1 Sin apellidos, pero bien follada
Chiara retiró dinero de una campaña que todavía no tenía fecha antes de pedir a Grandate que absorbiera una decisión comercial ajena.
La diferencia no era enorme para Valceri; para producción significaba otra cosa: horas de máquina, consumo de satén y una secuencia de trabajo que alguien tendría que desplazar para que una hoja de cálculo pudiera fingir que nada había ocurrido.
—La prueba adicional no se toca —dijo, con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja mientras revisaba la última previsión—. Transporte tampoco. Quitadlo de la activación de abril; no está comprometida y podemos redimensionarla cuando tengamos pedidos reales.
La responsable de planificación le recordó que merchandising había pedido ampliar dos profundidades para un comprador. Chiara miró la cifra que llevaba media hora resistiéndose a desaparecer y aceptó lo que correspondía.
—Entonces el coste es nuestro. No me cambies una orden de Grandate para salvar mi presupuesto.
Cerró la llamada, dejó registrada la decisión y esperó a que la hoja devolviera cero.
No hubo música, ni una luz más amable en el despacho, ni ninguna de las pequeñas ceremonias con las que la empresa decoraba los éxitos presentables.
Solo el número correcto y, por primera vez en semanas, la ausencia de una tarea inmediata detrás.
Aquel 3 de febrero, una noche sin tarea le resultó casi sospechosa.
Fue entonces cuando abrió el correo que había llegado mientras hablaba con planificación.
Processo di successione: fase finale.
El comité de nombramientos solicitaba su presencia a primera hora del día siguiente para una comunicación confidencial.
No decía que estuviera seleccionada. Tampoco incluía la cortesía cuidadosamente impersonal que precedía a los rechazos.
Chiara leyó el mensaje dos veces y después miró el despacho al otro lado del cristal: dos personas de diseño seguían trabajando; en el pasillo, un carro de muestras cubierto con algodón crudo esperaba a que alguien lo devolviera al atelier; una asistente apagó una lámpara y volvió a encenderla porque todavía quedaba gente dentro.
Llevaba años queriendo dirigir Valceri. Lo nuevo era que la posibilidad tuviera una hora en su calendario.
El teléfono personal vibró.
Federica : ¿Sigues viva?
Chiara escribió: Presupuesto cerrado.
La respuesta apareció casi de inmediato.
Eso no responde.
Chiara miró de nuevo el correo y, antes de poder reducirlo a otro asunto pendiente, escribió: He pasado a la fase final.
Los tres puntos de escritura aparecieron, desaparecieron y regresaron.
Baja. Cinco minutos. Si dices que tienes trabajo, subo y te saco por la fuerza.
Chiara abrió el calendario del día siguiente. Movió una reunión que podía llevar otra persona del equipo, mantuvo la revisión con planificación y dejó una nota de tres líneas con lo que acababa de decidir. Después cerró el portátil.
El clic de la tapa sonó indebidamente definitivo.
No eran ni las ocho.
La incomodidad le hizo sonreír sin ganas. Había defendido tantas veces que disponibilidad no equivalía a liderazgo que marcharse temprano le pareció una contradicción privada.
En el guardarropa se puso el abrigo y comprobó los dos teléfonos por costumbre.
En el personal seguía abierta una fotografía que Beatrice le había enviado por la tarde: un problema de matemáticas, una corrección en rojo y el dedo de su hija señalando el resultado con una insistencia que convertía el ocho en una cuestión constitucional.
Chiara bloqueó la pantalla antes de llegar al ascensor.
Federica la esperaba en el patio con dos vasos de papel.
—He pedido algo para brindar y recepción me ha dado una infusión —dijo, entregándole uno—. Una casa que vende fantasías a cuatro cifras considera que después de las siete una rodaja de jengibre ya es decadencia.
Chiara probó el líquido. Picaba lo suficiente para devolverle el sentido del gusto que el almuerzo le había quitado.
—Tal vez sea el programa de bienestar.
—Entonces mañana presento una queja por exceso de placer.
Federica la condujo hacia la salida antes de que Chiara pudiera decidir que la conversación podía celebrarse mejor sentadas en una sala de reuniones.
Al pasar el torno, una compañera de comunicación preguntó si de verdad se marchaban.
Federica levantó los vasos como prueba de una emergencia médica y Chiara siguió andando.
La puerta se cerró a su espalda sin que el edificio se viniera abajo.
Encontraron una barra estrecha a un par de calles del palazzo. Federica pidió vino; Chiara, agua con gas. El plan seguía siendo volver pronto. Anna estaba con Beatrice; Chiara podía llegar antes de que su hija se durmiera y presentarse en el comité con seis horas razonables de sueño.
Federica apoyó los codos en la mesa alta.
—¿Puedo decirlo en voz alta?
—Depende.
Federica esperó a que una pareja se alejara de la mesa.
—Mañana podrían confirmarte como finalista de verdad y llevo años esperando ver a ciertas personas felicitarte sin poder decir que lo has conseguido por ser muy sacrificada.
