1 Sin apellidos, pero bien follada #4
Cuando Chiara llegó a casa, Anna dormía en el sofá con una manta hasta la cintura. Se despertó al oír las llaves y, tras comprobar la hora, miró a su hija de arriba abajo con una discreción que Chiara agradeció más que cualquier pregunta.
—Duerme media hora —susurró Anna—. He dejado café.
—Gracias.
Anna dobló la manta y empezó a buscar sus guantes.
—Y Beatrice quiere llevar el jersey nuevo. Cree que los botones le dan suerte en matemáticas.
—El jersey no tiene botones.
Anna se encogió de hombros.
—Entonces su teoría necesita revisión.
Se puso el abrigo y salió veinte minutos después.
Sobre la encimera había una taza preparada, el desayuno de Beatrice y una nota con la hora a la que Anna había llegado la noche anterior.
La libertad de Chiara había durado unas pocas horas y había necesitado a otra mujer cubriendo una cena, un sueño y una mañana.
Ninguna presentación sobre liderazgo iba a registrarlo.
Chiara se duchó, se cambió y dejó la ropa de la noche anterior en el cesto.
El sujetador negro quedó aparte, dentro de una bolsa de lavado.
La publicidad habría llamado a la noche espontánea; la mañana la devolvía a su forma real: encaje que no debía entrar con cremalleras, un vestido que necesitaba vapor y una alarma que había sonado antes de que el cuerpo dejara de recordar lo ocurrido.
Beatrice apareció en la cocina con el jersey puesto del revés.
—Mamá, está mal.
Chiara la miró por encima de la taza.
—Parece un jersey.
Beatrice señaló la etiqueta, que sobresalía bajo la barbilla.
—La etiqueta está delante.
Se lo quitó con la dignidad ofendida de quien había descubierto un defecto de fabricación y se lo entregó a Chiara.
—Eso tiene solución.
—Ya lo sé. Por eso te lo he traído.
No había una lección sobre la vida en la frase. Solo una tarea concreta que Beatrice esperaba recuperar resuelta. Chiara dio la vuelta al jersey y se lo devolvió.
—Tienes ocho minutos para desayunar.
—Nueve.
Beatrice empezó a comer antes de añadir otra cláusula.
—Ocho y medio si empiezas ya.
Beatrice se sentó y mordió primero el pan. Chiara revisó la mochila, firmó una autorización escolar que había dejado preparada la noche anterior y, deliberadamente, no abrió el correo de trabajo.
—¿Hoy te dicen lo del trabajo? —preguntó Beatrice.
Chiara dejó el bolígrafo.
Le había explicado el proceso en términos mínimos: podía cambiar de puesto, habría más responsabilidad y quizá algunos horarios serían distintos. No le había enseñado a su hija a esperar un resultado que todavía no controlaba.
—Hoy me dicen si entro en la parte final.
Beatrice masticó, pensó un segundo y se encogió de hombros.
—Entonces todavía no has ganado.
La precisión le resultó reconfortante.
—Exacto.
—Avísame cuando sí. Hoy tengo ciencias.
La conversación terminó ahí porque Beatrice tenía diez años y una prioridad distinta. Chiara terminó el café, guardó la autorización y comprobó la hora.
El teléfono de trabajo sonó mientras buscaban una carpeta junto a la puerta. Grandate necesitaba una decisión sobre dos lotes del campionario antes de mover una máquina. Una modificación comercial había dejado una referencia por debajo del volumen y otra por encima de la capacidad prevista.
Chiara contestó con la mochila de Beatrice en una mano.
—No mováis la secuencia todavía. Mandad cantidades y tiempo de máquina. Si la diferencia viene de merchandising, reducimos nosotros la variante.
Escuchó la respuesta y fijó un momento para decidir. Al colgar, Beatrice ya tenía el abrigo puesto.
—¿Eso cuenta como la parte final?
—Eso cuenta como martes.
Dejó a su hija y resolvió el ajuste desde una mesa de café cercana a la escuela: eliminó una variante sin pedido firme y dejó intacta la secuencia de producción.
La decisión ocupó menos de diez minutos porque el problema era conocido y nadie necesitaba otra explicación.
Cuando terminó, abrió el correo del comité.
La cita seguía fijada.
Palazzo Valceri apareció al final de Via Borgospesso con la sobriedad que la casa prefería: fachada contenida, zaguán oscuro, ninguna señal exterior de que detrás del patio se vendieran prendas cuya campaña prometía intimidad sin esfuerzo.
Chiara cruzó la entrada con el cuerpo todavía demasiado consciente de una noche que no tenía lugar allí.
Saludó a Ornella, pasó su tarjeta y levantó la vista hacia la escalera.
Entonces vio a Tommaso.
Entraba por el lateral del patio con el abrigo de la noche anterior sobre un brazo y una carpeta en la otra mano. La coincidencia fue tan absurda que Chiara tardó un segundo en asociar al hombre que había dejado una botella de agua en su mesilla con aquel espacio donde cada puerta significaba algo.
Tommaso avanzó hacia una que ella conocía bien y no utilizaba nunca: el acceso interno al piano nobile, reservado a la familia Valceri y a personas autorizadas por presidencia.
Un miembro de seguridad abrió desde dentro.
Tommaso cruzó sin detenerse.
Chiara se quedó inmóvil en mitad del patio, con su tarjeta de empleada todavía entre los dedos.