Sujetadores en la oficina 1 Sin apellidos, pero bien follada #2
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1 Sin apellidos, pero bien follada #2

A Chiara se le escapó una risa corta. Había facilidad en él, pero no la facilidad aparatosa de quien necesitaba dominar cada pausa.

Parecía cómodo dejando huecos. Podía ser educación, entrenamiento, dinero, una vida sin horarios imposibles o cualquiera de las otras cosas que ella se negaba a averiguar aquella noche.

—Tommaso —dijo él.

—Chiara.

Ninguno añadió apellido.

—Ya hemos completado la parte administrativa —comentó.

—¿Siempre te parece administrativa la identidad?

Tommaso centró el posavasos bajo la copa antes de responder.

—Solo cuando la biografía amenaza con estropear una conversación que funciona.

La frase la alcanzó con una claridad física.

Chiara llevaba semanas distribuyendo su tiempo entre personas y tareas que tenían derecho a pedirle algo.

Valceri quería decisiones. Beatrice quería horarios que se cumplieran.

Anna necesitaba saber cuándo acudir. Incluso el proceso sucesorio convertía la ambición en disponibilidad registrada.

Aquel desconocido no podía pedirle nada de eso porque no sabía que existía.

El deseo apareció primero como una atención más precisa a su boca y a sus manos, después como calor bajo el esternón y una curiosidad que no tenía utilidad alguna.

—Una condición —dijo Chiara.

Tommaso apartó la copa.

—Dime.

—Sin apellidos. Sin trabajos. Sin preguntas que obliguen a mentir.

Él sostuvo su mirada y asintió.

—Y sin prometer que esto continúa mañana.

—Esa es tu condición.

Chiara bebió y lo dejó sostener su propia condición.

—Correcto.

Una cuenta que no era de ninguno cayó por error entre sus manos. Los dos fueron a apartarla; Tommaso retiró la suya antes de tocarla al mismo tiempo que ella. El gesto no tenía importancia suficiente para convertirse en prueba de nada, precisamente por eso Chiara lo registró.

—¿Estás sobrio? —preguntó.

—Sí. He bebido menos de una copa. ¿Tú?

Chiara levantó el vermut, todavía por encima de la mitad.

—También.

No hicieron ceremonia con la comprobación. Siguieron hablando.

Las reglas los obligaban a escuchar de otra manera. Hablaron de comida, habitaciones y personas que daban instrucciones imposibles sin nombrar profesiones. Cuando Tommaso dedujo que Chiara estaba acostumbrada a decidir bajo presión, ella señaló la infracción.

—Eso ya roza el trabajo.

—Retiro la inferencia.

Chiara alzó dos dedos, cortando la inferencia antes de que creciera.

—No se puede retirar una inferencia.

Tommaso ladeó la cabeza, y por primera vez pareció elegir las palabras antes que el encanto.

—Puedo dejar de utilizarla.

La respuesta le gustó. No lo suficiente para confiar en él; sí para quedarse otros diez minutos.

Esos diez se convirtieron en treinta. El teléfono vibró una sola vez. Chiara miró la pantalla sin abrir el mensaje: Ya duerme. Me quedo. Llámame si cambias de plan.

Tommaso no intentó leer por encima de su mano.

Chiara respondió a Anna y dejó el móvil otra vez boca abajo.

—Mi plan ha cambiado.

La atención de él se hizo más precisa, sin asomo de triunfo.

—¿En qué dirección?

—En una que requiere una pregunta permitida. ¿Tienes una habitación cerca?

Tommaso inspiró despacio.

—Sí.

—¿Estás solo?

Tommaso dejó la botella y esperó sin acercarse.

—Sí.

Chiara dejó el dinero de su bebida sobre la barra. Tommaso hizo lo mismo con la suya, sin cubrir la de ella.

—Entonces vamos.

El frío había endurecido la humedad del pavimento.

Caminaron pocas calles hasta un hotel de entrada discreta, bastante pequeño para que el vestíbulo no tuviera público y bastante anónimo para que Chiara no sintiera que acababa de entrar en la vida de él.

Tommaso pasó una tarjeta y el recepcionista apenas levantó la vista.

En el ascensor, él se quedó apoyado en la pared opuesta.

—Todavía puedes cambiar de idea. Bajamos y cada uno sigue su noche.

La puerta seguía abierta. Chiara sostuvo la mirada de Tommaso mientras las hojas metálicas empezaban a juntarse. Apoyó la palma en el sensor y las detuvo.

—No necesito una salida preparada para saber que puedo irme.

—Entendido.

El ascensor seguía abierto. Chiara mantuvo la mano en el sensor.

—Y no quiero irme.

Retiró la mano. Las puertas se cerraron.

Tommaso abrió la habitación y se apartó para dejarla entrar primero. Chiara dejó el bolso sobre una consola, se quitó el abrigo y, antes de que él pudiera llenar la distancia con otra pregunta, lo agarró por la camisa y lo besó.

El alivio fue casi tan intenso como el deseo.

No tenía que explicar la jornada, el correo, la niña dormida en su casa ni la razón por la que una mujer que contaba minutos había decidido perder varios de aquella manera.

La boca de Tommaso respondió sin precipitarla.

Cuando Chiara le rodeó la nuca, él apoyó una mano en su cintura; cuando ella pegó la pelvis a la suya, la presión de su erección a través de la ropa le arrancó una exhalación.

Tommaso se detuvo lo justo.

—¿Bien?

