Tommaso estaba ya calzado, con el estuche listo y el calcetín azul noche entre dos dedos.
—He localizado la prueba principal —dijo, levantándolo apenas.
El humor llegó sin reclamar la escena.
—Tiene antecedentes de desparejarse.
—Puedo aportar una coartada basada en sueño profundo.
—El propietario es una fuente interesada.
Tommaso guardó el calcetín en el bolsillo. En cuanto desapareció, el salón volvió a contener una mesa con tarjetas, un sillón usado y focaccia a medio terminar. La prenda dejó de ser una tesis y volvió a ser algo que terminaría en una lavadora.
—Me voy —dijo él, tomando el abrigo—. El proveedor ya tiene mis correcciones. No hace falta terminar nada más esta noche.
Chiara oyó todo lo que la frase no intentaba conseguir. No había beso, invitación ni oferta de ocupar el espacio que Davide acababa de perder. Tommaso tampoco preguntó qué eran ellos.
—Gracias por no intervenir.
Él se puso el abrigo sin acercarse.
—No era mi discusión.
—Has oído bastante.
—Lo suficiente para saber que tampoco es el momento de preguntarte nada.
La respuesta aumentó un tipo de riesgo que Chiara habría preferido mantener bajo control: la posibilidad de confiar en alguien por actos que todavía no alcanzaban a responder la pregunta de Como.
Señaló el estuche.
—Mañana necesito la versión consolidada antes de las ocho.
Tommaso comprobó el cierre.
—Por fin una relación con términos comprensibles.
—Y consecuencias por retraso.
Él sonrió y salió.
Chiara cerró la puerta, envió a Davide tres líneas sobre las entregas de Beatrice y dejó el teléfono lejos del sofá. Después comprobó la carpeta escolar. La hoja seguía lisa. La esquina seguía sin doblarse.
El apartamento parecía más pequeño después de la discusión, aunque nada hubiera cambiado de sitio.
La manta seguía doblada, el recipiente de Teresa conservaba un trozo de focaccia y sobre la mesa la maqueta de hospitality esperaba una corrección que ya estaba enviada.
Chiara recogió dos tarjetas, lavó el vaso de Tommaso y dejó el sillón como estaba.
No necesitaba limpiar la escena para demostrar que nada había ocurrido.
Tampoco necesitaba decidir aquella noche qué significaba Tommaso.
Habían tenido sexo antes de conocer sus apellidos, se habían besado sabiendo ya lo suficiente para perjudicarse, habían parado en Como antes de utilizar el cuerpo para tapar una pregunta y acababan de pasar media hora corrigiendo una cinta antes de que él se durmiera.
Ninguno de esos hechos era una definición.
La negativa de Tommaso a ocupar el hueco que Davide acababa de perder sí añadía información, pero Chiara se negó a convertir una conducta correcta en una garantía futura.
Puso la alarma, dejó la carpeta de Beatrice junto a la puerta para que no se quedara atrás y se acostó sin abrir el correo de People antes del veinticuatro, la artista quería repetir la secuencia completa en escenario: luz, temperatura, calzado, entrada, canto y cambio real.
No quería descubrir ante compradores que una prenda capaz de respirar en modelería dejaba de hacerlo cuando la presentación añadiera todo lo demás.
Leone pidió la secuencia exacta. Federica abrió las necesidades de luz. Andrea mantuvo a Grandate fuera de cualquier promesa que no afectara a producción. Tommaso ocupó su silla y no buscó a Chiara más de lo necesario para trabajar.
Chiara abrió el calendario del montaje.
Quedaban cinco días.
No había una sola franja limpia de escenario.