CAPÍTULO 19 Una ilusión #3
En el piso superior, apenas había gente. Un par de guardias pasaron cerca de ellos y, aunque no sufrían de locura, su mirada delataba ausencia. Ni siquiera se giraron hacia los malditos.
Zeku olfateó el aire con insistencia.
—No percibo a tu hermano.
—Es muy raro, yo tampoco. —Su voz se rompió—. No hay rastro de él. ¿Cómo es posible?
Entonces detectaron un aroma que sí recordaban. Uno que olía a hierba fresca, plumas de enore perdidas y calidez. El aroma de Dakini.
Se giraron y la vieron sosteniendo su báculo.
Estaba erguida y se apoyaba en él. Observaba a ambos con expresión seria y los pómulos marcados sobre sus generosos mofletes.
Todavía se estaba recuperando. Usar más magia de la que debía la había consumido un poco, pero ambos sabían que no dudaría en volver a extralimitarse con tal de conseguir lo que fuera que quisiera.
—Malditos…
Agnes dio un paso hacia ella y la encaró. Le hervía la sangre y su mano se aferraba con fuerza alrededor del mango de la cimitarra. No sabía si apuntarla con el filo o no.
—¿A qué estás jugando, Dakini? ¿Dónde está Oliver?
—No lo sé.
No parecía mentir, como tampoco se lo había parecido otras tantas veces.
¿Cuántas mentiras les había contado? ¿Y por qué percibía pena en ella?
¿Era acaso otra de sus ilusiones? ¿Fueron todas sus sonrisas falsas y siempre había sido como en aquel momento, una mueca apagada y borrosa? ¿Por qué le temblaban las manos?
No pudo hacerse más preguntas. Un rayo de luz se disparó desde el báculo de la maga.
Agnes cerró los ojos por instinto, igual que cuando alguien mira hacia el sol.
Al volver a abrirlos, descubrió que Zeku había parado el ataque y el filo de su daga brilló con un halo iridiscente.
El chico hizo silbar el arma, que devolvió el ataque de la maga en forma de onda.
Dakini frenó parte de la energía mágica con un escudo que conjuró, pero estaba débil.
El escudo quebró y el impacto le provocó una quemadura en la cadera y parte del abdomen.
Cayó arrodillada sobre la alfombra con un quejido de dolor.
—¡¡Guardias!! ¡¡¡Guardias!!!
Zeku agarró el brazo de Agnes con ambas manos y tiró de ella escaleras abajo. La chica corrió con él hasta que, de un tirón, consiguió zafarse y frenaron en seco.
—¿¡Qué haces!?
—Hay que salir de aquí. Dakini intenta pedir refuerzos y, si confirma que somos malditos, nos matarán. Es su palabra contra la nuestra. Si el hechizo desaparece y seguimos aquí, no tendremos ninguna posibilidad, nos cazarán.
—¡¿Pero Oliver…?!
—Oliver no está aquí. Han borrado su pista. Dakini no sabe dónde está y, si lo supiera, no nos lo diría.
El pecho le latía acelerado. A pesar del alboroto que abarrotaba el palacio, lo único que oía era el eco de su corazón en los oídos. El cuerpo le temblaba de indecisión. No podía acabar así. Tenía que encontrarlo.
Pero Zeku también tenía razón: si se quedaban morirían, y entonces jamás podría dar con su hermano.
Corrió hacia la salida y, con cada pisada, se le abría una grieta nueva en el corazón.
Desde el balcón de sus aposentos, la kaiseri Tahika Yoakehi admiraba satisfecha el revuelo que su plan había causado. Sabía exactamente dónde estaba Oliver y con quién.
La parte más difícil, la que no dependía de ella, ya había pasado: la llegada del elegido. Ahora tenía la información. Tenía las riendas y la última pieza del puzle bajo llave.
Un par de días serían suficientes para que cesase un poco el caos y los recuerdos se nublasen gracias a la magia de Ilepo y Dakini; se convertiría en un sueño que se olvida al amanecer.
Si Kilapa no había conseguido dar con el elegido mientras vagabundeaba por Gurewo con todos los datos que le habían facilitado, sería muy improbable que nadie lo hiciera ahora que estaba oculto.
Tan solo debía asegurarse de que la información que proporcionase a los suyos y al pueblo los obligase a mantener las distancias con el paradero del elegido y su existencia.
Lo primordial en ese momento era borrar las pruebas y los recuerdos de cualquiera que se hubiese cruzado con Oliver. Eso incluía a los presuntos malditos que tenía encarcelados. Para ello solo podía confiar en un número muy limitado de gente; entre ellos, Dakini.
Unos pasos se acercaron a ella. Bíbilas se llenó los pulmones con el aire de la madrugada y apoyó sus manos en la balaustrada.
—Me pregunto cómo Dakini habrá dado con el niño y por qué decidió traerlo.
Las comisuras de los labios dorados de la mujer se alzaron un poco más; el maquillaje ya se había agrietado por el paso de las horas.
Le dedicó una mirada fugaz al hombre. No quería perder detalle de la situación en la plaza del palacio: guardias, magos y servicio luchando o huyendo de amenazas invisibles, hechizos y estocadas sin un objetivo real y la convicción de que lo estaban dando todo por defenderla a ella.
Era increíble el caos que tres personas podían desatar bajo las órdenes adecuadas.
—Porque me es fiel y conoce su deber. No importa el cómo, solo el porqué y los hechos. No hay mejor súbdito que aquel que cumple tus deseos por propia voluntad, sin tan siquiera comunicárselos. ¿No te parece, querido?