Sueños Malditos CAPÍTULO 20 La pista
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CAPÍTULO 20 La pista

El sonido de las jarras chocando era atronador en sus oídos. Dakini ni siquiera debería estar ahí.

Como de costumbre, nadie reparaba en ella, ni siquiera el hombre que le había servido la bebida lo hizo el tiempo suficiente como para percatarse de que ya estaba demasiado perjudicada.

Si hubiese estado más lúcida, Dakini se habría compadecido de su propio estado y del desafortunado destino de su paga.

Nunca había sido una persona a la que le atrajese la bebida. Y ahí estaba ahora, aferrada a su cuarta pinta, ya por la mitad, con la cabeza sobre la mesa y la baba a punto de aterrizar en la madera.

Una voz familiar, seguida de una delicada palmada en la espalda, la sobresaltó. Se irguió de golpe y la babilla quedó colgada de la comisura de sus labios.

—Protectora Hila, deberías ir a tu cuarto y descansar —dijo la mujer alta y fibrosa que se había apoyado en la mesa. El flequillo le cubría el lado derecho de la cara y una trenza no demasiado larga, verde como un prado húmedo, culebreaba sobre ese mismo hombro—. Hazte un favor y suelta la jarra.

En una situación normal, habría contestado que, pese a ser una agente, no obedecía órdenes de una traidora. Pero no era una situación normal; nunca lo era con Kilapa. Dakini ahogaba sus penas, unas que tenían mucho que ver con la chica de túnica blanca que tenía delante.

Se limitó a observarla con la vista desenfocada. Ni siquiera reconocía a la persona que iba con ella, algún lameculos o la rastreadora de siempre. Qué rápido la había reemplazado.

Kilapa era la favorita de la milicia mágica del ejército.

Su padre era Bíbilas Ewihau, el consejero de la kaiseri, y ahora ella era capitana de un escuadrón.

A Dakini le gustaba pensar que Kilapa había conseguido su puesto por despotismo, solo para consolarse, aun cuando, a largo plazo, esa idea solo conseguía que le hirviese más la sangre al verla.

Sabía que Kilapa Ban’Wu era una maga muy capaz; algo joven para tener su propio escuadrón y una tiara en la cabeza, sí, pero no para lucir la túnica blanca de los agentes.

Ella, en cambio, no destacaba en nada, así se dejase la piel.

«Si tan solo hubiese tenido sus oportunidades y apoyo», rumió en sus pensamientos desordenados.

—Hola, Kilapa… —murmuró con lengua pastosa.

—Me ofrecería a invitarte a cenar, pero me parece que la comida no te duraría demasiado en el estómago.

¿Había oído bien? ¿Kilapa la estaba invitando a pasar el rato juntas? «Incrédula, caradura».

Señaló con el dedo a su acompañante con toda la intención de apuntar hacia la capitana.

—No te burles de mí…

—Yo no…

—No seré una agente como tú —interrumpió poniéndose en pie y alzando el rostro para mirarla, carente de gracia—, pero voy a llegar lejos, ¿entiendes?

Kilapa sujetó a Dakini por los hombros antes de que cayese sobre ella.

—Será mejor que la llevemos a su cuarto —sugirió su compañera de verde.

La agente asintió, dispuesta a pasar sobre su cuello el brazo de la maga.

Cambió de idea en cuanto Dakini le vomitó encima. La empujó hacia atrás y la protectora volvió a quedar sentada sobre la silla mientras se reía turbada por la mancha que le había dejado a Kilapa en la túnica inmaculada del uniforme.

—¡Serás…! ¡¡Qué asco!! Espero que, si mañana te acuerdas de esto, vengas a disculparte. —Suspiró—. A quién quiero engañar; no lo vas a hacer.

—¿Nos la llevamos?

Kilapa, que miraba a Dakini con los labios contraídos en una fina línea, se sacudió la túnica un par de veces y recolocó su trenza entre los hombros.