Chiara soltó aire por la nariz. Federica conocía demasiado bien la palabra. En Valceri, el sacrificio femenino servía para convertir horas en virtud sin tener que convertirlas en poder.
—Todavía podrían llamarme para comunicarme que han decidido otra cosa.
—Y también podría romperse este vaso antes de que termine de beber. No por eso voy a sujetarlo con las dos manos.
Dos personas de diseño que acababan de salir del palazzo se acercaron a saludarlas.
Una preguntó por el cierre y la otra por el correo del comité.
Federica respondió con entusiasmo suficiente para que Chiara no tuviera que fabricar el suyo.
Durante un minuto, la conversación se llenó de bromas sobre cargos, presupuestos y la posibilidad de que una futura CEO siguiera necesitando tres autorizaciones para una muestra de encaje que costaba menos que una cena de presidencia.
—¿Y Bea qué ha dicho? —preguntó Federica entonces.
Chiara dejó el vaso sobre la mesa.
—Nada todavía.
La respuesta fue rápida y seca. Federica lo entendió en el mismo instante en que uno de los compañeros repitió, curioso:
—¿Bea?
—Una proveedora —dijo Federica con naturalidad—. Extremadamente exigente y con plazos criminales.
La mentira improvisada era absurda, pero bastó para desviar la conversación. Chiara no la corrigió; tampoco añadió información. Cuando los compañeros se marcharon, Federica giró su copa entre los dedos.
—Lo siento.
—No has dicho nada.
Federica apartó la servilleta y dejó morir la explicación.
—Precisamente.
Chiara contempló el agua acumulada al pie de su vaso.
Había compartimentado su maternidad desde mucho antes de la sucesión: en Palazzo Valceri sabían que tenía obligaciones privadas; muy pocas personas sabían que una se llamaba Beatrice y tenía diez años.
La disponibilidad absoluta recibía demasiados elogios para confiarle un límite tan concreto.
Federica conocía la razón y no necesitaba oírla otra vez.
—Mañana —dijo Chiara—. Cuando haya algo real que contar.
Federica levantó la copa.
—Mañana.
Brindaron. El teléfono de Chiara vibró poco después. Anna: Todo bien. No corras. Ya ha cenado.
Chiara respondió Gracia s y guardó el móvil.
—Vete —dijo Federica—. Antes de que decidas optimizar la vuelta a casa.
Chiara miró hacia la calle. Podía caminar hasta el tranvía, llegar en menos de media hora, besar a Beatrice y cerrar el día con la misma eficiencia con que había cerrado el presupuesto.
La perspectiva le produjo un cansancio que no correspondía a la distancia.
—Voy a dar una vuelta.
Federica la observó sin preguntar por qué.
—Hazlo lejos de Via Borgospesso. Aquí hasta las piedras saben quién firma tus gastos.
Chiara se despidió y subió al primer tranvía que la sacaba del Quadrilatero.
No tenía destino; esa fue la parte que más trabajo le costó aceptar.
A medida que el centro quedaba atrás, las puertas discretas y los escaparates silenciosos cedieron espacio a bicicletas sujetas a postes, supermercados todavía abiertos y restaurantes donde nadie recordaba de memoria qué mesa prefería un cliente.
En Porta Venezia bajó porque el frío que entró al abrirse las puertas le pareció una razón suficiente.
Entró en un bar pequeño que había visto desde un taxi, improbable para colegas o compradores, eligió un asiento en la barra y pidió un vermut.
Después dejó el teléfono boca abajo.
—Eso parece más radical que la bebida.
La voz llegó desde el taburete de su derecha.
Chiara giró la cabeza. El hombre tenía una copa casi intacta delante y un vaso de agua a medio terminar. El abrigo estaba colgado en el respaldo; la camisa oscura, sin corbata, no le permitía clasificarlo con rapidez. Eso le gustó antes de que se concediera el tiempo de preguntarse por qué.
—Es martes —dijo.
—Los martes necesitan decisiones mejores. Los viernes hacen mucho del trabajo solos.
Chiara probó el vermut.
—O decisiones peores, pero con menos testigos.
Él sonrió, aunque no intentó convertir la sonrisa en familiaridad. Bebió agua y volvió la atención a su propia copa. La ausencia de persecución fue más eficaz que una segunda frase.
—¿Celebras o intentas olvidar? —preguntó al cabo de un momento.
—Todavía no sé cuál de las dos cosas sería más prudente.
El camarero retiró unos platos y dejó entre ellos un espacio vacío. El hombre pidió otra botella de agua.
—Entonces no preguntaré por qué.
Chiara lo observó. La mayoría de las personas que anunciaban que no harían una pregunta esperaban la información como recompensa.
Él no esperó nada.
—Buena estrategia.
—Pierde mérito si me felicitas tan pronto.
El camarero pasó entre ambos y los obligó a apartar los vasos.
—No era una felicitación.
—Perfecto. Empezamos con estándares realistas.