—Muy bien. Y no me preguntes por cada centímetro.

La sonrisa que le rozó la boca desapareció cuando volvió a besarla. Esta vez la mano subió por su espalda, encontró la cremallera del vestido y esperó.

Chiara asintió.

La cremallera descendió. El aire de la habitación tocó la piel que la tela había cubierto durante todo el día y, un instante después, la boca de Tommaso siguió la línea de su cuello hasta el hombro.

Chiara desabrochó su camisa con menos paciencia de la que habría tolerado en otra tarea.

El cuarto botón se resistió y Chiara tiró de él.

—Eso va a costarte una camisa.

—Por ahora me parece un gasto razonable.

Chiara liberó el botón y dejó la camisa abierta.

—No tienes datos suficientes.

—Estoy dispuesto a asumir riesgo.

Chiara le abrió el botón sin romperlo.

—Mala suerte. Riesgo mitigado.

Tommaso soltó una risa baja, pero el humor se acabó cuando ella le pasó las manos por el pecho y sintió el movimiento de su respiración. Él le bajó el vestido por los brazos. La prenda cayó al suelo junto a la butaca; al recogerla, Tommaso la dobló por la mitad.

—No.

Se quedó inmóvil con la tela entre las manos.

—¿No?

Chiara tomó el vestido y deshizo el pliegue.

—Así se marca.

—Acabo de ser corregido al intentar ser ordenado.

Chiara alisó la tela y señaló el respaldo de la butaca.

—Has intentado ser ordenado con el método equivocado. Es peor.

Extendió la prenda sobre el respaldo para que no se formara la línea del doblez.

Debajo llevaba un conjunto negro que se había puesto aquella mañana por razones tan poco eróticas como que no marcaba bajo la ropa y sobrevivía bien a una jornada larga.

El sujetador era suyo, legítimamente suyo, elegido para desaparecer; el hecho de que Tommaso lo mirara como si acabara de entrar en escena por decisión propia le produjo una satisfacción privada que la campaña más cara del mundo no habría podido prometerle a las siete de la mañana.

—¿Eso también tiene instrucciones? —preguntó él.

—Todo lo que promete espontaneidad tiene instrucciones de lavado.

Tommaso miró el vestido, después el sujetador.

—Empiezo a sospechar que la espontaneidad es una estafa cara.

—Solo cuando alguien intenta venderla.

La respuesta dejó un silencio diferente. Chiara había hablado de trabajo sin decir cuál era su trabajo; él no aprovechó la grieta para preguntar. La siguió con la mirada cuando ella dejó la tela bien extendida y, en vez de acercarse, esperó.

—Ven —dijo Chiara.

Tommaso obedeció.

Ella le quitó la camisa y deslizó las manos por su torso.

Él bajó la boca hasta sus pechos, primero sobre el encaje, luego apartando el borde cuando Chiara arqueó la espalda.

La lengua le rozó un pezón y Chiara sintió un tirón de placer que se concentró entre las piernas.

Le gustó que no supiera qué esperaba de ella; le gustó más no tener que cumplirlo.

Tommaso desabrochó el sujetador y lo dejó sobre la butaca sin doblarlo. Chiara miró la prenda.

—Aprendes rápido.

—Tengo motivación.

Ella le tomó la mano y la llevó por debajo de la cintura de las bragas.

—Entonces demuestra capacidad de ejecución.

—Esa sí suena a trabajo.

Chiara colocó la mano donde la quería; la broma dejó de importarle.

—Cállate.

Lo besó antes de que pudiera contestar. Los dedos de Tommaso encontraron su vulva y se movieron con presión contenida. Chiara abrió más las piernas. Él la acarició una vez, dos, y cuando buscó su clítoris ella le sujetó la muñeca para corregir el ángulo.

—Más despacio.

Tommaso cambió inmediatamente el ritmo.

El placer creció bajo una atención que no intentaba adivinarla.

Chiara apoyó la frente contra la suya, respiró por la boca y dejó que las sensaciones ocuparan el espacio que normalmente reservaba para anticipar el siguiente problema.

Cuando quiso más presión, la pidió. Cuando Tommaso introdujo dos dedos y el movimiento le resultó demasiado rápido, le guio la mano otra vez.

—Así. No cambies.

Él no cambió.

Chiara llegó al orgasmo de pie, sostenida por su propio equilibrio y por la mano que tenía cerrada en el hombro de Tommaso.

La contracción le endureció el vientre y le cerró los muslos alrededor de la mano de él; el placer la atravesó en oleadas cortas, intensas, hasta dejarla respirando contra su cuello.

Tommaso esperó sin hablar. Después le besó la mandíbula.

Chiara abrió los ojos.

—Eso ha sido eficiente.

Él soltó una carcajada contra su piel.

—Me niego a aceptar esa evaluación sin criterios publicados.

—No hay apelación.

Tommaso recuperó el aliento contra su hombro antes de alzar la cabeza.

—Sistema autoritario.

—Y, sin embargo, has cumplido.

El humor terminó ahí. Chiara lo besó con la misma boca con que acababa de reírse y lo llevó hacia la cama. Tommaso se sentó en el borde; ella se arrodilló entre sus piernas, abrió el pantalón y le bajó la ropa interior lo suficiente para liberar la erección.

La reacción de él cuando Chiara cerró la mano alrededor de su pene fue inmediata: una inhalación fuerte y la tensión visible de los músculos del abdomen.

—¿Quieres que siga?

—Sí.