A Dakini la ponía enferma, ¿cómo podía tener el descaro de pasearse por ahí con la túnica de agente y el cabello largo? Era una falta de respeto para todos.

—No. Déjala estar, Nohilo. Iré a pedirle al camarero que no le sirva nada más y nos vamos antes de que nos den arcadas a todas.

La dejaron sola con su risa nerviosa, en medio del tumulto de la vajilla entrechocando y los cánticos de cantina. Apenas pudo terminar su jarra de alcohol cuando las ganas de mear bajaron con violencia a las compuertas de su vejiga.

Se puso en pie con esfuerzo y urgencia, tropezó varias veces contra la misma mesa que tenía enfrente.

Se tambaleó hasta el baño y descubrió la inmensa cola que había frente a él.

Se apresuró a subir las escaleras principales para llegar al recibidor del palacio y usar algunos de los baños del servicio.

Su plan fracasó al llegar al último peldaño, donde las compuertas se abrieron sin su permiso y encharcaron el suelo con su vergüenza.

Rio con desgana. En ese charco se ahogó la poca dignidad que le quedaba para el resto de la noche y para el resto del ciclo, en caso de que alguien llegase a presenciarlo.

Había tomado la decisión de destacar por una vez en su vida para llamar la atención de sus superiores, de la kaiseri, y así ganarse un puesto importante a su lado.

Mearse en los pantalones con cuarenta y dos ciclos de edad la haría destacar, no del modo que ella deseaba.

—Jodeeer… —murmuró, apoyada sobre una de las jambas al final de la escalera—. Dakini, eres un desastre.

A regañadientes, tomó la lúcida decisión de retirarse a su cuarto antes de que fuera demasiado tarde.

Tan solo debía procurar no cruzarse con nadie o pasar desapercibida.

Tomó rumbo hacia la gran torre de la guardia.

O eso le pareció, hasta que se descubrió a sí misma en un pasillo con alfombras azulonas y doradas.

Miró a su alrededor, desubicada. Debió sospechar de todas las malas caras que los guardias le habían puesto de camino allí, pero lo había achacado al olor a orín y alcohol.

Una pareja le había prohibido el paso y se aseguraron de que se desviaba del camino antes de continuar la ronda.

Sin saber muy bien cómo, volvió al mismo lugar y siguió adelante por la ausencia de guardias en el cambio de turno.

Un portón de oro ricamente decorado con tallas y relieves vegetales la deslumbró al cruzar la esquina. A Dakini se le paró el corazón por un instante y sintió un ligero subidón cuando volvió a percutir, ahora más acelerado. Aquella era la puerta de los aposentos de la kaiseri Tahika Yoakehi.

Le temblaron las piernas a pesar de que su cuerpo estaba más anclado a tierra que nunca. La impresión que le había causado ver esa puerta le había quitado la borrachera de golpe.

¿Cómo sería la kaiseri en persona? La había visto de lejos muchas veces en actos públicos; no obstante, ¿cómo sería estar cerca de ella?

Hablar con ella. Dakini estaba convencida de que Yoakehi era una mujer sabia, justa y bondadosa, que trataba a sus súbditos con cariño y respeto y que por eso el pueblo la amaba y la tenía en tan alta estima.

Se lamió los labios, agrietados por el alcohol, dio un par de pasos al frente y se quedó a poco más de dos pasitos de la puerta.

Alzó el puño, temblorosa; no estaba segura de lo que hacía.

Estuvo a punto de golpear la puerta con la frente mientras intentaba decidirse.

Por suerte, reaccionó y retrocedió al oír la voz de la kaiseri al otro lado de la puerta antes de que ese pensamiento impulsivo se materializase.

—Sabemos que muchos mitos alrededor de la vara eran falsos, pero lo de los magos… Serán estúpidos; saben a lo que se arriesgan.

Las palabras llegaban difusas a sus oídos, de manera que pegó la oreja a la puerta con tiento.

