Sujetadores en la oficina 1 Sin apellidos, pero bien follada #3
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1 Sin apellidos, pero bien follada #3

La respuesta salió sin juego. Chiara inclinó la cabeza y lo tomó en la boca.

No lo hizo para devolver nada. Le gustaba la sensación del pene caliente contra la lengua, el control de marcar la profundidad, escuchar cómo la respiración de Tommaso se volvía menos uniforme.

Aumentó el ritmo y él cerró una mano sobre la colcha, manteniendo la otra lejos de su cabeza.

Cuando Chiara redujo la velocidad, no la empujó ni intentó recuperarla.

—Chiara —dijo.

Su nombre, sin apellido y sin ninguna obligación detrás, la excitó de una manera que no había previsto.

Se apartó antes de que él se corriera. Tommaso dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó el aire.

—¿Problema? —preguntó ella.

—Ninguno que no pueda superar con dignidad.

Chiara se puso en pie. Él también y la besó con hambre, agarrándola por las caderas hasta que ella sintió su erección contra el vientre. El sabor de ella en los dedos de Tommaso y el de él todavía en su boca borraron la última capa de distancia educada.

Chiara deslizó una mano entre ambos.

—Preservativo.

Tommaso se apartó enseguida. Abrió el cajón de la mesilla, sacó una caja cerrada y le mostró el envoltorio. Chiara comprobó la fecha por reflejo profesional, se dio cuenta de que estaba haciendo control de calidad a un condón en una habitación de hotel y se echó a reír.

—¿Qué?

—Nada. Está bien.

Tommaso abrió el envoltorio.

—Tu risa no inspira confianza.

—El preservativo sí. Continúa.

Él se lo colocó. Chiara se tumbó en la cama y abrió las piernas, todavía con las bragas bajadas hasta un tobillo. Tommaso se inclinó sobre ella y le quitó la prenda del pie antes de apoyarse entre sus muslos. La dejó caer junto a la cama.

Chiara señaló con la barbilla.

—Esa puede quedarse ahí.

—Por fin una prenda sin protocolo.

Chiara dejó la braga donde había caído.

—Tiene. Pero mañana.

Tommaso sonrió y la sonrisa desapareció cuando el glande rozó su entrada. Se sostuvo sobre los brazos.

—Dímelo.

Chiara supo exactamente qué pedía. Podía haber respondido con un gesto; eligió las palabras porque el deseo las volvía parte del placer.

—Quiero que me folles.

Tommaso entró despacio. Chiara sintió la presión abrirla, el roce progresivo hasta que su cuerpo lo recibió por completo. Le agarró la cadera.

—Más.

Él avanzó el último tramo y se quedó quieto unos segundos. Chiara movió la pelvis debajo de él.

—Ahora.

Tommaso empezó a follarla con un ritmo lento que dejó de ser prudente en cuanto ella lo acompañó. Cada embestida encontraba un ángulo distinto; Chiara le rodeó la cintura con una pierna y lo acercó. El movimiento siguiente le rozó más profundo y el gemido le salió antes de que pudiera moderarlo.

—¿Ahí?

—Sí. No lo pierdas.

Tommaso repitió el ángulo. Chiara sintió el golpe de placer extenderse desde la pelvis, mezclado con la fricción del colchón bajo la espalda y el calor del cuerpo de él.

Lo quería más rápido; se lo pidió. Tommaso aceleró, la cama empezó a golpear suavemente la pared y Chiara decidió que la reputación acústica del hotel podía sobrevivir.

El orgasmo anterior la había dejado sensible. El siguiente empezó a construir con rapidez y, cuando la penetración dejó de bastarle, tomó la mano de Tommaso y la llevó entre sus cuerpos.

—Tócame.

Los dedos encontraron el clítoris. Chiara corrigió la presión con un movimiento de la cadera y luego ya no tuvo que dirigir nada. Tommaso mantuvo el ritmo de la mano mientras seguía entrando en ella, y la combinación le quitó las palabras durante unos segundos.

—Así —consiguió decir—. Sigue así.

La tensión creció hasta romperse. Chiara se corrió otra vez con un gemido que terminó en el nombre de él.