—¿De verdad les compensa jugarse la libertad por conseguir algunos beneficios temporales de algún idiota que les crea? ¿Qué pretenden? Sin vara, no hay trono. Solo se están dejando en evidencia.

Dakini sabía de lo que hablaba. Desde hacía un par de lunaciones, supuestos elegidos habían cruzado las puertas de palacio.

Reinar sobre Gurewo no era tan sencillo como decir que se es el elegido, debían demostrarlo consiguiendo la vara o, en su defecto, aprobar diferentes exámenes y pruebas para demostrar que se contaba con las capacidades necesarias para gobernar una vez la vacante al trono quedase libre, tal y como había hecho Tahika.

Desde que accedió al gobierno había defendido el título de kaiseri con rectitud y eficacia.

Cualquiera que intentase hacerse con Gurewo a base de mentiras sería castigado.

«Valientes idiotas».

—A excepción de uno, pichuwa —respondió una voz andrógina y juguetona que no reconoció—.

Me he conectado a suficientes sueños como para confirmarlo.

Los dos palurdos que se presentaron ante usted dijeron haber soñado con la vara, pero ninguno lo hizo, pichuwa.

Las aguas me han revelado al próximo elegido, el único que puede averiguar dónde se encuentra, a menos…

—A menos que logres ver sus sueños.

—Exacto, pichuwa.

La protectora alzó una ceja. Si las aguas revelaron algo a esa persona era porque había usado magia de adivinación.

Aquel tipo de magia llevaba prohibida desde al menos una era con el fin de evitar supersticiones y estafas.

Acercó todo su cuerpo a la puerta, como si de ese modo se fuera a volver transparente y revelarle la identidad de aquel mago.

—¿Y dónde podemos encontrarlo?

—Cerca de Kapoha, durante la luna llena, pichuwa. Las aguas no me han dado más detalles de su llegada. Reconocerlo será fácil, no es alguien que pase desapercibido, pichuwa.

—Viaja con una joven, tuchuwa —añadió una tercera voz, también anónima y cantarina—. Ambos tienen una piel y vestimenta muy extrañas, tuchuwa.

—¿Extranjeros? —dijo la voz de Bíbilas. ¿Cuánta gente había en los aposentos de la kaiseri?

—Mucho más que eso, tuchuwa.

—La muchacha que lo acompaña se parece a Onika, pichuwa, pero él es pálido como una nube.

—Kaiseri, sea lo que sea, podremos obtener información muy valiosa de él y de su compañera.

—Entonces, no debemos perder tiempo. Seamos discretos, nadie debe enterarse de que el elegido real está o estará en Kapoha si queremos mantener el orden en Gurewo.

—Si necesita discreción, creo que Kilapa sería la persona ideal para el trabajo, kaiseri.

—Mejor alguien de confianza ajeno a la guardia, tuchuwa.

—Sí, son todos unos chismosos, pichuwa.

Dakini culpó al alcohol, porque no acababa de entender aquella charla.

No podía negar que siempre se había sentido inferior por no soñar con la vara y no ser digna de ella, pero ¿fingir ser una elegida?

Ni se le había pasado por la cabeza tamaña blasfemia.

Y esa gente que estaba con la kaiseri: alguien había confesado sin reparos ni aparentes consecuencias usar magia de adivinación, y hablaban de un elegido del color de las nubes. Todo sonaba demasiado estúpido.

—¡Eh, tú! ¿Qué haces aquí?

La protectora se volvió hacia la pareja de guardias que se acercaba a ella.

Apenas podía distinguir el color de las plumas del uniforme, tan solo veía manchas y borrones difusos.

Antes de que llegaran a alcanzarla, se desplomó sobre la alfombra.

Segundos antes de perder la conciencia, en un repentino golpe de lucidez, tomó una decisión.

No desaprovecharía esa oportunidad.

Ella guiaría al elegido hasta la kaiseri.

Continuará…