Su vagina se contrajo alrededor del pene mientras las oleadas le recorrían el vientre; apretó la pierna en torno a la cintura de Tommaso y sintió cómo él reducía la velocidad para dejarla atravesar el orgasmo.

Cuando pudo respirar con regularidad, Chiara movió la cadera.

—Sigue.

Tommaso obedeció. El control de su respiración empezó a romperse; las embestidas se volvieron más cortas, más tensas.

Chiara lo observó perder parte de esa facilidad con la que había sostenido todas las pausas en el bar.

Le gustó verlo así, concentrado en su cuerpo y sin ninguna posibilidad de convertir el momento en encanto social.

Le clavó los dedos en la espalda.

—Córrete.

Tommaso gimió contra su hombro. Unos movimientos después se quedó rígido sobre ella y Chiara sintió las pulsaciones a través del preservativo. Él permaneció quieto mientras recuperaba el aliento, apoyando el peso en los brazos para no aplastarla, y luego se retiró con cuidado.

Durante unos segundos ninguno habló.

Tommaso se ocupó del preservativo y fue al baño. Volvió con una botella de agua y una toalla húmeda.

—¿Agua?

Chiara bebió media botella antes de pasársela. Aceptó la toalla, se limpió y se dejó caer otra vez contra la almohada. El cuerpo todavía le latía bajo la piel.

Tommaso se sentó en el borde de la cama.

—¿Necesitas salir a alguna hora?

La pregunta tocó la frontera sin cruzarla. No preguntaba adónde ni por qué.

—Cinco cuarenta.

Él miró la hora.

—Puedo poner una alarma.

—Yo también tengo teléfono.

Tommaso levantó una mano.

—Oferta logística retirada.

Chiara le lanzó una almohada pequeña. Él la atrapó, la dejó en su sitio y, antes de tocarla de nuevo, esperó.

—¿Te quedas a dormir?

Chiara pensó en la casa, en Anna, en la rutina de la mañana y en el hecho improbable de que todavía podía dormir varias horas si dejaba de convertir cada minuto en una decisión.

—Sí. Hasta las cinco cuarenta.

—Eso sí lo había entendido.

Compartieron la cama sin hacer preguntas nuevas. Tommaso apagó la lámpara de su lado; Chiara dejó el teléfono en la mesilla con la pantalla hacia abajo. Dormir junto a él le pareció menos íntimo que explicar por qué debía marcharse antes del amanecer.

El sueño llegó en fragmentos.

A las cinco cuarenta, el teléfono de Chiara vibró sin música. Abrió los ojos y tardó menos de un segundo en recordar la habitación. Tommaso ya había estirado la mano hacia su propio móvil para comprobar la hora, pero se detuvo al ver que la alarma era de ella.

—Buenos días.

—Eso está por demostrar.

Chiara se levantó. El vestido seguía extendido en el respaldo de la butaca exactamente como lo había dejado; el sujetador, al lado, también. Las bragas, en cambio, habían quedado en el suelo junto a la cama.

Tommaso siguió su mirada.

—Puedo intentar una intervención.

—No. Has superado tu competencia al doblar una prenda y casi la arruinas. Aprende del incidente.

Chiara se agachó a recoger la ropa interior.

—Una noche y ya tengo un expediente.

El encaje había sobrevivido a la publicidad espontánea de su vida real sin más daño que necesitar lavado a mano y varias horas de secado que ella tendría que encontrar en algún momento entre la escuela y la oficina. La contradicción la hizo sonreír mientras se vestía.

Tommaso se puso el pantalón y se quedó a una distancia que permitía que ella terminara sin convertir la mañana en continuación automática de la noche.

Al abrocharse el abrigo, Chiara notó el borde exacto donde la regla podía romperse con una pregunta aparentemente inocente. ¿Dónde te encuentro? ¿Vives aquí? ¿Cuál es tu número? Bastaba una para transformar una noche sin consecuencias previstas en una posibilidad repetible.

Tommaso pareció llegar al mismo punto.

—Chiara…

Ella esperó.

Él sonrió apenas.

—Que te vaya bien hoy.

La pregunta que no hizo pesó más de lo que debía.

—A ti también, Tommaso.

Chiara abrió la puerta.

—¿Sin apellidos? —preguntó él.

Ella lo miró desde el pasillo.

—Sin apellidos.

La puerta se cerró con suavidad.